jueves, 2 de abril de 2026
La última cena – Leonardo Da Vinci

Después de una segunda noche en Betania, regresó al Templo a la mañana siguiente para debatir con sus críticos. Los evangelios citan a los fariseos como los enemigos de Jesús, aunque es posible que reflejen la situación de cuando fueron escritos, cincuenta años más tarde. Los fariseos eran la secta más flexible y populista, y algunas de sus enseñanzas podrían haber sido similares a las de Jesús, cuyos auténticos enemigos eran los miembros de la aristocracia del Templo. Los herodianos le preguntaron entonces sobre los tributos que había que pagar a Roma, a lo que Jesús replicó hábilmente: «Dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».

Con todo, él nunca dijo ser el Mesías, sino que insistía en la Shemá, la oración básica judía al único Dios, y en el amor al prójimo: era muy judío. Sin embargo, alertó a la agitada muchedumbre de la inminencia del Apocalipsis que, por supuesto, tendría lugar en Jerusalén: «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Pese a los diferentes puntos de vista de los judíos con respecto a la llegada del Mesías, la mayor parte de ellos coincidía en que Dios presidiría el final del mundo, al que seguiría la creación de una nueva Jerusalén: «Tocad en Sión la trompeta para señal de los santos», rezan los Salmos de Salomón, escritos poco después de la muerte de Jesús, <<proclamad en Jerusalén las palabras del gozoso mensajero, porque Dios se ha apiadado de Israel!». Y sus seguidores le preguntaron: «¿Cuándo sucederá esto y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?», a lo que Jesús respondió: «Estad prevenidos, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»; y a continuación pasó a explicar con todo detalle el Apocalipsis que venía: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. En muchas partes habrá hambre y terremotos» antes de poder ver «al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo, lleno de poder y de gloria». El inflamatorio gambito de Jesús alarmaría sin duda, y mucho, a los prefectos romanos y a los sumos sacerdotes quienes, advirtió, no debían esperar ninguna misericordia en los Últimos Días: «¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo podréis escapar a la condenación de la Gehena?».

La tensión siempre reinaba en Jerusalén durante la Pascua, pero aquel año las autoridades estaban más nerviosas que de costumbre. Marcos y Lucas afirman, en un par de versículos a los que no se suele prestar demasiada atención, que acababa de tener lugar una especie de rebelión galilea en Jerusalén, reprimida por Pilato, cuyos soldados habían matado a dieciocho galileos en los alrededores de la «torre de Siloé», al sur del Templo. Uno de los rebeldes supervivientes, Barrabás, que se cruzaría en el camino de Jesús un poco más tarde, «había cometido un homicidio durante la sedición». Los sumos sacerdotes decidieron que no querían correr el riesgo de otro galileo vaticinando una vez más su destrucción en un Apocalipsis inminente. Caifás y Anás, el influyente antiguo sumo sacerdote, debatieron sobre qué hacer. Sin duda era mejor, argumentó Caifás en el Evangelio de san Juan, «que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera». Hicieron sus planes.

Al día siguiente, en el Cenáculo, en la colina occidental de Jerusalén (más tarde conocido como monte Sión), Jesús se preparó para la Pascua. En el transcurso de la cena, Jesús, de algún modo, se enteró de que su apóstol Judas Iscariote le había traicionado por treinta monedas de plata, pese a lo cual no modificó sus planes de cruzar la ciudad a pie y caminar hasta los tranquilos olivares del jardín de Getsemaní, justo al otro lado del valle de Kidron desde el Templo. Judas se escabulló. No sabemos si traicionó a Jesús por principio, por ser demasiado radical, o no lo bastante, o por codicia y envidia.

Judas regresó con un pelotón de sacerdotes de alto rango, guardias del Templo y legionarios romanos. Jesús no era inmediatamente reconocible en la oscuridad, pero Judas lo traicionó identificándole con un beso, tras lo cual recibió su plata. En un caótico drama iluminado por la luz de las antorchas, los apóstoles desenvainaron sus espadas, Pedro le cortó la oreja a uno de los lacayos del sumo sacerdote y un niño anónimo corrió desnudo hasta la ciudad, un detalle tan excéntrico que casi parece verdadero. Jesús fue detenido y los apóstoles dispersados, salvo dos que lo siguieron a distancia.

Era ya casi la medianoche. Jesús, custodiado por soldados romanos, fue conducido alrededor de la muralla sur y por la Puerta de Siloé hasta el palacio de Anás, la éminence grise de la ciudad, en la parte alta de la ciudad. Anás controlaba Jerusalén y personificaba la rígida e incestuosa red de las familias del Templo. Él mismo, un antiguo sumo sacerdote, era el suegro del sumo sacerdote en activo, Caifás, y al menos cinco de sus hijos llegarían a ocupar también el sumo sacerdocio. Sin embargo, la mayoría de los judíos despreciaba a Anás y a Caifás, a quienes consideraban corruptos, colaboracionistas y unos matones, y cuyos sirvientes se lamentaban en un texto judío de que «nos azotan con bastones»; su justicia era un montaje corrupto con el que enriquecerse. Jesús, por su parte, había tocado un punto sensible y despertado emociones entre el pueblo, consiguiendo incluso admiradores en el seno del Sanedrín. Era necesario, pues, que el juicio de este predicador popular que no le tenía miedo a nada se llevara a cabo de manera rápida, durante la noche.

En algún momento después de la medianoche los guardias hicieron un fuego en el patio (y mientras Pedro, el discípulo de Jesús, negaba tres veces conocer a su maestro) y Anás y su yerno reunieron a los miembros del Sanedrín que les eran leales, pero no a todos, porque al menos uno de ellos, José de Arimatea, un admirador de Jesús, nunca aprobó su detención. Jesús fue interrogado por el sumo sacerdote: ¿había amenazado con destruir el Templo y reconstruirlo en tres días? ¿Afirmaba ser el Mesías? Jesús callaba, aunque al final reconoció que «veréis al Hijo del Hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo».

<<Ha blasfemado», dijo Caifás.

<<Merece la muerte», respondió la muchedumbre congregada pese a lo tardío de la hora. Le vendaron los ojos y Jesús pasó la noche en el patio soportando burlas e insultos hasta el amanecer, el momento de pasar a cosas más serias. Pilato esperaba.

 

Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore

 

 

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