lunes, 12 de octubre de 2026

Al principio, la captura de ballenas era una actividad ocasional o más bien oportunista y estaba orientada exclusivamente al aprovechamiento de los restos de animales que varaban en la playa. Pero no pasó mucho tiempo para que en aquellas regiones en donde los cetáceos son moneda corriente y en donde, además, no hay demasiados recursos alternativos, se empezaran a desarrollar distintas técnicas orientadas a lograr la captura de algunas ballenas antes (o independientemente) de que estuvieran varadas. Los primeros cazadores de ballenas propiamente dichos fueron los habitantes de las islas meridionales de Japón. Lo que hacían era rodear a los animales que se acercaban a la costa y arrearlos hacia la playa para forzarlos a varar. El procedimiento puede parecer rudimentario pero es suficientemente efectivo como para haber sobrevivido, al menos en algunos sitios, hasta el presente. El siguiente paso en la carrera armamentista de los balleneros fue la incorporación de lanzas y arpones y, casi enseguida, la unión de estos a distintos tipos de anclas de mar. A partir de entonces los cazadores dejaron de estar obligados a buscar solamente presas menores y animales viejos o enfermos para poder enfrentar, cuando menos con alguna perspectiva de éxito, buena parte de las ballenas que se ponían a su alcance.

Hace cinco o seis mil años, la caza de ballenas ya era una práctica habitual para los integrantes de distintas comunidades costeras de Asia, Europa y Norteamérica. Cada una de esas comunidades adoptó una forma distinta y, si bien en algunos casos siguió siendo una actividad circunstancial, en otros se convirtió en uno de los elementos centrales de la economía, la organización social, el arte y la mitología. Tal es el caso, por ejemplo, de muchos de los grupos que vivieron en la península escandinava, Islandia, las costas de Canadá y las costas e islas del noreste de Asia, y de algunos de los que viven hoy en Alaska, Groenlandia, las islas Feroe y la región autónoma de Chukotka.

Es muy probable que, en algunos sitios de la Patagonia, la cantidad de ballenas fuera suficiente como para satisfacer la mayor parte de las necesidades de un grupo de cazadores y recolectores costeros. De hecho, y a pesar de todos los factores que han contribuido a reducir su número, en las costas de los golfos Nuevo y San José (península Valdés), la boca oriental del estrecho de Magallanes (Santa Cruz y Tierra del Fuego) y la bahía San Sebastián (Tierra del Fuego) todavía se producen varias decenas de varamientos cada año. Las investigaciones arqueológicas y las crónicas de los primeros viajeros dan cuenta del entusiasmo con que se aprovechaban los restos de cada uno de esos animales.

El hallazgo de una ballena aseguraba varios meses de bienestar y permitía algo así como el establecimiento de una tregua entre grupos vecinos y tradicionalmente enfrentados. Así, los integrantes de esos grupos podían colaborar en el procesamiento y compartir los beneficios y, entretanto, establecer o fortalecer una serie de vínculos fundamentales (matrimonios, alianzas, intercambios de materias primas e información, etc.). Sin embargo, ninguno de los grupos de aborígenes de la Patagonia parece haber desarrollado una técnica específicamente orientada a la caza de ballenas. Quizás esto se deba a que el litoral patagónico es rico en otros recursos (lobos y elefantes marinos, pingüinos y otras aves costeras, peces, mejillones) y a que sus habitantes no necesitaban cazar ballenas para asegurar su manutención. Pero, a la luz de lo ocurrido en otras regiones del mundo, esto es poco probable. Es difícil establecer reglas acerca del comportamiento de los seres humanos pero, aun así, existen numerosos antecedentes que sugieren que, si existe un recurso valioso, lo más probable es que termine siendo utilizado (jy vaya que se hizo!).

Tal vez, lo que hizo que los aborígenes patagónicos y fueguinos no se convirtieran en verdaderos balleneros no fue el exceso de recursos sino la falta de tiempo. O, mejor dicho, una combinación poco afortunada entre la falta de tiempo y un ambiente en el que los tres elementos fundamentales para el desarrollo de una tradición ballenera (las ballenas, un área litoral de aguas tranquilas y árboles con los que pueda fabricarse algún tipo de embarcación) aparecen separadamente en muchos sitios pero no coinciden prácticamente en ninguno.

Los balleneros prehistóricos desarrollaron una amplia gama de procedimientos de caza. Pero se trata, en todos los casos, de procedimientos que se llevan a cabo desde la costa o desde embarcaciones pequeñas y poco apropiadas para adentrarse en aguas abiertas.

Fragmento del libro “Ballenas y balleneros de la Patagonia”, de Alegrando Winograd

 

 

 

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