
Las cargas que venían de Buenos Aires por barco se descargaban en el puerto de Madryn, y el único medio de transporte al valle era el tren. A su vez los productos de las chacras como pasto, manzanas, papas, etc. que salían especialmente para los Puertos del Sur también eran conducidos por ferrocarril hasta el Puerto y de allí por vía marítima a las poblaciones de Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado, Río Gallegos, etc. Lo mismo que los pasajeros. Para ir a Capital Federal tomaban el mismo medio. El viaje duraba generalmente tres días.
Las cargas con destino al norte de mayor cantidad eran de caolín que se extraía de los ricos yacimientos existentes en Boca de la Zanja, Campamento Villegas y Las Chapas.
Originalmente el proyecto del ferrocarril Central del Chubut era unir el Puerto costero de Madryn, en el Golfo Nuevo, con la Colonia 16 de Octubre en la Cordillera. Era una extensión de más de 600 kilómetros, pero quedó trunco en el Alto de Las Plumas, a 242 kilómetros de Puerto Madryn. Hasta ese punto llegaban mercaderías de todo tipo procedentes del Valle o de Buenos Aires que luego serían trasladadas en grandes carros que con sus tropas las conducían a las distintas poblaciones o establecimientos ganaderos del interior de la Provincia; a su vez al regreso traían cueros, lanas, leña y otros productos que eran embarcados en vagones y despachados para el Valle o el puerto.

Eran varios los dueños de este tipo de transporte tirados por mulas, los últimos que recuerdo y que he tenido la oportunidad de tratar y convivir con ellos durante mis relevos en aquella estación de punta de rieles. Don Angelino Agüero, Don Beas y Gaete. Ya en los últimos años del ferrocarril habían sido desplazados por el camión y la actividad que desarrollaban era el transporte de leña que luego se despachaba para el Valle o Puerto Madryn.
Estos carreros generalmente eran acompañados por un marucho; eran todas personas mayores, bien criollas, de hablar pausado, acostumbrados al rudo trabajo de luchar con los animales, las inclemencias del tiempo, vientos, nevadas, lluvias y heladas. Cargados de viejas historias eran bonachones dispuestos a tender una mano como buenos criollos.
“MANDO YO” DIJO GAETE
Cuando al regreso de las travesías que duraban quince, veinte o más días de masticar broncas y arena patagónica, al llegar al pueblito era el boliche la clínica para componer la reseca garganta fruto de largos días de pisar heladas o de transitar bajo el sol de diciembre por esos polvorientos senderos chubutanos.
“Mando yo” sabía decirle Don Gaete al bolichero invitando la copa a los presentes que nos encontrábamos en el lugar; invitación u orden, que no debíamos dejar de aceptar pues sería para él una ofensa. Además, era algo que hacía con sumo placer y mayor afecto.
Hoy ha quedado en el recuerdo de los viejos pobladores de esa zona, pe- ro todavía alguna que otra vez se escucha el “Mando yo, dijo Gaete”. La estampa de Don Angelino me hacía pensar en Martín Fierro o Santos Vega, de andar cansino y rengo, de bombachas y botas, cuchillo en cintura, pañuelo al cuello y sombrero, rostro tostado por mil vientos y soles de hablar pausado, respetado y muy respetuoso para con todos.
Texto de “Los Ferroviarios que Perdimos el Tren”
