domingo, 12 de abril de 2026

La presencia de araucanos en la Patagonia norte se produjo en diferentes momentos del siglo XIX. Al respecto, Martha Bechis afirma que la misma se debe a la diáspora de algunos grupos de la Araucanía a partir de las últimas décadas del siglo XVII y que se incrementa considerablemente en el siglo XIX, lo que inevitablemente provocó un proceso de sincretismo cultural con otras etnias ubicadas al Este de la cordillera, muy especialmente con los Tehuelches o Günuna Küne. De este intercambio de tradiciones culturales entre grupos indígenas que habitaban disímiles ambientes ecológicos -especialmente las costumbres vinculadas a los modos de producción -, estos últimos no pudieron adoptar, por ejemplo, la producción agrícola. La razón es sencilla: el área tehuelche era mucho menos propicia para esa actividad con recursos tecnológicos tan escasos. En cambio, los araucanos adoptaron el modo de producción tehuelche consistente en la caza, recolección y ganadería extensiva.

Ahora bien, este abandono progresivo de la Araucanía sirvió, entre otras cosas, para aliviar la presión poblacional sobre esa área, como también para darle mayor cohesión a cada parcialidad chilena, pues estaban emigrando los disidentes al gobierno patrio. Otra ventaja -al menos inicial para esa zona-, fue la aparición de nuevas rutas comerciales hacia el Este que llegaron a Carmen de Patagones y Bahía Blanca, y que trajo como consecuencia el incremento de la industria artesanal araucana. Veamos a continuación cómo fue la secuencia de esos movimientos migratorios:

Primera oleada de araucanos

Los pehuenches, como consecuencia de la proximidad con estos araucanos, fueron los primeros en recibir esa primera oleada migrante iniciada por razones comerciales, pues los araucanos necesitaban caballos y éstos podían procurárselos de la zona pampeana, para ser canjeados luego por mantas tejidas. Es desde ese centro de irradiación que se inicia el proceso de araucanización.

En 1658, de acuerdo a un proceso criminal ocurrido en Mendoza, se pudo saber que tanto los puelches como los pehuenches, todavía mantenían su lengua particular y no entendían el araucano o mapudungun. No obstante, las influencias de la lengua ya estaban apareciendo, especialmente en los nombres propios de algún cacique. Cien años después, es decir en 1750 y de acuerdo al testimonio del jesuita Bernardo Havestadt que había recorrido la región en un intento por llegar a Mendoza desde Neuquén, relató que dentro de los puelches, sólo los ancianos hablaban su lengua, pero el resto ya hablaba araucano o mapudungun. Para Canals Frau, es a partir de ese momento que los puelches desaparecen como entidad étnica y se diluyen completamente en los ya araucanizados pehuenches.

Segunda oleada de araucanos

La siguiente oleada, o migración importante, esta vez araucano-pehuenche, fue hacia el Este. Martha Bechis dice que “ya para 1708 en un consejo de caciques que tuvo lugar cerca de lo que es hoy Villa Mercedes, en el centro-oeste de la actual provincia de San Luis, algunos jefes indios aún no araucanizados habían llevado a la junta a indios aucas o indios de guerra de Chile. En ese periodo, los araucanos del este de los Andes eran conocidos como “aucas” o “alzados”. Es importante señalar aquí que el lugar de reunión estaba a unos pocos kilómetros de la ruta de comunicación y comercio entre Santiago y Buenos Aires. Esta ruta sufrió constantes ataque indios hasta principios del siglo XIX…”

Tercera oleada de araucanos: Tehuelches desplazados al sur. Las batallas de Languiñeo, Barracas Blancas, Shótel Naike y la de Choele Choel.

La tercera entrada u ola de expansión sobre lo que hoy es territorio argentino, tuvo dirección Sudeste, es decir hacia las actuales provincias de Neuquén, Río Negro y Noroeste de Chubut.

A diferencia de las anteriores, este movimiento migratorio araucano encontró una importante resistencia dentro de los grupos Tehuelches entre mediados y finales del siglo XVIII que terminó en conflictos armados. Al respecto, Musters toma conocimiento y narra que se había producido una batalla entre araucanos-manzaneros y Tehuelches a principios del siglo XIX en el suroeste de la actual provincia de Chubut. En realidad, fueron varias batallas en la que los Tehuelches procuraron defender de la invasión araucana sus espacios vitales, como fueron las de Languiñeo (también Longuiñeo), Barrancas Blancas, Shótel Naike (también Káike) y la del vado de Choele Choel.

En este último combate, de acuerdo al informe que le hace llegar el comandante de Carmen de Patagones, Don Calixto Oyuela al gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez, los Arribanos, que estaban apoyados por milicias chilenas que portaban armas de fuego y hasta un pequeño cañón, lograron derrotar a unos 1.800 guerreros Tehuelches. Allí murieron también dos de sus caciques: Ojo Lindo y Anapilco.

A partir de ese momento (año 1821), y dentro de un proceso irreversible los Tehuelches derrotados debieron abandonar gran parte de su territorio original que abarcaba las tierras entre los ríos Negro y Colorado y la actual provincia de La Pampa, para radicar sus toldos al sur del río Negro y parte de la provincia de Buenos Aires. Tal como afirma Martínez Sarasola, hace doscientos años, en la batalla de Languiñeo comenzaron a morir para siempre los Tehuelches. Primero fueron los araucanos quienes, en función de su “voluntad de poder”, los dominaron y culturizaron y luego, dentro del proceso que estamos analizando, también fueron víctimas del blanco.

Estos hechos de violencia parecen haber dejado un prolongado resentimiento en algunos caciques Tehuelches que llegó hasta más allá de la mitad del siglo XIX. Así lo demuestra el cacique Antonio, quien en una carta que dirigiese al líder de la Colonia Galesa el 8 de diciembre de 1865, además de tratar otros asuntos como por ejemplo aclararle quiénes eran los que habitaban la Patagonia desde el río Colorado hasta Tierra del Fuego, o cómo debían proceder si les interesaba a los galeses instalarse en sus dominios, les advierte sobre las características particulares de los “indios chilenos”, sobre quienes aprovecha la oportunidad para estigmatizarlos como ladrones.

 

Fragmento del libro “Sobre la ocupación del norte patagónico”, de Miguel Contissa

 

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