Junto con Quiroga ha combatido, como comandante de milicias, el capitán Peñaloza, al mando de una división de caballería riojana. Según José Hernández “el capitán Peñaloza adquirió un fabuloso renombre, y en el vivac de los soldados vencedores se referían con admiración y entusiasmo muchos detalles que revelaban su arrojo e intrepidez, y que le dieron prestigio y nombradía, aún entre sus mismos enemigos. Era natural. El capitán Peñaloza mandaba esa caballería, única, de quien se cuenta que hubiera dado doce cargas sucesivas sobre los fuertes cuadros de infantería que el general Paz se vio obligado a formar, cargas que dieron por resultado el arrebatarle al general Paz las piezas de artillería que tenía encerradas en ellos. Pero la estrategia debía triunfar del arrojo en esta célebre jornada; pues el general Paz, por hábiles maniobras, recuperó sus cañones y derrotó al ejército del general Quiroga”. Félix Luna acepta que Peñaloza “enlaza los cañones enemigos en pleno combate”.
Una versión novelada de la batalla agiganta la participación de Peñaloza. Quiroga ordena a “Chacho cargar los cuadros con la mitad de la reserva. Chacho, que hacía mucho tiempo esperaba aquella orden, se lanzó en una carga impetuosa sobre los cuadros de Paz. Y el primer cuadro fue hecho pedazos, aunque con terribles pérdidas por parte de Chacho. Entusiasta y ardiente, carga sobre el segundo, pero allí lo espera Paz con un regimiento de caballería. Extenuado y algo desorganizado en el primer encuentro, fue rechazado en el segundo de una manera violenta. Chacho no se desanima, se reorganiza y vuelve a cargar con más empuje y valor que nunca. Pero vuelve a ser rechazado con pérdidas enormes. Se combatía de una manera frenética y desesperada. Los cuadros son rotos por el Chacho, que se reorganiza y carga con más brío que nunca. Pero el valor formidable de aquellos hombres debía estrellarse ese día contra la estrategia notable del general Paz. El Chacho es decididamente rechazado, y Paz acude a su derecha donde combatía el mismo Quiroga, habiéndole causado numerosas bajas. Las cargas de Quiroga eran imponentes, pues cuando se le creía rechazado se le veía cargar con más empeño que nunca y con tropas que, a pesar de haber combatido como habían combatido aquéllas, parecían tropas de refresco. Paz aglomeró allí todos sus elementos, hizo un esfuerzo y Quiroga fue rechazado con tremendas pérdidas. Chacho se había retirado a media legua del campo de batalla, donde organizaba de nuevo sus regimientos para volver a la carga. Los del fraile Aldao no podían reunirse, y una derrota completa era inevitable. La noche empezaba a caer, siendo muy difícil que los dispersos pudieran reunirse.
Quiroga se retiró donde estaba el Chacho y resolvió esperar el día siguiente para empezar de nuevo con sus tropas más descansadas. Quiroga estaba tremendo de ira y de bravura. Era la primera vez que sufría un contraste de aquella magnitud y quería a todo trance vencer a Paz, a pesar de su inferioridad saltante. “Esperemos mañana-dijo-, reunamos esta noche a los dispersos que pueda haber y mañana lucirá el nuevo sol para las armas de Quiroga”. Y toda la noche pasaron aquellos hombres de hierro en reunirse, juntar sus mejores armas y prepararse para el día siguiente. El general Paz dormía sobre el campo de batalla: no había querido moverse de allí, comprendiendo que Quiroga volvería, porque su derrota no había destruido por completo sus elementos. Y lo esperaba completamente tranquilo y dispuestas sus tropas, de manera de poder rechazar ventajosamente cualquier sorpresa que era muy capaz de intentar Quiroga. Las infanterías estaban con el cuadro formado, en cuyo centro estaban las piezas de artillería, y su caballería dormía con el caballo de la rienda. Al amanecer del día siguiente, Quiroga presentó a su frente tendido en batalla. No había podido reunir sus infanterías y éstas sólo aparecían como unos cuantos pelotones, pero sus caballerías eran numerosas y marchaban con un aplomo que nadie hubiera sospechado en tropas que habían peleado todo el día anterior, y de qué manera. Quiroga marchaba al centro, Chacho a la izquierda y Aldao a la derecha. Quiroga no había dejado reserva alguna, lo que probaba que venía dispuesto a combatir de una manera tremenda. Paz empezó a hacer jugar su artillería abriendo las caras de los cuadros, con bastante buen éxito. Quiroga mandó a Chacho que apagara los fuegos de artillería, y Chacho se vino a la carga como una tormenta. Los cuadros fueron cerrados de nuevo, y aquella infantería entusiasta y brava esperó aquella carga con increíble denuedo. Paz tenía toda su atención en su frente, por donde venía Quiroga haciendo un nutrido fuego de fusilaría por pelotones que protegía Aldao con fuerzas de caballería. El Chacho venía con un lazo en la mano, arma que traían también unos veinte jinetes que venían siguiéndolo en grupo aparte. Y ni el mismo Quiroga había podido explicarse en el primer momento el uso que Chacho iba a hacer de los lazos, suponiendo que serían para tomar a los jefes de la infantería. Chacho se estrelló contra los cuadros, rompiendo los dos primeros con un brío insuperable. Y mientras sus soldados sableaban a los artilleros dentro de los cuadros mismos, se vio al Chacho revolear su lazo, enlazar una pieza y sacarla a la cincha de dentro del cuadro. La misma operación repetida por aquellos soldados que lo seguían con el lazo armado, dio por resultado la toma de dos cañones más, que fueron llevados al campo de Quiroga.
Este hecho notable entusiasmó a las tropas de tal modo que prorrumpieron en un inmenso viva al Chacho. Y sus soldados, ardorosos y alegres con aquel resultado, cargaron sobre el segundo cuadro, pero Chacho no estaba con ellos, porque había ido a llevar las piezas, y fueron rechazados de una manera sangrienta. Como Chacho no sólo había traído la pieza sino el armón a ésta prendido, Quiroga la empezó a hacer jugar sobre las infanterías de Paz. El combate se había hecho general, y Chacho, irritado con el primer rechazo, volvía a la carga nuevamente con increíble violencia. Quiroga entretanto seguía haciendo un buen fuego de artillería victoriosamente. Deshecho el Chacho y extenuado, toca a Paz su turno de cargar, y hace cargar a una fuerte columna escalonada sobre las mismas piezas que le tomara el Chacho después del choque sangriento y terrible. La derrota empieza a iniciarse como el día anterior entre las filas de Quiroga; ya el fraile Aldao ha sido vencido y el Chacho no puede reorganizarse. Paz carga a la bayoneta, y el centro de Quiroga es doblado y obligado a dar la espalda. Es preciso no perder tiempo, aprovechar la ventaja antes de que puedan reorganizarse, y Paz lanza entonces toda su caballería, que dobla por completo a las pocas tropas que permanecían firmes. La derrota es completa; los restos del ejército de Quiroga huyen y Paz los hace perseguir tenazmente, tomándole prisionera toda su infantería.
-¡A La Rioja! -dice Quiroga al Chacho y a Aldao-. ¡Pronto tendremos el desquite! -¡A la Costa del Medio! -vuelve a gritar Chacho a los suyos; y todos se dispersaron huyendo de aquel enemigo que los persigue con una tenacidad tremenda.
Los tres caudillos se dirigieron a La Rioja, separándose al día siguiente en que Aldao toma el camino de Mendoza donde va a reunir nuevos elementos. El general Paz, triunfante en Córdoba de aquella manera, queda dueño del Interior, pues su triunfo sobre Quiroga después de dos días de combate, da a su ejército una importancia tremenda” (Gutiérrez).
Los partes de guerra oficiales no mencionan a Chacho; pero ninguno de ellos habla de los oficiales de Quiroga. Tampoco citan acciones sobre los cañones.
Güemes Campero, un capitán de Quiroga tomado prisionero le da a Paz su versión de la derrota: “yo puedo asegurar que el caballo moro se indispuso terriblemente con su amo el día de la acción de La Tablada, porque no siguió el consejo que le dio de evitar la batalla ese día; y en prueba de ello soy testigo ocular que, habiendo querido poco después del combate mudar caballo y montarlo [el general Quiroga no cabalgó el moro en La Tablada), no permitió que no enfrenasen por más esfuerzos que se hicieron, siendo yo mismo uno de los que procuró hacerlo, y todo eso era para manifestar su irritación por el desprecio que el general hizo de sus avisos”.
Fragmento del libro “Chacho”, de Oscar Muiño.

