viernes, 3 de abril de 2026

El prefecto romano, protegido por sus tropas auxiliares y observado por una tensa multitud, celebró el juicio en el Praetorium, la plataforma elevada en el exterior de la ciudadela de Herodes, el cuartel general de los romanos cerca de la actual Puerta de Jaffa. Pilato era un rigorista agresivo y carente de tacto que se sentía fuera de lugar en Judea y cuyos notorios <<corrupción, violencia y rapiña, abusos, incesantes ejecuciones y ferocidad salvaje» le habían hecho acreedor del odio de los jerosolimitanos. Incluso uno de los príncipes herodianos lo calificaba de «vengativo y con un carácter furioso».

Ya había provocado la indignación de los judíos cuando ordenó a sus tropas que desfilaran por Jerusalén luciendo la imagen del emperador en sus escudos. Herodes Antipas encabezó varias delegaciones en las que solicitó su retirada. Siempre «inflexible y cruel», Pilato se negó y cuando más judíos protestaron, lanzó contra ellos a su guardia, pero los delegados se echaron en tierra y dejaron su cuello al descubierto. Pilato retiró entonces las imágenes ofensivas. En un pasado mucho más reciente, había matado a los rebeldes galileos «cuya sangre Pilato había mezclado con sus sacrificios».3

<<¿Eres tú el rey de los judíos?», le preguntó Pilato. Al fin y al cabo, los seguidores de Jesús lo habían aclamado como rey a su entrada en Jerusalén. Jesús respondió: «Tú lo dices», y se negó a añadir nada más. Pilato, no obstante, al saber que era galileo, «y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes», le envió a su prisionero a Herodes Antipas, una cortesía hacia el gobernante de Galilea que sentía un interés especial por Jesús. La distancia hasta el palacio de Antipas era un corto recorrido a pie. Herodes Antipas, que llevaba tiempo deseando conocer al sucesor de Juan el Bautista, afirma Lucas, «se alegró mucho al ver a Jesús y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia», pero Jesús despreciaba tanto al «zorro» asesino de Juan que ni siquiera se dignó dirigirle la palabra.

Antipas jugó con Jesús: le pidió que hiciera alguno de sus trucos, le regaló un manto regio y le llamó «rey». Aunque no era demasiado probable que el tetrarca tuviera la intención de intentar salvar al sucesor de Juan el Bautista, agradecía tener la oportunidad de interrogarle. Hacía tiempo que Pilato y Antipas eran enemigos, sin embargo, ahora «se hicieron amigos». Ahora bien, Jesús era un problema de los romanos y Herodes Antipas lo envió de regreso al Praetorium, donde Pilato juzgó a Jesús, a dos presuntos ladrones y a Barrabás, quien, dice Marcos, había sido «arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición». Lo que parece indicar que un grupo de rebeldes, entre los cuales se encontraban tal vez los dos «ladrones», estaban siendo juzgados al mismo tiempo que Jesús.

Pilato jugó con la liberación de uno de estos prisioneros. Entre la muchedumbre, había quien pedía la liberación de Barrabás. Según los evangelios, Barrabás fue liberado, aunque la historia parece poco probable: los romanos solían ejecutar a los rebeldes asesinos. Según Mateo, Jesús fue condenado a la crucifixión mientras «Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: “Yo soy inocente de esta sangre”».

<<<Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos», respondió la multitud.

El violento y obstinado Pilato no era alguien que vacilara o escurriera el bulto, ni nunca antes había sentido la necesidad de lavarse las manos antes de hacer correr la sangre. En una disputa anterior con los judíos, había enviado a sus tropas disfrazadas a la calle a mezclarse con la pacífica muchedumbre de Jerusalén y, a una señal de Pilato, habían desenvainado sus espadas y limpiado las calles, matando a muchos ciudadanos. Ahora estaba claro que Pilato, que ya se había enfrentado a la rebelión de Barrabás aquella misma semana, temía un resurgimiento de los <<reyes» y «pseudoprofetas» que habían plagado Judea desde la muerte de Herodes. El estilo indirecto de Jesús sin duda era incendiario, y era evidente que gozaba de una gran popularidad. Muchos años más tarde, hasta Josefo, él mismo un fariseo, describiría a Jesús como un sabio maestro.

La tradicional crónica de la sentencia, por lo tanto, no parece cierta. Los evangelios afirman que los sacerdotes insistieron en que ellos no tenían la autoridad de dictar sentencias de muerte, pero que eso sea cierto dista mucho de haber quedado claro. El sumo sacerdote, escribe Josefo, <<judicará en casos de disputa, y castigará a los convictos de algún crimen». Los evangelios, escritos o revisados después de la destrucción del Templo en el año 70, y ansiosos por demostrar su lealtad al imperio, culpan a los judíos y exculpan a los romanos. Aun así, los cargos contra Jesús, y el propio castigo, explican su propia historia: se trató de una operación de los romanos.

Jesús, igual que se hacía con la mayoría de las víctimas de crucifixión, fue flagelado con un látigo de cuero cuyos extremos estaban rematados con piezas metálicas o de hueso, un suplicio tan salvaje que solía matar a la víctima. El día 14 de Nisan, viernes 3 de abril, del año 33, Jesús, a quien los soldados romanos, muchos de ellos tropas auxiliares grecosirias, le habían colgado un cartel en el que se leía «rey de los judíos», y sangrando profusamente después de su flagelación, salió de la prisión de la ciudadela junto a las dos otras víctimas, llevando a cuestas el patibulum, el travesaño, para su propia crucifixión, y cruzó las calles de la zona alta de la ciudad. Sus seguidores convencieron a un cierto Simón de Cirene de que le ayudara a cargar con el travesaño mientras sus admiradoras se lamentaban. «¡Hijas de Jerusalén!», les dijo, «no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos>> porque «se acerca el tiempo».

 

Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore

 

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