lunes, 23 de marzo de 2026
El cacique Juan Calfucurá y el cautivo Auguste Guinnard

Llegada la mañana, cuando según mi costumbre iba a hacer la ronda, noté que el buen corcel que había montado la víspera estaba reemplazado por un caballo muy pesado, pero me cuidé mucho de mostrar sorpresa alguna. Caminaba lentamente en el maldito rocín cuando noté que se acercaban a mí, vientre a tierra, unos indios que hacían vibrar el aire con sus salvajes imprecaciones. Sin embargo, la distancia que me separaba de ellos era grande todavía, y tuve la felicidad de encontrar la tropilla de caballos confiados a mi cuidado, que por sí solos se acercaban a mi lado. Grandes fueron mi alegría y mi esperanza. Abandoné prestamente mi caballo, al que quité la brida para colocarla al mejor corredor de la tropilla, que al reconocerme se dejó acercar fácilmente. En un instante monté a caballo; después, cuidando espantar a los otros caballos a fin de dispersarlos, para restar a mis enemigos toda probabilidad de alcanzarme, me lancé a la carrera en una dirección opuesta.

Después de haber galopado el día entero llegué, cuando caía la noche, al campo de Calfucurá-Piedra Azul-, gran cacique de la confederación india, de la que formaba parte la tribu de mis perseguidores y donde, sin embargo, no me conocían aún. Al llegar, nada me hizo adivinar cuál de entre esos indios que tenía por delante podría ser el gran cacique, porque ninguna seña lo distinguía de sus súbditos. Sólo cuando dirigió la palabra a los otros para darles órdenes reconocí al jefe por el sonido de su aire imperioso.

Era un hombre más que centenario, pero que a lo sumo parecía tener 60 años; su cabellera negra todavía hacía marco a una vasta frente sin arrugas, que los ojos vivos y escrutadores hacían muy inteligentes El conjunto de la fisonomía de este jefe, aunque con cierta dignidad, recordaba perfectamente, sin embargo, al tipo de los patagones occidentales, a quienes remontaba su origen. Como ellos, era de alta estatura: tenía los hombros muy anchos, el pecho arqueado; la espalda estaba un poco agobiada; su andar era pesado, casi dificultoso, pero gozaba todavía de todas sus facultades; con la excepción de los dientes perdidos en un combate en que le habían partido el labio superior, este viejo los poseía todos intactos todavía.

Asombrado por mi presencia, este hombre me preguntó qué quería y qué motivo me daba la osadía suficiente para aventurarme a visitarlo sin compañía.

-El me huica cheu tuwimi chumeichi-métchy. -Y, pues, cristiano, ¿de dónde vienes?

-Quisu konman chumbe emi nai pofo lagan anei. -¿Cómo es que vienes solo? ¿Qué es lo que quieres; eres loco, creo?

-¿Chumal quisu pasian iñche meu? -¿Por qué te paseas solo en mi casa?-.

Me presenté y le expuse los acontecimientos ocurridos al día anterior y aquella mañana, y le supliqué que tomara en cuenta la veracidad de mi relato; terminé demostrándole que si hubiese engañado a los indios habría tratado indudablemente de evadirme en el intervalo, por cualquier medio; que, por el contrario, y como nada tenía que reprocharme, iba a pedirle apoyo y confiarme a su lealtad. Si yo era inocente, no tendría que reprocharse la muerte de un servidor fiel cuyos servicios podrían serle todavía de alguna utilidad.

Halagado por mi confianza, así como por algunas palabras dirigidas a su vanidad, este hombre, en realidad más humano que sus semejantes, me trató casi con dulzura y me prometió su apoyo; solamente agregó que jamás tendría un caballo a mi disposición.

Al día siguiente, una partida de la tribu de la que había escapado vino, con el jefe, a pedir audiencia a Calfucurá y reclamar mi suplicio instantáneo, como cosa debida. Durante el debate estuve presente con la boca cerrada al principio; pero al fin, inquieto al ver que la horda se mostraba tan ávida de mi sangre, y notando que sus instancias comenzaban a impresionar al jefe, comprendí que no podía seguir en silencio. Me levanté y, después de recordar al gran cacique que me había acordado su protección, me esforcé por hacer comprender mi inocencia a todos, reanudando el relato exacto que había hecho la noche anterior y evitando sin embargo irritar el amor propio y los prejuicios de los asistentes.

Calfucurá se puso de mi lado, dijo, que era imposible que un culpable hablara como lo hacía yo. Prohibió a todos maltratarme y después se volvió a mí para tranquilizarme diciendo que no me abandonaría, a fin de que nada malo me ocurriese. Finalmente terminó diciendo a mi antiguo jefe que cuando le procurara pruebas incontestables de mi deslealtad me proponía nuevamente en sus manos para que dispusiera a su antojo de mi suerte. Dictando este juicio, la asamblea se separó, y toda la horda se marchó lanzándome miradas de cólera.

Pasaron algunos meses sin que nada esclareciese a los indios sobre la situación de los dos cautivos retenidos por los argentinos. Su animosidad contra mí aumentó tanto más por ello. Sin cesar acudían a visitar al gran cacique que, influido quizá por sus diversas conjeturas, parecía cambiante a mi respecto, pues tanto me maltrataba como parecía acordarme la mayor confianza. A menudo me interrogaba; y como mis respuestas concordaban constantemente con el primer interrogatorio terminaba siempre por conservar su protección. Durante los cinco meses en los que se prolongó tal estado de cosas fui objeto de una vigilancia cada vez más activa. A menudo algunos indios iban a rondar por las cercanías de las haciendas buscando información sobre sus compañeros cautivos, pero caballos y hombres se fatigaban inútilmente y volvía sin traer el menor indicio. Cansados de tantas tentativas inútiles, resolvieron dejar transcurrir un tiempo sin renovarlas.

Durante ese período de descanso y de aparente olvido, los dos hombres a quienes creían perdidos reaparecieron entre ellos. Hubo entonces una reunión extraordinaria de todas las tribus interesadas en el asunto, y mi inocencia fue proclamada por los indios. Declararon que, como se los reconociera como participantes de una incursión operada con anterioridad en el río Quequén, fueron retenidos como cautivos hasta que el gobierno de Buenos Aires, a quien se recurrió, hubiese decidido sobre la suerte; que después llegó orden formal de la metrópoli para tenerlos prisioneros y hacerlos trabajar; que hasta se habló de darles muerte, pero se tomaron en consideración las ofertas de paz contenidas en el despacho de que eran portadores, y debían la vida únicamente a esa misiva. En cuanto a su libertad, la recobraron gracias a la negligencia de los encargados de cuidarlos.

Desde ese momento se produjo en todos los espíritus un vuelco completo a mi respecto. Hasta mis mayores enemigos no tuvieron más que elogios para mí. Toda su desconfianza se desvaneció en un momento; parecieron olvidar hasta mis tentativas de evasión. Se me permitió montar a caballo y acompañarlos en todas las ocasiones. Como se me juzgaba digno de la confianza general, reanudé igualmente mis funciones de escribano de la confederación nómada.

El cacique de la tribu a la que pertenecía, antes de la circunstancias difíciles que vengo de relatar, intentó en muchas oportunidades hacerse otra vez dueño de mí. Calfucurá, como hombre superior por su rango, nunca intento oponerse a su deseo; pero no quiso actuar tampoco sin haberme consultado previamente. Aun bajo la impresión de los peligros que había corrido y de los malos tratos que había soportado entre mis antiguos amos, mi respuesta fue dictada por el reconocimiento que experimentaba hacia aquel hombre generoso a quien debía la vida y a cuyo lado era casi tan libre como un indio. Le participé el deseo sincero y vivo que me animaba de no abandonarlo.

Conmovido por mi proceder, me tendió la mano diciéndome:

-Come uentru emy come piuke ta emy tefa -Buen hombre, tienes buen corazón, eres en mi país- iñche mapo kiñe ueche rumel emy ka antu hula -un joven habitante más, jamás un día u otro saldrá- uesa yom chipalan inchin uen –de nuestras bocas una mala palabra más-.

Pertenecía desde entonces, definitivamente, a la tribu de los m-muelches, llamados calfucuraches.

Fragmento del libro “Tres años entre patagones”, de Auguste Guinnard

 

 

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