Vemos como se va perfilando claramente la creciente importancia de los productos indígenas en la balanza comercial de la Colonia, los que la mantenían a flote ante las reiteradas fallas en la cosecha del trigo, junto con los productos provenientes del tambo. Vinculado con este último rubro se nota un importante aumento del ganado vacuno, el que había superado las 500 cabezas. Si bien los tambos-lecherías eran por entonces atendidos por las mujeres, se estimaba que el año siguiente los hombres tendrían que hacerse cargo del negocio, a menos que las mujeres recibiesen ayuda por parte de criadas que emigrasen de Gales.
Pero, por sí misma, la ganadería no era el fuerte de los colonos, lo que se ve reflejado en el escaso número de ovejas y de cerdos, apenas 28 y 10 ejemplares respectivamente. El ganado equino también continuaba siendo escaso; sólo había 188 ejemplares en 1872, por lo que llama la atención que al año siguiente la compañía Geo M. Dean adquiriese de los colonos 50 caballos para ser llevados a las Islas Malvinas, a cambio de los cuales entregó vestimentas. El hecho de que los colonos se desprendiesen de medio centenar de estos animales, lo que representaba más de la cuarta parte del plantel que poseían el año anterior, nos induce a pensar que en este rubro los colonos pudieron haber actuado como intermediarios comerciales de caballos adquiridos a los indígenas sus habituales proveedores en este rubro- para su reventa inmediata, lo que abriría sin dudas otra interesante posibilidad comercial.
El hecho de que las expectativas económicas de los colonos se centrasen más en el comercio con los indígenas y en la producción derivada de la actividad tambera que en los inciertos resultados de la actividad agrícola, no quiere decir que ésta haya sido descuidada. Por el contrario, los colonos procuraron minimizar el riesgo de carecer de agua para riego en los momentos en que más se la necesitaba, como había sucedido en la temporada anterior en la que, no obstante haber caído fuertes lluvias, el río no había alcanzado el nivel necesario para llenar los canales de riego. Para independizarse de los avatares del incierto nivel del río, en 1872 los colonos implementaron un sistema de riego que preveía subir el agua por medio de bombas que trabajaban con energía eólica. De cualquier forma, esa temporada el Chubut creció en época temprana y de manera sostenida durante varias semanas, por lo que pudieron regar sus sembradíos abundantemente y ya para octubre el aspecto del naciente grano era de los mejores obtenidos hasta ese momento. A principios de 1873 los colonos pudieron obtener una buena cosecha y el colono Edward Price embarcó en la nave Irene, de las Islas Malvinas, la primera colocación de trigo de la Colonia en Buenos Aires.
La calidad del grano producido en el valle del Chubut sorprendió a los comerciantes porteños, los que llegaron a pagar por él un precio superior al usual en ese mercado. La firma “Rooke, Parry y Cía.”, comandada por el comerciante de origen galés residente en Buenos Aires, Hugh John Parry, compró el barco para comenzar a comerciar con la Colonia. En enero del año siguiente (1874) la Rooke & Parry instalaría el primer almacén de la Colonia en la desembocadura del río Chubut, y el propio Edward Price quedaría como gerente del mismo. El éxito agrícola y la posibilidad de comercializar sus excedentes también atrajeron el interés de otros dos comerciantes de Buenos Aires, Juan Younger y John Murray Thomas. Este último había integrado el primer contingente colonizador venido en el Mimosa, pero en 1866 había abandonado el Chubut para instalarse en Buenos Aires y hacer carrera en el comercio. Poco tiempo después de que la firma “Rooke y Parry” instalara la primera casa comercial, la firma “Younger & Thomas” abrió la segunda.
A partir de este éxito, conseguido casi ocho años después de su llegada a la Patagonia, los colonos alcanzaron la convicción de que en el valle del Chubut podrían vivir miles de personas cultivando trigo, cebada y otros productos. Se trazaron entonces como objetivo el arribo de más compatriotas para producirlos en grandes cantidades y ubicarlos en Buenos Aires y otros puertos. Más que cualquier otra propaganda, la noticia atrajo a nuevos contingentes de inmigrantes galeses procedentes del propio Gales y también de los Estados Unidos. En 1874 la población de la Colonia duplicaría su número, el que trepó a los tres centenares, fenómeno que se repetiría en 1875, año en el que llegó a tener 621 pobladores.
Fragmento del libro “Chupat-Camwy Patagonia”, de Marcelo Gavirati