
Pablo no era el único judío a la espera de ser juzgado por Nerón. Félix también había enviado a unos desgraciados sacerdotes del Templo que iban a ser juzgados por el emperador. Un amigo suyo, José ben Matías, un joven de veintiséis años, decidió zarpar hacia Roma y salvar a sus compañeros sacerdotes. Más conocido como Josefo, el joven sería muchas cosas: comandante rebelde, protegido de los Herodes, cortesano imperial, pero, por encima de todo, sería el máximo historiador de Jerusalén,
Josefo era hijo de un sacerdote, descendiente de los macabeos y terrateniente judío, y había sido educado en Jerusalén, donde su erudición causaba admiración. De adolescente había experimentado con las tres sectas judías más importantes, y llegó incluso a unirse a los ascetas del desierto, antes de regresar a Jerusalén.
A su llegada a Roma, Josefo estableció contacto con un actor judío que gozaba del favor del pernicioso emperador y amante del teatro. Nerón había asesinado a su esposa y se había enamorado de Popea, una belleza pelirroja de tez clara, y casada. Una vez convertida en emperatriz, Popea le dio a Nerón la confianza para matar a su propia madre, la monstruosa Agripina. Popea también se convirtió en una de las medio judías «temerosas de Dios». Josefo, por medio de su amigo, el actor judío, llegó hasta la emperatriz, que ayudó a sus amigos. Josefo había logrado su propósito pero, a su regreso, encontró que en Jerusalén «muchos estaban exaltados con la idea de rebelarse contra Roma». La revuelta, no obstante, no tenía por qué ser inevitable: la relación entre Popea y Josefo constituye la prueba de que las líneas entre Roma y Jerusalén seguían abiertas. Una gran cantidad de peregrinos judíos llenaba cada año la ciudad, y, pese a la presencia de sólo una cohorte romana auxiliar (entre 600 y 1.200 hombres) en la fortaleza Antonia, apenas se daban disturbios. La rica ciudad del Templo vivía «en estado de paz y prosperidad», gobernada por un sumo sacerdote nombrado por un rey judío. La construcción del Templo apenas acababa de terminarse, lo que había llevado a 18.000 obreros al desempleo. Agripa, por tanto, creó más trabajo encargándoles la construcción de nuevas calles.
En cualquier momento, un emperador más diligente y un procurador más justo podrían haber restablecido el orden entre las facciones judías. Mientras los eficaces libertos griegos gobernaron el imperio de Nerón, se toleró que el emperador fingiera ser actor o atleta, o incluso que asesinara a su propia madre. Sin embargo, cuando la economía empezó a fallar, la ineptitud de Nerón se extendió hasta Judea, donde sus procuradores ya no, <<omitían practicar ninguna forma de villanía». En Jerusalén, el último
La calle que sobrevive justo al lado del Muro de las Lamentaciones fue obra suya, y también el pavimento que puede verse en el monte Sión.
procurador nombrado para el cargo gestionaba una red de protección que cobraba sobornos de los notables cuyos séquitos de matones competían con los sicarios en sembrar el terror en la ciudad. No puede de ningún modo sorprender que otro profeta, irónicamente también llamado Jesús, gritara alto y claro en el Templo: «¡Pobre de ti, Jerusalén!». Al tomarle por demente, en lugar de ejecutarlo, fue azotado. Con todo, Josefo apenas menciona sentimientos antirromanos.

En el año 64, Roma se incendió. Nerón probablemente supervisó las tareas de extinción y abrió sus jardines a aquellos que habían perdido su hogar. Sin embargo, los partidarios de la teoría de la conspiración afirmarían que Nerón había provocado el incendio para poder así construirse un palacio más grande, y que no se preocupó de apagar el fuego porque estaba ocupado tañendo su lira. Nerón culpó del incendio a esa secta medio judía en rápida expansión, los cristianos, y ordenó la ejecución de muchos de sus miembros, quemados vivos, descuartizados por animales salvajes o crucificados. Entre sus víctimas se encontraban dos cristianos detenidos en Jerusalén años antes: se dice que Pedro fue crucificado cabeza abajo, y Pablo, decapitado. El pogromo anticristiano de Nerón le hizo acreedor de un lugar en el libro del Apocalipsis, el último del canon que se convertiría en el Nuevo Testamento: las «bestias>> de Satán son emperadores romanos, y el número de la bestia, el 666, sea posiblemente un código para Nerón.
Las <<exquisitas torturas» que ingenió para los cristianos no salvaron a Nerón. En su propia casa, le dio una patada en el estómago a su esposa Popea, embarazada, y la mató sin querer. Mientras el emperador ejecutaba a sus enemigos, reales o imaginarios, al mismo tiempo que impulsaba su carrera de actor, su último procurador en Judea, Gesio Floro, «hacía ostentación de sus indignas atrocidades cometidas contra la nación». La catástrofe se inició en Cesarea: los gentiles sacrificaron un gallo en el exterior de una sinagoga y los judíos protestaron. Los gentiles compraron el apoyo de Floro con un soborno, y el procurador condujo sus tropas hasta
Jerusalén exigiéndole al Templo un impuesto de 17 talentos. Cuando en la primavera del año 66 apareció en el Praetorium, los jóvenes judíos recogieron calderilla y la arrojaron contra él. Floro lanzó entonces a sus tropas contra la multitud y les exigió a los notables del Templo que le entregaran a los alborotadores, pero los notables se negaron. Los soldados de Floro se desbocaron, <«entraron en todas las casa y mataron a sus habitantes>> y Floro flageló y crucificó a sus prisioneros, entre ellos a notables judíos que eran ciudadanos romanos. Ésa fue la gota que hizo desbordar el vaso: los aristócratas del Templo ya no podían confiar en la protección de Roma. La brutalidad de las tropas griegas y romanas de Floro inflamó la resistencia judía. Los cascos de la caballería de Floro resonaban por las calles con un grado de locura», e incluso llegaron a atacar a la hermana del rey Agripa, la reina Berenice, quien, protegida por los miembros de su guardia, logró regresar al palacio de los macabeos. Berenice decidió entonces salvar a Jerusalén.5
Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore
