sábado, 14 de marzo de 2026

Si Calfucura era el “Napoleón de las pampas”, Juan Mañilwenu fue el “Gengis Kan de Arauco”. Ambos, por cierto, se conocían. Y no solo se respetaban: también estaban emparentados. No por casualidad José Santos Kilapán, hijo y heredero del legendario jefe guluche, viajó a formarse junto a Calfucura y sus guerreros en la inmensidad de las pampas trasandinas. Allí juntos cabalgaron. Durante años.

El propio Mañilwenu, tras apoyar a los realistas españoles en la llamada Guerra a Muerte, había cruzado los Andes junto a un puñado de weichafe participando de malones en las cercanías de Mendoza, ganando mucha fama entre los jefes pampas, rankülche y puelche que lo recibieron.

Mañilwenu, llamado erróneamente Mañil Bueno por los historiadores chilenos del siglo XIX, habría nacido alrededor de 1770. Se estima que vivió al menos una década en Puelmapu, regresando a su natal Adencul a la edad de cuarenta años.

Allí se instaló con sus mujeres y guerreros, en las planicies del lado sur del bello cerro del mismo nombre, en las cercanías de la actual ciudad de Traiguén.

Juan Mañilwenu fue el cacique más renombrado de la Araucanía en los últimos tiempos. Su padre se llamaba Kalfukeo y su madre Kilaweke. Al principio no fue cacique, llegó a serlo por su valor. A los veinte años juntó una partida de bravos arribanos y pasó a la Argentina. Llegó a la nación de los rankülche donde se le juntó más gente. Dieron todos un buen malón cerca de Mendoza y Mañilwenu tuvo fama desde entonces.

Cuentan los antiguos que cuando Mañilwenu regresó de Puelmapu traía “mujeres, animales y herrajes de plata”, los tres principales símbolos de poder y riqueza en la sociedad mapuche. “Todos lo respetaban por su coraje y destreza para la pelea. Lo buscaban a ser el wunen lonko o cacique para los malones”, relatan. Así llegó principal de la tribu de los wenteche o arribanos.

Pero Mañilwenu no solo era un guerrero excepcional. También, como relatan los cronistas, un sabio líder capaz de escuchar al resto de su gente y maniobrar siempre con inteligencia y templanza. Así lo consigna Edmund Reuel Smith, el joven gringo que el año 1853 se internó a explorar el Wallmapu y cuya historia conocimos en el capítulo dos. Cuenta Smith al respecto: Mañil tenía el aire de quien tiene inflexible voluntad y costumbre de mandar. Su voz era fuerte sin ser áspera, hablaba reflexivamente, pensando bien sus palabras. También escuchaba con atención, como conviene a la persona elegida por su talento para presidir los destinos de una nación.

No mandaba con imperio. A nadie le negaba el habla. Entre los mapuches estaba prohibido que el yerno hablara a la suegra; cuando la veía, la evitaba como una vaca brava. Lo mismo sucedía entre el suegro y su nuera; no se podían hablar. Sin embargo, Mañil hablaba con las mujeres de sus hijos. A otro le habrían criticado; a él no le decían nada.

Bernabé Chacón, militar y escritor chileno que participó de campañas en el litoral de Arauco junto al coronel Mauricio Barbosa, ello tras el levantamiento de 1859, también describe a Mañilwenu. Lo hace en una serie de artículos, algunos de ellos de gran calidad literaria, publicados entre 1861 y 1863 en la Revista de Sud-América de Valparaíso. Chacón, un intelectual en las filas del ejército, formaba parte del comité editorial de la revista.

Cuenta que se topó personalmente en 1843 con el célebre toqui cuando este, junto al cacique Mariñanco, lideró una junta de lonkos en las ruinas de la ciudad española de Cañete. En aquel Füta Trawün se debatía la conveniencia o no del retorno de las misiones religiosas al sector de Tucapel. Así lo describe.

Era Mañil un anciano de venerable aspecto. Los cabellos blancos de este noble viejo caían sobre sus hombros dando a su fisonomía rugosa por los años, un aspecto respetable y simpático. Era el cacique hombre de costumbres austeras, hábil consejero, de grande autoridad y el más poderoso de todo el territorio. A una sola indicación de hostilidad que contra los españoles hiciera este cacique, toda la tierra tomaría las armas y se creería invencible con él a su cabeza (Villalobos, 2013:97-98).

Mañilwenu, a diferencia de otros, no miraba con malos ojos el arribo de religiosos. En su memoria estaban las misiones españolas, con las cuales se relacionó antes de la independencia de Chile y donde se educaron muchos hijos de lonkos. Allí aprendieron hablar y leer el castellano, así como las ciencias básicas del kimūn winka (conocimiento), todas nuevas habilidades y herramientas que el toqui jamás despreció.

Tampoco olvidaba Mañilwenu el apoyo de la Iglesia a la autonomía del territorio mapuche. Recordemos que en la guerra de independencia tanto Mañilwenu como otros lonkos, entre ellos el poderoso Mariluan de Malleco, pelearon del lado del rey de España.

Era de toda lógica; así lo exigían los numerosos tratados firmados con la Corona. Asistencia militar recíproca en caso de agresión externa. Así lo llamó hasta nuestros días el derecho internacional. Lo registra también el libro de Manquilef y Guevara:

Llegada la guerra del rey con los chilenos Mañil se puso del lado del rey. Tenía amistad con los lenguaraces, los comisarios y los padres. Todos le decían: “el rey es mejor, es rico y tiene muchas tierras. Los chilenos en cambio son pobres, te robarán las tuyas”. Comenzó a pelear aliado con los soldados del rey. Prepara tus konas, le decían, habrá buenos malones. Acompañaba a los comandantes del rey en las correrías y batallas. Estuvo en Nacimiento, Los Ángeles, Concepción y Chillán. Los arribanos recogían como botín armas, prendas, animales y mil cosas más. La fama de Mañil subió muy arriba.

Pero los españoles, a la larga, fueron derrotados por los chilenos. Tras la última fase de la guerra de emancipación chilena (1819-1832), muchos de ellos se escondieron en las selvas al sur del Biobío, en las tierras de Mañilwenu, Mariluan y otros poderosos caciques aliados de la causa realista.

Instaurada la Confederación de Calfucura en Salinas Grandes (1834-1873), Mañilwenu no dudó en sumarse desde las tierras de Adencul. Tras las victorias chileno-argentinas sobre los españoles, el escenario político había cambiado radicalmente. Se requería tejer nuevas alianzas. Y en Puelmapu había hombres, lanzas y también mucha riqueza disponible.

 

Fragmento del libro “Historia secreta Mapuche”, de Pedro Cayuqueo

 

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