lunes, 5 de enero de 2026

Con el ataque a Venezuela, Trump cree estar mostrando fuerza cuando en realidad está destruyendo el único recurso que EE UU aún tenía: la legitimidad.

Esta madrugada, Estados Unidos ha bombardeado Caracas. Donald Trump anuncia desde Truth Social que Nicolás Maduro ha sido capturado y sacado del país. La conferencia de prensa será en Mar-a-Lago. Esto no es Yemen ni Somalia. Es América Latina. La primera intervención militar directa de EE UU en una capital latinoamericana desde Panamá en 1989. Hay una historia aquí: la Doctrina Monroe, el “patio trasero”, las intervenciones del siglo XX. Se suponía que eso había terminado. ¿Qué significa esto para el orden internacional? ¿Qué muere hoy junto con la soberanía de Venezuela? La ficción de un orden basado en normas.

Si el líder de Occidente puede bombardear una capital y secuestrar a un jefe de Estado, ¿con qué argumento se condena a Putin por Ucrania? Con el bombardeo de Caracas, Trump no ha legitimado a Rusia. En realidad, nunca la condenó. Lo que ha hecho es desarmar a quienes sí lo hacían. La paradoja es que Trump cree estar mostrando fuerza cuando en realidad está destruyendo el único recurso que EE UU aún tenía: la legitimidad. Durante décadas, la hegemonía americana se sostuvo no solo por su capacidad militar, sino por la pretensión de representar algo más que puro poder. Eso ha terminado. EE UU siempre violó el derecho internacional cuando le convenía, pero mantenía la ficción de respetarlo. Inventaba justificaciones, buscaba coaliciones, pasaba por el Consejo de Seguridad aunque luego lo ignorara. Esa ficción importaba: era lo que permitía a otros invocarla. Ahora ni siquiera finge.

Lo que viene es el regreso al siglo XIX. Esferas de influencia, no normas universales. El concierto de las grandes potencias, donde cada una hace lo que quiere en su zona, sin posibles argumentos en contra: solo correlación de fuerzas. Pero lo que revela esta madrugada no es únicamente un cambio en el orden internacional. Es una transformación en la naturaleza misma del poder americano que se muestra con toda su brutalidad, sin ficciones. La justificación oficial es el narcotráfico. Pero el marco es otro: Trump no dice “llevamos democracia”. Dice “defendemos nuestra civilización”. Y esa diferencia importa. La democracia es un principio universal: cualquiera puede aspirar a ella, cualquiera puede invocarla, cualquiera puede exigir que se cumpla. “Civilización” es otra cosa. Es un marcador de pertenencia. O estás dentro o estás fuera. No se aspira a ella: se nace en ella. La retórica democrática, aunque hipócrita, era expansiva: todos pueden ser democráticos. La retórica civilizatoria es excluyente: nosotros contra los bárbaros. Y lo más grave: la democracia supone un interlocutor, un sujeto político con derechos. La civilización convierte al otro en objeto. Maduro no es un dictador al que hay que derrocar mediante presión o transición. Venezuela es territorio bárbaro, exterior a la civilización, que se puede bombardear sin explicaciones.

Hoy también muere la separación entre lo público y lo privado. Las intervenciones anteriores servían a intereses económicos, pero existía al menos una distinción formal entre el Estado y los negocios del presidente. Trump la ha eliminado. Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo. Trump lo dice sin rodeos: “Lo queremos de vuelta”. La conferencia de prensa se da en su club privado. Y hay algo más: la exhibición como fin en sí mismo. Las intervenciones del pasado buscaban resultados (un cambio de régimen, estabilidad, aliados). Esta busca la imagen de fuerza. ¿Qué viene después de Maduro? No está claro, y probablemente no importa. El espectáculo es el objetivo.

Y mientras esto ocurre, la evasión. Sánchez habla de “violación del derecho internacional” sin nombrar a quien lo viola. Y pide “transición dialogada”: critica el método, acepta el resultado. María Corina Machado, Nobel de la Paz, respalda la operación. Lula condena. Petro pide una reunión de la ONU y la OEA, pero ¿para qué? Las instituciones internacionales parecen hoy más instrumentos del poder que límites al mismo. Quien no calla es Milei, que celebra el bombardeo en redes sociales.

¿Y Europa? Emite comunicados. Kaja Kallas, la Alta Representante de la UE, anuncia que ha hablado con Marco Rubio (con quien coordinó la operación) no con sus víctimas, ni con la ONU, ni con Petro. Y añade que “los principios del derecho internacional deben ser respetados”, pero no dice por quién. No condena el bombardeo mientras pide “contención” sin especificar a quién. Y recuerda que Maduro “carece de legitimidad”, es decir, ofrece la coartada moral. El comunicado perfecto: complicidad con sintaxis diplomática. ¿Por qué? Tal vez porque Europa necesita a EE UU para Ucrania y no puede permitirse un enfrentamiento con Trump. Así que traga. Pero cada gesto de falsa neutralidad agranda el margen de maniobra de quien actúa sin reglas. Lo que validamos por conveniencia hoy será precedente mañana. Si ofrecemos cobertura moral al bombardeo de Caracas porque Maduro “se lo merece”, el mecanismo ya está disponible para cualquier otro escenario.

Cuando el hegemón abandona la legitimidad, solo queda la fuerza. Y eso, advertía Tucídides, no es signo de poder. Es síntoma de declive. Trump cree que esta madrugada ha mostrado fuerza. En realidad, ha confirmado algo mucho más grave: que EE UU ya no ofrece normas, ni legitimidad, ni horizonte. Solo capacidad de daño. Y cuando eso es todo lo que queda, la decadencia ya no es una hipótesis. Es un hecho.

Máriam Martínez-Bascuñán – Profesora de Teoría Política de la Universidad Autónoma de Madrid. Autora del libro ‘Género, emancipación y diferencias’ (Plaza & Valdés, 2012) y coautora de ‘Populismos’ (Alianza Editorial, 2017).

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