
En cuanto a la venta de alcohol a los indígenas, a pesar de las objeciones sostenidas por parte de los lideres religiosos y de algunos miembros de la Colonia, su práctica también formaba parte habitual de las transacciones, como se desprende del relato de Richard Jones Glyn Du [Di]:
“Hablando del comercio con los indios debo ser honesto y decir también que algunos galeses se aprovechaban de la tentación de los pobres nativos por las bebidas alcohólicas y vendiéndoselas obtenían pingües ganancias. Entonces partía el alma ver a los pobres nativos quemando su dinero en esto, que los arruinaba de cuerpo y alma; pero del alma no se preocupaban mucho, aunque creían que después de muertos vivirían en algún otro lugar. Pero muchísimo más me apenaba ver a algunos de mis queridos compatriotas metidos en ese asunto, a pesar de haber sido criados en el seno de la Escuela Dominical y hablando del ferviente llamado del Evangelio. jAy! Sus acciones no demostraban que recordaran su responsabilidad en esta causa.” (2001:87-88).
Durante su primera visita a la Colonia en 1873 el obispo de Malvinas, Waite Stirling, también se había mostrado preocupado por el tema:
“Hablé claramente con los colonos y me alegró encontrar que la opinión general estaba muy en contra de este tráfico; es posible que el Consejo promulgue una ley que prohíba por completo el comercio de alcohol con los indios”.
La disposición debió haber sido dictada, ya que en 1875 “al menos una persona fue penalizada por vender licor a los nativos”. Pero en realidad la norma prohibitiva era sólo transitoria. En la reunión del 28 de agosto de 1875 el Consejo autorizó a su presidente a “prohibir la venta o donación de licores inebriadores [embriagadores] a los aborígenes, bajo una multa de diez libras esterlinas y la destrucción de todos los licores que se encuentren en posesión del contraventor”; pero luego se aclaraba que dicha autorización tendría vigencia “solamente por el tiempo en que los aborígenes que actualmente han venido a la Colonia estén presentes”. Es decir que sólo se trataba de una norma ad hoc referida a un grupo que entonces visitaba la colonia, al que por alguna razón se lo consideraba como potencialmente conflictivo. No se aclaraba la identidad étnica del grupo, es decir si eran pampas, tehuelches o eventualmente manzaneros que se hubiese acercado a comerciar. Según datos de Oneto, el cacique manzanero Foyel habría visitado la colonia ese año, junto con otros 41 individuos de su tribu para vender pieles de guanaco y de zorro, pero a mediados de febrero.
Lo cierto es que el 11 de septiembre de 1875, pocos días después de la anterior disposición, el mismo Consejo dictó una nueva norma, la que, en lugar de prohibir, reglamentaba las condiciones para la venta de alcohol:
“La prohibición de venta de licores a los aborígenes se modificará desde el día 20 del corriente, dándose licencia para venderles bajo las condiciones siguientes: 1) Los que piden el permiso, pagarán al recibirlo 2 libras esterlinas al Juez. Teniendo el permiso vigor solamente mientras la milicia se halle en servicio,
2) Las casas en que se expiden los licores llevarán un pañuelo colorado de 12 pulgadas, por afuera y arriba de sus puertas, 3) Se les tiene que prevenir a los aborígenes que no entren en otras casas en busca de licores, sino a las que tengan la señal indicada, 4) A los almaceneros se dará la orden de no vender más que una cuarta (inglesa) de una vez, bajo un multa de diez libras esterlinas”.
Si bien la norma no prohibía sino que sólo reglamentaba la actividad, restringía la venta de alcohol a los indígenas en grandes cantidades, en una fórmula que seguramente tendía a conciliar el interés de los comerciantes y las críticas de los pastores y los sectores más apegados a las normas morales, como la que efectuara el colono J. G. Pritchard, quien en 1875 se quejaba de que los galeses estaban engañando y emborrachando a los nativos, y sostenía que el propio presidente del Consejo de la Colonia estaba involucrado en dicho comercio. Pero, más allá de las normas restrictivas y de la oposición de un sector de los colonos, el alcohol era uno de los productos más solicitados por los indígenas, por lo cual su despacho era muy atrayente para los colonos interesados en mantener y profundizar el comercio con ellos.
Fragmento del libro “Chupat-Camwy Patagonia”, de Marcelo Gavirati
