domingo, 12 de abril de 2026

En el ámbito económico rural, el período comprendido entre 1815 y mediados del siglo XIX estuvo caracterizado por una gran depresión. Luego de la finalización de las guerras napoleónicas se registró una considerable caída en los precios de la producción agrícola, seguida por períodos de grandes fluctuaciones; en tanto que en el sector pecuario las sequías y los bajos precios prácticamente obligaron a los productores a liquidar sus ganados. El gran crecimiento poblacional registrado y la falta de otras alternativas laborales intensificaron la presión sobre la tenencia de las tierras. Este proceso estuvo acompañado por una constante alza en el valor de los arrendamientos y de los impuestos que golpeó fuertemente a campesinos y arrendatarios, los que quedaron prácticamente en la bancarrota. Esta grave situación se vio exacerbada por la adopción de la legislación inglesa que reafirmaba los derechos de propiedad de los poderosos, con el consiguiente cercamiento de propiedades cada vez más grandes, en contraposición con las antiguas normas galesas del Hywel Dda (“Hywel el bueno”), las que permitían la utilización de las tierras comunes por parte de los campesinos independientes. Estos, al verse privados de sus antiguos derechos, protagonizaron varias protestas y alzamientos. Este enfrentamiento, de origen eminentemente económico, se vio agudizado por las diferencias sociales, religiosas, políticas y culturales, entre campesinos no conformistas y liberales que hablaban el galés, versus terratenientes anglicanos y conservadores que hablaban el inglés. Si bien para mediados del siglo XIX la situación de los campesinos había mejorado un tanto, los líderes radicales y no conformistas unieron sus fuerzas y endurecieron las críticas contra los terratenientes, a los que acusaban de aumentar excesivamente los arrendamientos.

La difícil situación que atravesaban los pobladores de las zonas rurales los impulsó a emigrar: alrededor de sesenta mil galeses lo hicieron entre 1770 y 1850 a los Estados Unidos; pero un número también considerable prefirió migrar hacia los centros industriales surgidos sobre todo en el sur del país, vinculados con la industria del hierro y principalmente con la extracción del carbón, fuente de energía básica de la revolución industrial.

Si bien es cierto que la industrialización de Gales tuvo lugar mucho tiempo después que la de Inglaterra, una vez iniciada se dio muy rápidamente y abrió nuevas expectativas de mejores salarios, dando lugar a una creciente migración desde las zonas rurales a las zonas carboníferas del sur. Para mediados del siglo XIX casi un 70% de la población vivía en los cinco condados del sur, principalmente en Glamorgan y Monmouth. Este proceso de migración interna evitó que se produjera un drenaje poblacional como el que tuvo lugar en Irlanda, a la vez que ocasionó una concentración de población rural hablante de galés en los centros urbanos, lo que favoreció notablemente su preservación. Pero las condiciones para los trabajadores de las áreas industriales también se tornaron duras: las recurrentes crisis de la industria extractiva del carbón provocaban grandes oscilaciones económicas, con los consiguientes períodos de depresión y rebajas salariales, que terminaban redundado en situaciones de suma precariedad y empobrecimiento de la población.

Es este contexto económico social que la emigración fue visualizada como una válvula de escape, tanto para los pobladores de las áreas rurales como para los de los centros urbanos industrializados, por lo cual la composición de los migrantes resultó muy variada tanto en lo geográfico como en lo ocupacional. En general estuvo conformada por trabajadores, habitualmente acompañados por SUS grupos familiares, procedentes tanto del ámbito rural como de las áreas industriales y mineras, y por aquellos que siendo originarios de las primeras habían migrado a las segundas para finalmente tomar el camino de la emigración.

Texto de “Chupat-Camwy Patagonia” – Marcelo Gavirati

 

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