
Herodes hizo demoler el segundo Templo y construyó en su lugar una de las maravillas del mundo. Los judíos temían que, tras destruir el antiguo Templo, nunca terminara el nuevo, así que el rey convocó una reunión de ciudadanos para convencerles, y preparó de antemano todos y cada uno de los detalles. Mil sacerdotes fueron formados como constructores. Se talaron bosques de cedros del Líbano, cuyos troncos fueron transportados en balsas a lo largo de la costa. En las canteras cercanas a Jerusalén, se marcaron y cortaron los grandes sillares de reluciente piedra caliza amarilla, casi blanca, unas gigantescas piedras que se cargaron en mil vagones. En los túneles a lo largo del monte del Templo, hay una piedra de casi trece metros de longitud que pesa quinientas toneladas. * Ningún es- cándalo, ningún martillazo había contaminado el Templo de Salomón, así que Herodes se aseguró de que todo llegara preparado de otro lugar y pudiera colocarse en su sitio en silencio. El Santo de los santos quedó acabado en dos años, pero el complejo en su totalidad no quedaría acabado hasta pasados ochenta años.
Herodes cavó hasta encontrar la piedra fundacional y construyó a partir de ahí, por lo tanto, lo más probable es que destruyera los restos de los templos de Salomón y de Zorobabel. Aunque limitado en el este por el escarpado valle de Kidron, amplió la explanada del monte del Templo hacia el sur rellenando el espacio con una subestructura sostenida por 88 pilares y doce arcos abovedados, ahora llamados establos de Salomón, para crear una plataforma de más de doce mil metros cuadrados de superficie, el doble de la del foro romano. En la actualidad, es fácil observar la junta en la muralla oriental, visible a treinta metros desde el rincón suroccidental de la ciudad, con los sillares de Herodes a la izquierda y las piedras macabeas, más pequeñas, a la derecha.
El tamaño de los patios del Templo iba disminuyendo a medida que se acercaban a una mayor santidad. Tanto gentiles como judíos podían entrar en el inmenso patio de los gentiles, pero un muro rodeaba el patio de las mujeres, con esta inscripción de advertencia:
¡EXTRANJERO! NO CRUCES ESTA VERJA Y NO ENTRES EN ESTE RECINTO.
AQUEL QUE SEA CAPTURADO TAN SÓLO PODRÁ CULPAR- SE A SÍ MISMO DE LA MUERTE QUE SEGUIRÁ.
Cincuenta escalones conducían a una puerta que se abría al patio de Israel, accesible a cualquier varón judío y que llevaba al exclusivo patio de los Sacerdotes. Dentro se alzaba el santuario, el Hekhal, en cuyo interior se encontraba el Santo de los santos, que descansaba sobre la roca en la que, según la tradición, Abraham había estado a punto de sacrificar a su hijo Isaac, y donde David había construido su altar. En aquel lugar, los sacrificios se llevaban a cabo sobre el altar de los Holocaustos, orientado al patio de las mujeres y al monte de los Olivos.
Desde la fortaleza Antonia de Herodes, que velaba por el monte del Templo desde el norte, Herodes construyó su propio túnel secreto de acceso. Desde el sur, se llegaba al Templo por unas escaleras monumentales que cruzaban las puertas Doble y Triple y por pasos subterráneos decora- dos con palomas y flores y que llevaban a su interior. Por el oeste, un puente monumental, que también hacía las veces de acueducto transportando el agua hasta unas inmensas cisternas ocultas, cruzaba el valle y se internaba en el Templo. En su muralla oriental se alzaba la Puerta de Shushan, utilizada exclusivamente por el sumo sacerdote para dirigirse al monte de los Olivos a santificar la luna llena, o para sacrificar la víctima más rara y sagrada, la vaca roja sin ningún defecto ni imperfección.
Pórticos de columnas bordeaban los cuatro lados, el mayor de ellos, el Pórtico Real, una amplia basílica que dominaba toda la montaña. Alrededor de setenta mil personas vivían en la ciudad de Herodes, aunque con ocasión del gran festival, cientos de miles llegaron en peregrinación. Igual que cualquier otro ajetreado santuario, incluso en la actualidad, el Templo necesitaba un lugar de reunión para que los amigos pudieran encontrarse y en el que se pudieran organizar los rituales. Este lugar era el Pórtico Real. A su llegada, los visitantes podían realizar sus compras en la dinámica calle comercial que circulaba bajo los arcos monumentales a lo largo de las mu- rallas occidentales. Cuando llegaba el momento de visitar el Templo, los peregrinos tomaban su baño purificador en las numerosas piscinas rituales, los mikvahs, que se han encontrado alrededor de las entradas del sur, y antes de la hora de la oración, subían las monumentales escaleras que conducían al Pórtico Real desde donde podían admirar las vistas de la ciudad.
En el extremo sureste, las altas murallas y el acantilado del valle de Kidron creaban una cima cortada a pico, el Pináculo, el lugar en el que, según los evangelios, el diablo tentó a Jesús. En el extremo suroeste, frente a la próspera parte alta de la ciudad, los viernes por la noche los sacer- dotes anunciaban el inicio del Sabbat y de las celebraciones haciendo so- nar las trompetas, un sonido que sin duda resonaría por los desolados desfiladeros. Una piedra, arrojada al fondo por Tito en el año 70 d. C., proclama «el lugar del bramido de las trompetas».
El diseño del Templo, supervisado por el rey y por sus anónimos arquitectos (se ha encontrado un osario con la siguiente inscripción: «Simón, constructor del Templo»), indicaba una brillante comprensión del espacio y del sentido teatral. Deslumbrante e impresionante, el Templo de Herodes, además de provocar la veneración, estaba «todo cubierto por unas planchas de oro muy pesadas, y después de salido el sol relucía con un resplandor como de fuego», tan brillante que los visitantes se veían obligados a desviar la mirada. Al llegar a Jerusalén desde el monte de los Olivos, «se alzaba como una montaña cubierta de nieve». Ése fue el Templo que conoció Jesús y que Tito destruyó. La explanada de Herodes sobrevive en la actualidad como el Haram al-Sharif islámico, la Explanada de las Mezquitas, sostenida en tres de sus lados por los sillares de Herodes que todavía hoy siguen brillando, en especial en la muralla occidental, el Muro de las Lamentaciones tan reverenciado por los judíos.
Una vez terminados el Santuario y la explanada (se dijo que no llovía durante el día y así las obras no se retrasaron), Herodes, que al no ser sacerdote no podía acceder al Santo de los santos, celebró la ocasión sacrificando trescientos bueyes.5 Había alcanzado su apogeo, pero esta grandeza innegable iba a ser cuestionada por sus propios hijos cuando los crímenes del pasado regresaron para hostigar a los herederos del futuro.
Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore
