
Los persas, con la caballería pesada al frente, sus mejores catafractos envueltos en cotas de malla, conquistaron el Iraq romano y, a continuación, se abatieron sobre Siria. Los judíos de Antioquía, víctimas durante largo tiempo de la persecución de los bizantinos, se rebelaron y cuando el brillante comandante persa, que llevaba el magnífico nombre de Shahrbaraz (Jabalí Real), se dirigió hacia el sur, veinte mil judíos de Antioquía y Tiberíades se unieron a él para poner asedio a Jerusalén. En el interior de la ciudad, el patriarca Zacarías intentó negociar, pero los matones de las carreras de carros gobernaban las calles y se negaron a ello. De algún modo, los persas y los judíos lograron forzar su entrada en la ciudad.
Jerusalén y prácticamente todo el este romano pertenecían ahora al joven rey de reyes persa, el Sah-in-Sah Cosroes II, cuyo nuevo imperio se extendía desde Afganistán hasta el Mediterráneo. Este sah era el nieto del más grande de los monarcas sasánidas, aquel que había incendiado Antioquía durante el reinado de Justiniano. Su infancia, sin embargo, había transcurrido de forma humillante como el peón impotente de familias nobles rivales, y, al crecer, se había convertido en un megalómano paranoico que imponía su poder con un extravagante gigantismo: su enseña de piel de tigre medía cuarenta metros de largo y seis de ancho; recibía en audiencia sobre el Manantial del Rey, una alfombra de brocado y tejida en oro de 93 metros cuadrados, que representaba un imaginario jardín palaciego; su shabestan, las frescas habitaciones subterráneas en las que los sahs alojaban a sus mujeres, contenía tres mil concubinas; y es posible que fuera él quien construyera el colosal palacio de su capital Ctesifonte (cercana al Bagdad actual), que tenía la mayor sala de audiencias del mundo. Cabalgaba sobre su caballo negro, Medianoche, vestido de túnicas tejidas en oro e incrustadas de joyas, y lucía una armadura con los bordes de oro.
El sah, entre cuyos políglotas súbditos se encontraban muchos judíos y cristianos, seguía la fe de Zoroastro, pero se había casado con una encantadora cristiana nestoriana, Shirin, a quien había ganado, según cuenta la leyenda, enviando a su rival a llevar a cabo la imposible tarea de tallar escaleras en las montañas de Behustán.
Una vez tomada Jerusalén, el general del sah, el Jabalí Real, se dispuso a conquistar Egipto, pero tan pronto se hubo marchado, los jerosolimitanos se rebelaron contra los persas y los judíos. El Jabalí Real regresó a galope tendido y puso un asedio a Jerusalén que se prolongó veinte días, destruyendo las iglesias en el monte de los Olivos y en Getsemaní. Los persas y los judíos cavaron bajo la muralla nororiental, siempre el lugar más vulnerable, y en el vigesimoprimer día, a primeros de mayo del año 614, se lanzaron al asalto contra Jerusalén, «con gran furia, como animales salvajes enfurecidos», según el monje Estratego, testigo del ataque. <<La gente se refugiaba en las iglesias, y allí, rechinándoles los dientes, los destruyeron con gran odio, y mataron a todo aquel que encontraron, igual que perros rabiosos.>>>
Miles de cristianos murieron víctimas de la masacre en tres días. El patriarca y 37.000 cristianos fueron deportados a Persia. Los supervivientes que observaban Jerusalén desde el monte de los Olivos vieron una llama que parecía surgida de la forja de un herrero, alcanzar las nubes, y cayeron al suelo sollozando y lamentándose» y se cubrieron el cabello de ceniza al ver la iglesia del Santo Sepulcro, la Nea, la Madre de todas las iglesias en el monte Sión y la catedral armenia de Santiago consumirse en aquel infierno. Las reliquias cristianas, la Lanza, la Esponja y la Vera Cruz, fueron enviadas a Cosroes, quien se las entregó a su reina Shirin que las conservó en su iglesia de Ctesifonte.
Entonces, seiscientos años después de la destrucción del templo a manos de Tito, el Jabalí Real les entregó Jerusalén a los judíos,
Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore
