Cuentan los antiguos que Kilapán no solo nació para ser toqui. También se preparó para ello, cabalgando por años al lado de Calfucura, el señor de las pampas. Hasta allí lo envió Mañilwenu, su padre, para formarse como guerrero, político y diplomático. Y obtener, como todo joven mapuche de aquel tiempo, prestigio y riqueza.
Juana Malen, esposa de Kilapán, relató a fines del siglo XIX su vida al profesor del Liceo de Temuco y destacado escritor mapuche Manuel Manquilef. El relato forma parte del libro Las últimas familias y costumbres araucanas de 1912.
Kilapán nació en Adencul, en las tierras de su padre. “Era chico, delgado y blanco. En valor igualaba a su padre. Vivió con tres mujeres. Tuvo seis hijos de los cuales Epuleo Kilapán fue el más conocido de todos”, contaría su viuda.
Juana Malen era su segunda esposa e hija del cacique Faustino Kilaweke, uno de sus lugartenientes y consejeros principales. Tenía ochenta años cuando dio su testimonio al profesor Manquilef y vivía en Perquenco, en tierras de su familia.
Relata que Kilapán aborrecía lo mismo que su legendario padre a los winkas, a los chilenos. “Quieren hacer pueblos para acorralarnos como vacas”, cuenta que decía. Y agrega:
Este último toqui jamás quiso rendirse. Cuando los chilenos tuvieron otra guerra con el rey de España [1865-1866], hizo que se sublevaran las tribus. Se acordaba de Mañil que decía: “El rey tiene que volver”. Nunca quiso salir a las plazas militares a parlamentar con los generales. Mandaba a su suegro Kilaweke.
Existe la creencia de que muerto Mañil, en diciembre de 1860, fue Kilapán quien asumió la jefatura militar. Y con ello el liderazgo de la resistencia frente a los chilenos. No fue exactamente así.
Bernardino Pradel, el revolucionario que se refugió con Mañil en 1859, llegando a ser su secretario personal, aclara que fue Wentekol, poderoso cacique aliado del toqui, quien lo sucedió al mando de los arribanos. Era lo que correspondía según la tradición mapuche: la asunción del cacique sobreviviente más antiguo.
Existen pruebas de que así aconteció. La principal, la carta que el propio Wentekol envió al presidente José Joaquín Pérez en septiembre de 1861. En ella firma como toqui principal, subrayando haber sido nombrado tras la muerte de Mañil.
La asunción de Kilapán se produce solo años más tarde, tras servir como “enlace” entre las fuerzas de ambos lados de la cordillera. Fue recién en 1866, tras regresar de su última misión a Puelmapu -aquella informada al Gobierno por Domingo Salvo- que Kilapán logró alzarse como toqui de guerra. Lo hizo en un Füta Trawün que tuvo lugar en Perquenco.
Cuenta Juana Malen que a la junta asistieron los caciques Marihual de Chanco, Levio de Nielol, Catricura de Loncoche, Montri de Perquenco, Nahuelcura de Perquenco, Ñancucheo de Collico, Lienan de Temuco, Esteban Romero de Truf-Truf, Pancho Curamil de Collahue y Pircunche de Cajón, entre otros.
Kilapán habló durante todo el día.
“Se acordó de que su padre Mañil había defendido sus tierras. No quería que sus mujeres y sus hijos fueran sirvientes de los chilenos. Así, dijo, deben hacerlo ahora todos los caciques”, relató su esposa. En la junta también tuvo palabras para sus enemigos internos, los bravos abajinos de Cholchol, aliados en varias campañas del ejército expedicionario de Saavedra.
“Los abajinos van a ser engañados por el Gobierno chileno. Coñuepan y Painemal son como las vacas maneadas que se dejan sacar la leche sosegadas”, cuentan que dijo.
Alertado el Gobierno de su calidad de toqui de guerra, de inmediato se buscó atraerlo. O más bien comprarlo. Una misión de paz le ofrece, a nombre del intendente de Arauco, nombrarlo “Cacique Gobernador de la Araucanía” y abonarle un sueldo para que viviera conforme a su nuevo rango. Kilapán rechazó la oferta.
Su negativa fue registrada por un miembro anónimo de aquella Comisión de Paz, según cita el historiador José Bengoa. Las siguientes habrían sido sus palabras textuales:
Cuando vivía mi padre, sus correos tenían el tránsito libre hasta el Bureo (Mulchén), mientras que ahora no sucede así pues el territorio se halla cubierto de pobladores hasta el mismo Renaico. ¿Cómo se han internado ellos tan adentro? Haciéndose dueños de lo que no les pertenece. Si el gobierno no toma medidas para evitar estas internaciones que tanto nos perjudican, nosotros nos veremos en el caso de tomarlas. Hoy no solamente nuestras propiedades son las que corren peligro, son también nuestras vidas. Digan ustedes, ¿cuándo se nos ha amparado a nosotros? Nunca. El cacique Lonconao y una parte de su familia murieron asesinados y no se hizo indagación ni castigo a sus autores, a pesar de que comisionamos a Pantaleón Sánchez para pedir justicia. Pero ¿cómo hacer esta justicia cuando es el mismo gobierno quien lo mandó a matar? (Bengoa, 1985:196-197).
Kilapán había heredado de su padre no solo su legendaria bravura, sino también una claridad única para analizar el escenario político y calibrar la grave amenaza que se avecinaba. Pasa que, además de militar, Kilapán era también un formidable estratega, culto y educado, alguien que jamás despreció el conocimiento del winka.
“Aunque rebelde a nuestras leyes el altivo y fiero Kilapán no lo fue a los beneficios de la civilización. Bien conocía los frutos que ella brinda al hombre. Tenía en su choza un preceptor chileno encargado de enseñar a leer, escribir, contar y hablar el español a sus hijos”, relata Horacio Lara, el historiador del siglo XIX.
Durante el transcurso de 1867, Kilapán, al mando de al menos mil guerreros, cruzó la cordillera para sumarse al ejército de Calfucura en su ofensiva contra los fuertes argentinos. No regresaría sino hasta la primavera de 1868, cuando lidera una serie de ataques contra el ejército chileno.
Era la promesa que Kilapán había hecho a su padre en su lecho de muerte, cuenta Horacio Lara.
Ha de saberse que momentos antes de morir su padre, el poderoso y terrible cacique Mañil, jefe de las tribus arribanas, lo llamó a su lecho de agonía y haciéndolo arrodillar le hizo jurar que nunca se sometería a las autoridades chilenas. Así le prometió Kilapán y de ahí el antecedente de la existencia que este llevó de continua y eterna revuelta contra nuestro ejército y las poblaciones que se habían levantado en el corazón de la Araucanía […]. Vivió Kilapán cumpliendo el juramento que había hecho a su padre de no pactar jamás.
Fragmento del libro “Historia secreta Mapuche”, de Pedro Cayuqueo

