
En Comodoro Rivadavia no constituía una novedad esa especie de niebla tenue, procedente del oeste, que aparecía acompañando siempre a semanas o quincenas de calores fuertes, con calma casi absoluta de los vientos habituales y las lluvias en la cordillera. Se sabía que se trataba de incendios de bosques, casi siempre con origen en la región chilena.
Comenzaba en los amaneceres calurosos, y conforme transcurrían los días calmos iba aumentando en intensidad, hasta llegar incluso a ser perceptible un leve olor a matorral en combustión, a pesar de que el origen y foco del fuego se hallaba a casi cuatrocientos kilómetros de distancia. La dirección permanente del viento, aunque muy débil, favorecía su llegada desde el océano Pacífico al Atlántico, pero si soplaba fuerte, entonces el humo se diluía en el aire a poca distancia de sus focos.
En la región chilena lindera con Chubut, los campos, con excepción de algunos fértiles valles, están o estaban cubiertos por inmensos bosques formados por árboles gigantescos, cuyas raíces nacen en las fisuras de la roca que forma la montaña, con picos que se hallan circundados de nieve. Los ocupantes de predios casi siempre aprovechan la circunstancia en que el clima se presenta favorable para proceder a incendiar bosques y luego, en el lugar que estos ocupaban, siembran pasto adecuado para el pastoreo de ovejas.
Para ello, previamente amontonan entre el bosque hojarasca seca en montículos distantes varios metros entre sí, y cuando se da la circunstancia favorable al fuego, como ser calores fuertes, y escasez de lluvia, encienden la hojarasca y las llamas se propagan al bosque que, una vez calentado, forma un incendio incontenible, que avanza casi siempre de oeste a este, siguiendo la dirección habitual del viento.
En la provincia chilena de Aysen las lluvias son muy frecuentes y sólo en una parte del mes de diciembre suelen disminuir en oportunidades. Basándose en esta circunstancia los pobladores calculan la duración del fuego y la distancia que podrá recorrer según el viento. Pero en oportunidades no raras las lluvias se retrasan y entonces los incendios adquieren enormes proyecciones y avanzan semanas enteras, invadiendo nuevos predios en grandes extensiones, y así quedan miles de hectáreas de hermosos bosques destruidos, donde luego se siembra pasto.
Esa destrucción incontrolada no es siempre compensadora, ni lleva siempre al resultado que se busca. La capa de tierra fértil en las laderas de las montañas de roca es de poco espesor, ya que los árboles nacen de las grietas de la piedra y, al faltar el reparo de los mismos, los vientos barren pronto la tierra útil, dejando al descubierto un suelo de roca estéril.
En la región de Coyhaique, la quemazón de tantos miles de hectáreas ha provocado una rápida variación en el clima, consistente en disminución de las lluvias y aumento del viento. Esto motivó que el Estado prohibiera el rozamiento indiscriminado de bosques y, desde entonces, las humaredas muy rara vez llegan hasta Comodoro Rivadavia.
Ya en regiones más cercanas a los focos de los incendios, la intensidad del humo torna la atmósfera pesada y molesta para la respiración y la vista. Se preveía que, de no sobrevenir una lluvia, el fuego, en su avance por varios puntos, llegaría a propagarse a los bosques sitos en territorio argentino. Pobladores y fuerzas de la Gendarmería Nacional adoptaban apresuradas precauciones para tal emergencia. Las haciendas eran retiradas de los lugares boscosos y, en algunos casos, se retiraban alambrados y parte de los enseres de las viviendas que podían ser destruidas por la avalancha de llamas.
Sin elementos adecuados era imposible tratar de contener la propagación del fuego, cuyo calor y humareda se hacían molestos, a cinco o diez kilómetros, favorecidos por la dirección de las brisas, y dos días más tarde, algunas líneas de fuego sobrepasaban la frontera chilena por la región de Lago Castor, y se propagaban a un cerro aislado, cubriéndolo totalmente. Fue necesario interrumpir las esquilas por falta de visibilidad, y llevar las haciendas a los valles abiertos. Los arboles grandes, envueltos en llamas, producían a veces explosiones fuertes, posiblemente al reventar en su interior la savia recalentada hasta convertirse en vapor. En esos casos enormes chispas, casi tizones, eran proyectados al aire a muchos metros de distancia, propagando el incendio incluso a valles abiertos, cuyos pastos abundantes se hallaban, en parte, secos. Las corrientes de agua, aún las de relativa importancia, eran sobrepasadas fácilmente por el fuego en marcha.
Al propagarse el mismo a ciertos valles, había que concurrir de inmediato a retirar el ganado, pues tanto los caballos como las ovejas no se alejan del fuego, sino que se dejan quemar, aun cuando tengan lugar abierto para huir.
En un pequeño valle alcanzado por el fuego, un grupo de caballos estaban ya casi al alcance de las llamas en medio de un gran chisperío. Aunque tenían todo el espacio a su frente y costados libres para emprender la fuga, no lo hacían, daban el anca al fuego y, cuando ya las llamas los alcanzaban casi, se ponían de costado, dando pequeños saltos y tirando coces al aire; luego cambiaban de costado y repetían los movimientos, alejándose algún paso al moverse, pero siempre al alcance de las llamas, hasta que, perdidas las fuerzas, terminaban por caer y morir entre el fuego, emitiendo en ocasiones, después de caer, su impresionante grito de muerte, permanecieron es estos movimientos hasta que los jinetes los arrearon, alejandolos del lugar.
Las ovejas optan por un procedimiento análogo. A la llegada de las llamas se sacuden, dan saltitos de dolor sin alejarse y asi se dejan quemar sin exhalar un gemido, si alguien no llega a salvarlas. En oportunidades, la intensa humareda hace que no puedan ser vistas a tiempo, y mueren en las llamas con todo el terreno libre por delante.
En los campos desprovistos de bosques o con valles amplios y húmedos, donde el peligro de incendio era casi nulo, en los galpones proseguía la esquila a ritmo febril, pero antes de media tarde la humareda se hizo tan intensa que impedía la junta de hacienda e irritaba la vista a los esquiladores y demás personal. Las cenizas, elevadas a gran altura por el calor, llegaban a caer a más de cien kilómetros de distancia; el sol aparecía como un simple disco de color rojo amarillento, que podía ser mirado de frente a simple vista sin la mínima dificultad.
Los pullman de pasajeros de Comodoro Rivadavia a Chile lograron pasar sin dificultades importantes hasta Puerto Aysén, ya casi en aguas del Pacífico, por el motivo de que los bosques paralelos al camino, muy quebrado y zigzagueante, se hallaban totalmente destruidos por los incendios de años anteriores. El calor y el humo intenso obligaban a una marcha muy lenta, a veces a una detención momentánea de la misma, hasta que el humo se disipaba un tanto.
En Puerto Aysen, capital de la provincia chilena del mismo nombre, no había humo debido a que los incendios tenían su comienzo al este de la ciudad y las montañas boscosas que la circundan por tres lados están poco pobladas, son muy húmedas por las lluvias casi continuas y la leve brisa sopla de oeste a este. Nunca hay vientos fuertes. En cambio, a la salida de regreso se presentaron dificultades: algunos camiones, que habían salido poco antes para Coyhaique, regresaron con la noticia de que el fuego bordeaba el camino hasta la orilla del río Maniguales, y que algunos árboles gigantes, envueltos en llamas, habían caído desde lo alto de la montaña e interrumpían el camino. A 35 kilómetros de distancia, el humo se hizo tan tupido que el ómnibus debió detener la marcha debido al peligro de precipitarse al Maniguales que corría, paralelo, a pocos metros del camino. Al otro costado, el incendio crepitaba ruidoso y se oía el ruido de algunos árboles al desplomarse. Varios carabineros que viajaban en el pullman descendieron y se internaron por el camino entre las nubes de humo, para tratar de despejar el paso. Los siguieron varios voluntarios. Dos jinetes llegaron con la noticia de que el fuego se estaba por propagar a algunas viviendas y escuelas de las aldeas de los kilómetros. Se aseguraba que desde el lado de Coyhaique venían en auxilio tropas del ejército, carabineros, personal de vialidad y voluntarios.
El ómnibus se mantuvo casi una hora en el lugar. Era peligroso maniobrar para retroceder en la estrechez del camino entre el río y el fuego, y sus tanques de nafta podían explotar a consecuencia del calor reinante y los miles de chispas que llovían.
A instancias de los pasajeros se resolvió intentar el cruce de la muralla de humo y chispas. Se taparon los tanques con lonas mojadas y se humedecieron también las que cubrían los bultos del portaequipaje externo. Lentamente, con dos hombres que marchaban a pie adelante, el vehículo siguió viaje con la nerviosidad de todos. Los árboles incendiados que entorpecían el paso habían sido arrojados al río, y se pudo llegar bien hasta después del puente colgante de El Balseo. Desde ese punto, hasta el puente colgante de la gran subida del Farallón, la visibilidad era algo mejor y los límites del fuego más alejados del camino por obra de incendios anteriores.
Después del Farallón, ya sobre la elevada montaña cercana a La Mano Negra, cubierta por árboles caídos o de pie, pero todos gigantes muertos por el fuego de hace varios años, el espacio es amplio, y el humo, menos; se hace noche y el amplio panorama que se ofrece a la vista es imponente. A cualquier lado que se mire se ven lejanas líneas de fuego rojizo a través de la humareda, todas en lento avance en la misma dirección.
Sentados al borde del camino había grupos de personas, con los enseres que habían podido salvar del fuego que arrasó sus predios. Algunos subían al ómnibus o a los camiones; otros seguían a pie o a caballo arreando, con ayuda de sus familias, los animales rescatados del fuego. Además, conducían sobre rudimentarias carretas, totalmente de madera, enseres de la casa y jaulas o cajones repletos de gallinas y otros animales domésticos. Cada niño o mujer llevaba en las manos, ya algún cuadro, algún gatito o cachorro pequeño, alguna jaula con pájaros o cualquier otra cosa. Nadie llevaba las manos desocupadas, porque las carretas eran pocas para cargar tantas cosas y aún así siempre se queda algún recuerdo querido a merced del fuego. Todos estaban apenados pero no se oían llantos. Tenían el fatalismo que caracteriza al habitante de la región y la experiencia amarga de desastres similares ocurridos antes por las mismas causas. Parecían evacuados civiles que se retiran ante el avance de un ejército enemigo de fuerzas superiores.
Los pájaros de la región, corridos de los bosques, revoloteaban y paraban nerviosos en los árboles caídos. Ellos tenían alas para huir del fuego, pero veían perdidos sus refugios y sus nidos. Estaban medio aturdidos. Dos zorros colorados cruzaron el camino huyendo del bosque, rumbo hacia los valles o cerros pedregosos sin árboles.
Coyhaique, ciudad chilena de 9000 habitantes, está situada a 45 kilómetros de la frontera argentina, en un enorme bajo rodeado por montañas boscosas en sus laderas y con cumbres nevadas. Líneas de fuego la rodeaban desde la distancia. dándole un aspecto raro. Sólo la calle del camino a la frontera argentina y otra hacia Puerto Aysén estaban libres.
Toda la noche la población mantenía un movimiento inquieto, aunque la amenaza del incendio no le alcanzaba. Los aullidos y ladridos de numerosos perros, inquietos por la ausencia de sus dueños, era general. De tanto en tanto, el retumbar de los cascos por el galope de varios caballos por las calles anunciaba el pasar apresurado de numerosos jinetes ante la noticia de que sus predios de campo corrían peligro de incendio.
El gran aserradero del Ejército en la proximidad del Río Blanco estaba amenazado por la dirección de una de las líneas de fuego, y fuerzas del regimiento de Coyhaique salieron a tratar de contenerlo o evacuar las máquinas. A las 3 de la mañana, al Hotel Español, donde se hallaba el pullman de Comodoro Rivadavia, llegó un pedido de Carabineros de Chile solicitando su colaboración para conducir refuerzos hasta las caballerizas de Carabineros situadas a unos siete kilómetros de distancia y seriamente amenazadas por el fuego, con todos sus animales; el ómnibus salió sin pérdida de tiempo con el auxilio, marchando por un sendero de carros, estrecho y dificultoso por el humo, pero antes de la mitad del trayecto emergió de entre la humareda un grupo de carabineros que había logrado retirar los 25 caballos y los arreaban por el sendero hacia Coyhaique. El ómnibus regresó para conducir auxilio a otros puntos, pues la escasez de camiones era mucha, debido a que casi todos estaban ocupados en trabajos de evacuación en distintos lugares.
El calor de los incendios facilitaba su propagación a otras manchas de bosques. Numerosas y grandes chispas, que el fuego arrojaba al aire, caían a una distancia de hasta dos o tres kilómetros, pasando sobre algunos valles, para caer y propagar el fuego en bosques lejanos. Continuamente llegaban y salían grupos de labriegos y hacendados, formando patrullas de auxilio.
A las 8 de la mañana comenzó a caer sobre Puerto Aysén una lluvia importante, que pronto llegó hasta Coyhaique y se extendió por toda la zona incendiada, hasta El Triana y Alto Río Mayo, ya en territorio argentino.
Aunque la lluvia era fuerte, no bastaba para apagar los bosques ya invadidos por las llamas, pero al mojar abundantemente las partes amenazadas por la propagación del fuego fue debilitando su empuje poco a poco, hasta localizarlo totalmente en 6 horas y comenzar a apagarlo. Así, esa lluvia, llegada con casi 15 días de atraso, cosa poco normal en la región, pronto limpió el ambiente de humo y la tranquilidad volvió a los pobladores, que comenzaron la tarea de reparar los daños, lo que para muchos significaba empezar de nuevo.
Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón
Material proporcionado por la Biblioteca Municipal Domingo Sarmiento de Puerto Madryn
