
“Cuenta la gente que por muchos años, los de la estancia manejaban una parte del territorio que siempre fue de la comunidad, como si fuera una reserva.
De hecho desde la misma estancia, comenzaron a nombrar el lugar, como “la reserva de la estancia”.
En este lugar confinaron a varios peones de la estancia que, después de ser explotados por años, consideraban que ya no eran útiles para el trabajo, y los venían a dejar aquí, del otro lado del alambre..
Carlos Painepán
Una pregunta que surge tanto del informe del Inspector de Tierras como de la lectura de Clemente Onelli, es sobre cuál era la relación de la Comunidad Aborigen de Cushamen y la Compañía de Tierras inglesa ASLCO (Argentine Southern Land Company Ltd) ya que el poder de esta última en la región era muy grande, como fuerza de presión a su favor sobre las decisiones de los funcionarios del Estado. BRO
La explotación de los guanacos
Como sabemos, los alambres de la Compañía -que empezaron a instalarse en 1908-, lindaron con una gran cantidad de población que quedó cercada entre Leleque y Fitiriwin, o entre Leleque, Fofocahuel y Lepá.
La primera mención a estas relaciones la encontramos en el ya citado libro de Ramón Minieri, quien trabajó con cartas y numerosos legajos de la Compañía, que hemos tenido también posibilidad de revisar. Allí se hace referencia a la contratación de peones para guanaquear, ya que este animal comenzó a ser un competidor de los rebaños de las estancias. Se refiere especialmente a un acuerdo con Miguel Nancuche Nahuelquir, para emplear a varios pobladores de la colonia a fin de llevar a cabo estas tareas, posibilitando también vender a buenos precios la lana de guanaco a los mercados ingleses.
“Se contrató a un Carique (sic) vecino que traerá la mayor cantidad posible de hombres (al menos 30). A cambio de carne para los primeros días, $ 2 por kilo de lana de guanaco, y quedándose con las plumas de ñandú y las pieles de chulengo, harán la caza para la compañía.” (Hackett describe las técnicas de ojeo y encierro, el boleo de hembras y chulengos preferentemente, y el trabajo de las mujeres para clasificar y esquilar las pieles). “Por lo que atañe a las pieles de guanacos grandes, a un promedio de 3 dó 4 d por kilo, no nos rendirán como negocio lo que las pagamos más el flete, pero nos ayudan considerablemente a bajar los costos de librar los campos de estos animales, que es el principal objetivo a tener en cuenta.” (…) “enviaremos pronto una muestra de las pieles de los más pequeños, para que se pueda estimar su precio”?

Sin dudas, Carlos Hackett, el administrador de la Compañía hacia la primera década del siglo XX, vio muy lucrativo este negocio para la empresa.
Esta actividad ponía en riesgo a la comunidad aborigen, al diezmar un recurso vital para su alimentación, ya que la cantidad de chivas y ovejas que poseían las familias aborígenes eran mínimas, en sus campos muy quebrados. Por lo tanto el guanaco era un recurso imprescindible para ellos. Una cosa era emplearse para controlar estos animales en determinado tiempo y forma, y otra muy distinta en transformar esto en un negocio de exportación, sin que nada de eso beneficiase a la comunidad anterior, que a su vez tenía sus propios circuitos de venta de pieles a bolicheros locales, a fin de complementar las bases de su subsistencia.
Los robos de hacienda
También hay cartas en los archivos de la Estancia Maitén, que hablan de las denuncias del cacique Nahuelquir a la Compañía, por robarle hacienda en espacios en donde los alambrados eran movidos a conveniencia o incluso donde todavía no estaba completado su trazado. También es posible sacar conclusiones de las relaciones de los gerentes de la Estancia con las autoridades locales, el propio gobernador y la Policía Fronteriza, que actuaban de acuerdo a los intereses y necesidades de los terratenientes ingleses.
¿Quiénes eran los cuatreros?
Sin lugar a dudas hubo varios enfrentamientos por estos temas, y la relación entre los pobladores de la comunidad y la Compañía oscilaba entre momentos de relativa calma y otros de tensión, en los cuales no faltaron sucesos luctuosos.
Esta situación se repetía en otras regiones donde la Compañía tenía también estancias.
Al respeto, hemos tenido acceso a la crónica de la hija de uno de los administradores a cargo de Mackinchao y Huanuluan, en Río Negro. En la misma se relatan episodios de cuatrerismo presuntamente en manos “de los indios”, naturalizando estas acciones como un modo de vida “elegido”, dando cuenta en el mismo acto de escritura de sus memorias, del estado de marginalidad en la que quedaron estas familias desterradas por el latifundio, viviendo en los costados de los alambres de las estancias.
Los aborígenes y los pobladores chilenos eran señalados como la suma de la vagancia y la delincuencia local, incluso después de sufrir el accionar de bandoleros profesionales que pululaban en toda la región.
Recordemos que para 1901 en el Territorio Nacional del Chubut ya se había instalado en la zona de Cholila la banda de Butch Cassidy, Sundance Kid y Etta Place, arribados ese mismo año a la Argentina, con mucho dinero proveniente de atracos a empresas, trenes y estancias en su país. El gobierno no tardó en concederles unas 6.000 hectáreas de campo en Cholila, Territorio del Chubut, sin ningún requisito. Se convirtieron en prósperos ganaderos con relaciones amistosas con la autoridad policial de la zona; con personajes como el Comisario Martin Underwood e incluso con el gobernador Julio Lezana, quien se alojó en su casa cuando se encontraba de gira por el interior del territorio en 1905.
“Lelek Aike, del destierro a la comunidad”, de Liliana E. Pérez
