martes, 24 de marzo de 2026
Unidades de transporte Giobbi que hacían la línea desde Comodoro hasta la Cordillera chubutense

Los pullman de pasajeros de Comodoro Rivadavia a Chile lograron pasar sin dificultades importantes hasta Puerto Aysén, ya casi en aguas del Pacífico, por el motivo de que los bosques paralelos al camino, muy quebrado y zigzagueante, se hallaban totalmente destruidos por los incendios de años anteriores. El calor y el humo intenso obligaban a una marcha muy lenta, a veces a una detención momentánea de la misma, hasta que el humo se disipaba un tanto.

En Puerto Aysen, capital de la provincia chilena del mismo nombre, no había humo debido a que los incendios tenían su comienzo al este de la ciudad y las montañas boscosas que la circundan por tres lados están poco pobladas, son muy húmedas por las lluvias casi continuas y la leve brisa sopla de oeste a este. Nunca hay vientos fuertes. En cambio, a la salida de regreso se presentaron dificultades: algunos camiones, que habían salido poco antes para Coyhaique, regresaron con la noticia de que el fuego bordeaba el camino hasta la orilla del río Maniguales, y que algunos árboles gigantes, envueltos en llamas, habían caído desde lo alto de la montaña e interrumpían el camino. A 35 kilómetros de distancia, el humo se hizo tan tupido que el ómnibus debió detener la marcha debido al peligro de precipitarse al Maniguales que corría, paralelo, a pocos metros del camino. Al otro costado, el incendio crepitaba ruidoso y se oía el ruido de algunos árboles al desplomarse. Varios carabineros que viajaban en el pullman descendieron y se internaron por el camino entre las nubes de humo, para tratar de despejar el paso. Los siguieron varios voluntarios. Dos jinetes llegaron con la noticia de que el fuego se estaba por propagar a algunas viviendas y escuelas de las aldeas de los kilómetros. Se aseguraba que desde el lado de Coyhaique venían en auxilio tropas del ejército, carabineros, personal de vialidad y voluntarios.

El ómnibus se mantuvo casi una hora en el lugar. Era peligroso maniobrar para retroceder en la estrechez del camino entre el río y el fuego, y sus tanques de nafta podían explotar a consecuencia del calor reinante y los miles de chispas que llovían.

A instancias de los pasajeros se resolvió intentar el cruce de la muralla de humo y chispas. Se taparon los tanques con lonas mojadas y se humedecieron también las que cubrían los bultos del portaequipaje externo. Lentamente, con dos hombres que marchaban a pie adelante, el vehículo siguió viaje con la nerviosidad de todos. Los árboles incendiados que entorpecían el paso habían sido arrojados al río, y se pudo llegar bien hasta después del puente colgante de El Balseo. Desde ese punto, hasta el puente colgante de la gran subida del Farallón, la visibilidad era algo mejor y los límites del fuego más alejados del camino por obra de incendios anteriores.

Después del Farallón, ya sobre la elevada montaña cercana a La Mano Negra, cubierta por árboles caídos o de pie, pero todos gigantes muertos por el fuego de hace varios años, el espacio es amplio, y el humo, menos; se hace noche y el amplio panorama que se ofrece a la vista es imponente. A cualquier lado que se mire se ven lejanas líneas de fuego rojizo a través de la humareda, todas en lento avance en la misma dirección.

Sentados al borde del camino había grupos de personas, con los enseres que habían podido salvar del fuego que arrasó sus predios. Algunos subían al ómnibus o a los camiones; otros seguían a pie o a caballo arreando, con ayuda de sus familias, los animales rescatados del fuego. Además, conducían sobre rudimentarias carretas, totalmente de madera, enseres de la casa y jaulas o cajones repletos de gallinas y otros animales domésticos. Cada niño o mujer llevaba en las manos, ya algún cuadro, algún gatito o cachorro pequeño, alguna jaula con pájaros o cualquier otra cosa. Nadie llevaba las manos desocupadas, porque las carretas eran pocas para cargar tantas cosas y aún así siempre se queda algún recuerdo querido a merced del fuego. Todos estaban apenados pero no se oían llantos. Tenían el fatalismo que caracteriza al habitante de la región y la experiencia amarga de desastres similares ocurridos antes por las mismas causas. Parecían evacuados civiles que se retiran ante el avance de un ejército enemigo de fuerzas superiores.

Los pájaros de la región, corridos de los bosques, revoloteaban y paraban nerviosos en los árboles caídos. Ellos tenían alas para huir del fuego, pero veían perdidos sus refugios y sus nidos. Estaban medio aturdidos. Dos zorros colorados cruzaron el camino huyendo del bosque, rumbo hacia los valles o cerros pedregosos sin árboles.

Coyhaique, ciudad chilena de 9000 habitantes, está situada a 45 kilómetros de la frontera argentina, en un enorme bajo rodeado por montañas boscosas en sus laderas y con cumbres nevadas. Líneas de fuego la rodeaban desde la distancia. dándole un aspecto raro. Sólo la calle del camino a la frontera argentina y otra hacia Puerto Aysén estaban libres.

Toda la noche la población mantenía un movimiento inquieto, aunque la amenaza del incendio no le alcanzaba. Los aullidos y ladridos de numerosos perros, inquietos por la ausencia de sus dueños, era general. De tanto en tanto, el retumbar de los cascos por el galope de varios caballos por las calles anunciaba el pasar apresurado de numerosos jinetes ante la noticia de que sus predios de campo corrían peligro de incendio.

El gran aserradero del Ejército en la proximidad del Río Blanco estaba amenazado por la dirección de una de las líneas de fuego, y fuerzas del regimiento de Coyhaique salieron a tratar de contenerlo o evacuar las máquinas. A las 3 de la mañana, al Hotel Español, donde se hallaba el pullman de Comodoro Rivadavia, llegó un pedido de Carabineros de Chile solicitando su colaboración para conducir refuerzos hasta las caballerizas de Carabineros situadas a unos siete kilómetros de distancia y seriamente amenazadas por el fuego, con todos sus animales; el ómnibus salió sin pérdida de tiempo con el auxilio, marchando por un sendero de carros, estrecho y dificultoso por el humo, pero antes de la mitad del trayecto emergió de entre la humareda un grupo de carabineros que había logrado retirar los 25 caballos y los arreaban por el sendero hacia Coyhaique. El ómnibus regresó para conducir auxilio a otros puntos, pues la escasez de camiones era mucha, debido a que casi todos estaban ocupados en trabajos de evacuación en distintos lugares.

El calor de los incendios facilitaba su propagación a otras manchas de bosques. Numerosas y grandes chispas, que el fuego arrojaba al aire, caían a una distancia de hasta dos o tres kilómetros, pasando sobre algunos valles, para caer y propagar el fuego en bosques lejanos. Continuamente llegaban y salían grupos de labriegos y hacendados, formando patrullas de auxilio.

A las 8 de la mañana comenzó a caer sobre Puerto Aysén una lluvia importante, que pronto llegó hasta Coyhaique y se extendió por toda la zona incendiada, hasta El Triana y Alto Río Mayo, ya en territorio argentino.

Aunque la lluvia era fuerte, no bastaba para apagar los bosques ya invadidos por las llamas, pero al mojar abundantemente las partes amenazadas por la propagación del fuego fue debilitando su empuje poco a poco, hasta localizarlo totalmente en 6 horas y comenzar a apagarlo. Así, esa lluvia, llegada con casi 15 días de atraso, cosa poco normal en la región, pronto limpió el ambiente de humo y la tranquilidad volvió a los pobladores, que comenzaron la tarea de reparar los daños, lo que para muchos significaba empezar de nuevo.

 

Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón

Material proporcionado por la Biblioteca Municipal Domingo Sarmiento de Puerto Madryn

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