domingo, 5 de abril de 2026

José, la familia de Jesús, y algunos de sus seguidores, bajaron el cuerpo y enseguida encontraron una tumba sin utilizar en un jardín cercano donde lo colocaron. El cadáver fue embadurnado con costosas especias y envuelto en un sudario, igual que el sudario que data del siglo I encontrado en el Campo de Sangre, en una tumba algo al sur de las murallas de la ciudad y que todavía tenía adheridos mechones de cabello humano (a diferencia del famoso sudario de Turín, que, según una reciente datación, es de entre 1260 y 1390). Es posible que la actual iglesia del Santo Sepulcro que alberga tanto el lugar de la crucifixión como la tumba, sea el lugar genuino, puesto que los cristianos de la zona mantuvieron la tradición viva a lo largo de los siguientes tres siglos. A petición de Caifás, Pilato apostó guardias alrededor de la tumba de Jesús, «no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ¡Ha resucitado!».

Hasta este momento, la historia de la Pasión de Jesús, del griego pateor, sufrir, se basa en nuestra única fuente, los evangelios, pero no hace falta tener fe para creer en la vida y la muerte de un profeta y taumaturgo judío. No obstante, Lucas explica que tres días después de su crucifixión, el domingo por la mañana, algunas mujeres, familiares y seguidoras (entre ellas su madre y Juana, la esposa del mayordomo de Herodes Antipas) visitaron la tumba:

…encontraron apartada la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús … Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado».

Los aterrados discípulos permanecieron toda la semana de Pascua ocultos en el monte de los Olivos, pero Jesús se les apareció en varias ocasiones, a ellos y a su madre, y les dijo: «No temáis». Cuando Tomás dudó de la resurrección, Jesús le mostró las heridas en sus manos y en el costado. Transcurridos algunos días, los condujo hasta el monte de los Olivos, desde donde ascendió a los cielos. Esta resurrección, que convirtió una muerte sórdida en un triunfo transformador de la vida sobre la muerte, constituye el momento definitorio de la fe cristiana que se conmemora el Domingo de Pascua.

Para aquellos que no comparten esta fe, estos hechos son imposibles de verificar. Mateo revela lo que fue seguramente la versión contemporánea y alternativa de los acontecimientos, la que «se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy»: los sumos sacerdotes sobornaron de inmediato a los soldados que custodiaban la tumba y les ordenaron explicar a todo el mundo que «sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos».

Los arqueólogos tienden a creer que el cuerpo fue retirado sin más y enterrado por amigos y familiares en alguna otra tumba excavada en la roca en algún lugar cercano a Jerusalén. Han excavado tumbas que contenían osarios con nombres como «Santiago, hermano de Jesús», e incluso <<Jesús, hijo de José», hallazgos que han generado grandes titulares en los medios. Algunos de esos hallazgos han resultado ser un fraude, pero la mayoría son auténticas tumbas del siglo I con nombres judíos muy corrientes, y sin ninguna vinculación con Jesús.

Jerusalén celebró la Pascua. Judas invirtió su plata en propiedades inmobiliarias, el Campo de los Alfareros en Aceldama, al sur de la ciudad, en el muy apropiado valle del Infierno, donde entonces, «cayó de cabeza, y su cuerpo se abrió, dispersándose sus entrañas». Cuando los discípulos salieron de su escondrijo, se reunieron en el Cenáculo del monte Sión para celebrar Pentecostés, «de pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento», el Espíritu Santo, que les dio la facultad de hablar las lenguas de las muchas nacionalidades que había en Jerusalén y de llevar a cabo curaciones en el nombre de Jesús. Pedro y Juan cruzaban la Puerta Hermosa del Templo para acudir a sus oraciones diarias cuando un lisiado les pidió una limosna: «levántate y anda», le dijeron, y él se levantó y anduvo.

Los apóstoles eligieron al hermano de Jesús, «presbítero de Jerusalén», líder de estos judíos sectarios conocidos con el nombre de nazarenos. Al parecer, la secta creció porque, poco tiempo después de la muerte de Jesús, «se desencadenó una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén». Esteban, uno de los seguidores de Jesús que hablaba griego, había criticado el Templo, diciendo que «el Altísimo no habita en casas hechas por la mano del hombre». Demostrando que el sumo sacerdote sí podía ordenar la pena de muerte, Esteban fue juzgado por el Sanedrín y lapidado en el exterior de la muralla, posiblemente al norte de la actual Puerta de Damasco. Fue el primer «mártir» cristiano, una adaptación de la palabra griega que significa «testigo». Aun así, Santiago y sus nazarenos siguieron siendo judíos practicantes, leales a Jesús, pero también enseñando y predicando en el Templo durante los siguientes treinta años. Santiago era muy admirado allí como un hombre santo judío. Parece claro que el judaísmo de Jesús no era más idiosincrásico que el de muchos otros predicadores que le precedieron y que le sucedieron.

Los enemigos de Jesús no prosperaron. Poco tiempo después de su crucifixión, un pseudoprofeta samaritano, que afirmaba en sus prédicas ante masas excitadas que había descubierto la urna de Moisés en el monte Gerizim, fue la causa de la caída de Poncio Pilato. Pilato envió la caballería que mató a muchos de los seguidores del predicador. El prefecto ya había llevado antes a Jerusalén al borde de la revuelta; ahora, también los samaritanos denunciaron su brutalidad.

El gobernador de Siria se vio obligado a restaurar el orden en Jerusalén. Destituyó a Caifás, y también a Poncio Pilato, que fue enviado de regreso a Roma, donde desaparece de la historia. La decisión fue tan bien acogida que los jerosolimitanos recibieron con júbilo al gobernador romano. Tiberio, mientras tanto, se estaba empezando a cansar de Herodes Antipas, aunque eso no significaría el fin de la dinastía: la casa de Herodes estaba a punto de disfrutar de una extraordinaria rehabilitación gracias al más aventurero de los príncipes judíos que trabaría amistad con el demente emperador romano y recuperaría Jerusalén.

 

Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore

 

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