La relación entre los dos países vuelve a estar marcada por las riquezas energéticas del país caribeño.

Los bombardeos ordenados por Donald Trump sobre Caracas y la captura de Nicolás Maduro han marcado un giro en la historia contemporánea de Venezuela, signada por su riqueza petrolera y su relación —a veces simbiótica y muchas otras, tirante— con Estados Unidos. Con el crudo en el centro de la narrativa, Trump ha prometido reflotar la paupérrima industria de los hidrocarburos, apalancando inversiones millonarias desde su país y abriendo un nuevo frente en la batalla política en Venezuela, que a partir de ahora entra a una etapa sin precedentes.
Fiel a su estilo transaccional, Trump ha dicho que los costos originados por la operación militar contra Maduro y su esposa, Cilia Flores, serán saldados con el dinero de las vastas reservas petroleras del país sudamericano, cifradas en un 17% del total mundial, según datos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Trump advirtió que controlarán el país hasta lograr una transición ordenada, mientras trazó planes de recuperación económica con las materias primas venezolanas.
En la rueda de prensa desde su residencia de Mar-a-Lago sobre el ataque, Trump dijo que está en sus planes que “las grandes compañías petroleras estadounidenses —las más grandes del mundo— inviertan miles de millones de dólares para reparar la infraestructura petrolera” venezolana.
“El petróleo es la variable individual más poderosa que ha arrastrado a Venezuela a círculos virtuosos o viciosos”, dice desde Caracas José Manuel Puentes, economista y profesor titular del IESA y docente asociado de la escuela de negocios IE en Madrid. “Y todavía, a pesar de que sabemos que en el mediano plazo habrá un perfecto sustituto, el petróleo sigue generando un potencial extraordinario. Arabia Saudita está volando a 20.000 pies de altura con los 10 millones de barriles que está produciendo, mientras Venezuela tiene más reservas que Arabia Saudita. La reactivación de la producción, por supuesto, con la ayuda de capitales extranjeros y las empresas internacionales como Chevron, Repsol, Shell o BPpodría ser el gran motor de arrastre de la economía venezolana”, agrega.

Chevrón es la única empresa estadounidense con licencia para operar en el país, que también es objeto de complejas sanciones que le impiden negociar crudo y derivados en el mercado internacional.
Puentes recuerda que desde el inicio de los más de cien años de historia petrolera venezolana, Estados Unidos ha jugado un papel estelar. La mayor parte de esa tradición ha sido en la forma de aliados estratégicos. Cuando Venezuela se convirtió en productor industrial de crudo en 1914, Estados Unidos escaló paulatinamente como su principal socio comercial y comprador. Inició con una primera incursión de la Standard Oil Company, el conglomerado de los Rockefeller en la costa occidental de Maracaibo, y se convirtió más tarde en proveedor de combustibles de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. La nacionalización de la industria en 1974, los contratos y las leyes siempre consideraron ampliamente las posiciones e intereses de las empresas estadounidenses, que también llevaron tecnología y su manera de conducir el negocio.
Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, Venezuela exportaba casi 3,2 millones de barriles diarios de petróleo (bdp). Gran parte de ellos iba hacia el norte, particularmente hacia refinerías en el Golfo de México, en Texas y Luisiana, adecuadas para recibir y procesar crudos pesados como el venezolano. Una serie de cambios legales iniciados por Chávez en 2007, para que el Estado se hiciese con el control mayoritario de los proyectos productivos y sus regalías, desencadenó litigios internacionales, encabezados por ConocoPhillips y ExxonMobil, que aún esperan ser indemnizados por la pérdida de sus inversiones iniciales.
Chávez, y luego su sucesor Maduro, han utilizado estos episodios contenciosos como una bandera para posicionarse en la batalla histórica por el crudo venezolano. Aunque la corrupción y los pobres manejos de las instalaciones por parte de la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) han tenido mucho que ver con el colapso del bombeo y la economía local, altamente dependiente del oro negro.
Crisis económica
El Producto Interno Bruto (PIB) del país sudamericano se ha reducido de manera impresionante en las últimas dos décadas. Solo entre 2014 y 2020, sufrió siete años de contracción consecutivos, unidos a cinco años de hiperinflación entre 2017 y 2021, dejando al país con un PIB comparable al de República Dominicana. Aun así, “Venezuela sigue siendo muy atractiva, porque nadie tiene más petróleo”, dice Puentes. “Claro que tiene que generar un contexto político y económico estable, respeto a las instituciones, a las reglas de juego y de las concesiones. Si se da un cambio político, eso puede ocurrir”, agrega el economista. “Me reúno sistemáticamente con diferentes empresas petroleras internacionales y se les hace agua la boca con el petróleo venezolano”, dice.
No obstante, a pesar de los 300.000 millones de barriles de reservas con los que cuenta el país, hay expertos más cautos que destacan que la tan ansiada recuperación financiera no será fácil o inmediata. La mayoría de ese crudo es extrapesado, difícil de extraer y más costoso de procesar. Además, mientras millones de venezolanos se paralizaron el sábado para presenciar lo que para muchos era imposible —un Maduro esposado llegando a Nueva York, donde enfrentará cargos por narcotráfico— todavía no hay nada claro sobre quién ejerce el verdadero poder político, económico y militar en el territorio. Si bien Trump dijo que sus fuerzas de seguridad están listas para una segunda intervención militar, la cúpula chavista en Caracas seguía reconociendo a Maduro como su líder.

Para muchos monodependencia y letargo productivo de Venezuela empezó a agravarse en 2002, cuando enfrentado por un paro en la industria petrolera que limitó su gobernabilidad, Chávez despidió de la mitad de la nómina de PDVSA y reestructuró la relación entre el Estado y los privados. Transfirió así a PDVSA el control de control campos de extracción, refinerías e instalaciones de despacho.
Para José Ignacio Hernández, líder de Mercados de Deuda Pública de la firma Aurora Macro Strategies en Boston, “debido a las políticas arbitrarias que se implementaron en Venezuela desde 2002, la industria petrolera está destruida”. “Muestra de ello es que se está produciendo menos de un tercio de lo que se producía cuando Chávez fue electo en 1998. Para recuperar esa industria hacen falta varias condiciones: uno, decenas de miles de millones de dólares en inversiones de capital. Hay quienes estiman 100.000 millones de dólares en los próximos años. Dos: estabilidad política. Y tres: Estado de derecho, garantías a los derechos de propiedad para atraer las inversiones internacionales. Incluso con Nicolás Maduro fuera del poder, ninguna de esas condiciones se cumple”, agrega quien también cumplió un rol dentro del Gobierno interino del opositor Juan Guaidó.
“Del otro lado, hay que matizar esa frase tan repetida a estas horas, que dice que ´Venezuela es el país con las mayores reservas del mundo´. Esas reservas no están certificadas y Venezuela ha dejado de invertir desde hace mucho tiempo en exploración. Sacar el petróleo que está en el subsuelo va a tomar tiempo”, zanjó.
Para los críticos de Trump —en casa y en el mundo—, se mantiene la preocupación sobre si la transición ordenada de la cual habla el mandatario incluye garantías y beneficios para la soberanía energética de Venezuela y sus habitantes, empobrecidos y víctimas de una de las mayores olas migratorias que ha azotado el mundo.
“Todavía hay muchos escenarios por revisar. Podemos ver la historia de Venezuela y reconocer que aun antes de Maduro y Hugo Chávez, Venezuela era un país rico, pero donde no se redistribuyó esa riqueza de manera equitativa”, agrega Puentes. “En los años setenta y ochenta se construyeron los barrios, los cerros, los desposeídos, los excluidos y eso lo generó un modelo de desarrollo equivocado que generó una Venezuela Saudita, una clase media poderosísima, que hacía mercado en Miami los fines de semana, pero con grandes mayorías que quedaron marginadas. Ojalá que hayamos aprendido la lección, que conforme convirtamos ese barro negro en riqueza, lo redistribuyamos de manera equitativa”, concluye Puentes.
Fuente: El País
