El aborigen lo adopta aproximadamente unos treinta años después de la segunda fundación de Buenos Aires, realizada en 1580. Así lo mencionan documentos como las Actas del Cabildo de 1607 (primeros documentos).
Según el historiador Ricardo Levene (padre), hacia 1628, se vieron aborígenes montados por la zona de Tandil, Sierra de la Ventana y otros lugares de la provincia de Buenos Aires.
El estado sociocultural del aborigen a la llegada del español al Río de la Plata, correspondía a lo que se conoce como “cazador superior”, es decir, un nómada que desconocía el cultivo de plantas alimenticias. Era un “corredor de a pie”.

Cada etnia le puso nombre:
Araucanos: kawel, cahuellu
Charrúas: jual
Guaraníes: rendá, cabayú.
Huarpes: cahuellu
Mapuches: kawel
Pampas: cahuallu, cahuellu.
Puelches: kawal
Quechuas: caballupi
Ranqueles: cauallo
Tehuelches: cahual
Tobas: kayo
Y dicho sea de paso, para el aborigen, el caballo era también parte de su alimento (siempre lo fue, pero más cuando el guanaco empezó a escasear); la carne de yegua era su preferencia, sobre todo, asada, lo mismo que su sangre, que comían coagulada, en trocitos o la lengua; en general, comían las partes más gordas y los costillares de potro, pero también desperdiciaban mucho lo que indica y confirma, que el caballo abundaba. Nunca mataban animales flacos.
Los indios patagónicos y tehuelches, mapuches o araucanos, llegando a San Luís y Córdoba con las tribus ranqueles, lo adoptaron y sus hábitos cambiaron… ¡Sus vidas, cambiaron gracias al caballo! Resulta muy elocuente la afirmación de Gabriel Huarte, al decir: “Cuando el indio se convirtió en jinete, dejó de ser ‘determinado’, para convertirse en ‘determinante’”.

