domingo, 1 de marzo de 2026
Asencio Abeijón

Aun cuando alguien con ojos profanos, al echar un vistazo al teatro inmenso y misterioso de la Patagonia lo halle en apariencia desierto y sin las bellezas del norte, éstas se hallan presentes en mayor o menor intensidad en toda la extensa región. Sólo falta penetrar en su escenario, captarla y transformarla en música y poesía, ponerla al alcance de los muchos que se hallan en la imposibilidad de disfrutarla directamente.

La calandria no es un ave peculiar de la Patagonia, pero está presente en ella y es como el grabador de todos sus cantos y sonidos vocales. En escasos años de convivencia con los repuntadores de ovejas, ya comienzan a imitar el peculiar silbido que el cuidador usa para alertar a sus lanares y hacerse entender por los perros ovejeros. Y lo logra con tanta perfección que en oportunidades, más de un cuidador que recorre su campo vigilando su majada, se ha detenido de improviso al escuchar un silbido, creyendo que es otro arriero el que lo emite, hasta que se apercibe que se trata de una calandria entre el ramaje de un matorral cercano, y de ello tengo experiencia propia.

Me siento en inferioridad de condiciones para tratar de explicar el canto de las calandrias, cuando ya lo han hecho otros que son verdaderos escritores, poetas de suma sensibilidad o naturalistas. Me ha ocurrido en distintas oportunidades, en días calurosos, apearme del caballo para hacer una siesta corta, a la sombra de tupidos matorrales de molle, malaespina o calafate en cordonadas arenosas y secas, y de pronto empezar a notar como si el sueño se fuese haciendo cada vez más dulce, más descansado y más tranquilo, hasta que, al despertar caía en la cuenta de que me hallaba a la sombra de manchas de matorrales momentáneamente ocupados por algunas calandrias que, en determinados momentos, y separadas unas de otras, entonaban un concierto de cantos de lo más armonioso y melódico que se pueda concebir. Un despertar agradable; en tales casos, se tiene temor a realizar el menor movimiento, porque con él podría asustar a las calandrias y éstas suspenderían su incomparable concierto. ¡Qué útil hubiese resultado un grabador en esos momentos!

Los cachilotes o “come-huevos” (ignoro su verdadero nombre) son unos pájaros de un porte ligeramente mayor que las calandrias, pero en su aspecto general muy parecidos, aunque de hábitos muy diferentes. El plumaje un poco más oscuro, algo más cabezones, son sumamente inquietos y saltarines y no se quedan inmóviles un minuto. La pareja (siempre viven en pareja) construyen su nido en forma segura y artística, entretejiendo herméticamente ramitas muy espinosas y en gran cantidad. Con ellas forman, en medio del ramaje de matorrales espinosos y más o menos altos, una bola grande de unos cuarenta centímetros de diámetro con paredes de unos quince de espesor y con las tupidas puntas de espinas hacia afuera.

La entrada al nido, ubicado en el centro interior de la bola de espinas, y que tiene unos quince centímetros de diámetro, va por un corredorcito cilíndrico, también formado por ramitas con las puntas de espinas hacia el exterior, y tiene una extensión de unos veinte centímetros, cuyo conducto ajustadamente da entrada al cuerpo de los pájaros. El interior del nido está cuidadosamente forrado con hebritas de pasto fino, lana y plumas. Un nido ideal y con una verdadera guarnición de ramas y espinas, que lo torna seguro contra los enemigos.

Los cachilotes resultan poco simpáticos por la afición que tienen de comerse los huevos de las demás aves, incluso de las gallinas. Su canto es corto, pero tiene una particularidad atrayente: uno de ellos comienza en tono bajo a emitir una especie de piar o silbar lento, que gradualmente se eleva… “¡cuiii cuiii…cuii…!. Antes que éste termine, su pareja lo continúa con más fuerza. Otra pareja más alejada lo toma antes que finalice – dura aproximadamente diez o quince segundos por pareja-, una tercera lo baraja en el mismo tono y tiempo, luego otra más distante, y así sucesivamente ese canto que comenzó suavemente en un matorral en lo bajo de un cañadón, va subiendo la cuesta de los cerros, pasando de unas parejas a otras, hasta que lentamente se va perdiendo en la distancia, como una banda de música que apaga sus sones poco a poco.

Ideal fuente de inspiración para un artista que se acerque directamente a la naturaleza para captar su música y expandirla en las ciudades.

 

 

 

Texto de “Caminos y rastrilladas borrosas”, de Asencio Abeijón

Material proporcionado por la Biblioteca Municipal Domingo Sarmiento de Puerto Madryn

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