El más común y típico bolichero de campaña es el turco. No se dedica solamente al despacho de bebidas, sino que incluye en su estantería comestibles, ropas, balas, etc. Tiene la ventaja de ser más diplomático que los de otras nacionalidades. Sabe disimular el rencor, habla poco de política, salvo que conozca la filiación de su interlocutor en cuyo caso habla a favor de la misma, pero si hay presente otro de filiación distinta entonces se hace el que no entiende nada de política. Se adapta admirablemente a las costumbres criollas, incluso en la vestimenta. Es halagador, hábil para comprar y vender sin perder plata, simulando que la pierde. No fanfarronea con sus ganancias.
Siempre se pone en guardia ante la llegada de desconocidos, especialmente si son “puebleros”. Ve en ellos un posible inspector de impuestos o un policía de categoría, y a cualquier pregunta que le hagan con respecto a cómo van las cosas se ataja de antemano diciendo que todo anda muy mal, que no hay plata, que nadie paga y que él está por “largar todo e irse a trabajar de peón”. Es comedido y simpático en su trato, para lo cual lo ayuda mucho la pronunciación y acento atravesado que despierta la hilaridad de los parroquianos, cuyas bromas soporta de buen talante aunque después se desquite al cobrar la cuenta.
Si un poblador efectúa un viaje y deja su caballo en el boliche para tener con qué ir hasta su casa cuando regrese con el correo, lo hace con la recomendación de que le dé pasto y alguna ración de maíz, cosa que el bolichero promete y cumple hasta que el dueño emprende el viaje; después, las raciones van a la libreta de apuntes y el caballo va al potrero.
El bolichero da de comer a los pasajeros comidas a la minuta, y entonces le pone a su negocio el rótulo de fonda, que es de mayor categoría, pero los pobladores siempre le siguen llamando boliche. El cacho o cubilete con dados es el valioso auxiliar del bolichero con el cual hace trabajar el mostrador mientras la patrona prepara las minutas. En esta faz, el bolichero “sin cancha” pronto se habitúa a la bebida, si no tiene la precaución de tener en los estantes una botella especial de agüita inofensiva, de la cual se sirve él, mientras los demás toman vuelta tras vuelta, copas de bebidas fuertes.
Aunque muchos clasifican a los bolicheros a través de la personalidad del “Sardetti” que inmortalizara Gutiérrez en su Juan Moreira, la verdad es que la clasificación es injusta y que el boliche de campaña es una necesidad y una ayuda en la lucha contra el desierto. El aborigen y poblador pobre que no puede llegarse hasta el pueblo para vender unos kilos de pieles, lana o plumas, las cambia por mercadería en el boliche. Seguro que paga un poco más por la mercadería que compra y recibe menos por la que vende, pero vaya ello por la ventaja de que el bolichero es mucho menos exigente en lo que se refiere a las guías del juzgado de Paz y a la procedencia de los productos, permiso de “chulenguiada” y falta de algunas orejas en los cueros con la señal correspondiente. El bolichero casi siempre está en estupendas relaciones con el Juez o el encargado de destacamento, y más tarde salva con facilidad estas dificultades, que para sus clientes son graves.
Al boliche llega el enfermo o el herido grave en alguna pelea campera y en él espera que pase alguien que lo traslade hasta el pueblo, lo que muchas veces debe pagar el bolichero si no quiere afrontar el lío que se deriva si alguno de estos muere en el boliche mientras espera traslado para la asistencia médica, y el bolichero no tiene vagoneta para llevarlo.
El bolichero tiene sus mañas, sin las cuales no podría sostenerse y sería víctima de las mañas ajenas, pero también es hombre de hacer “gauchadas”.
La vagoneta del correo llega al boliche con diez pasajeros;
ahí comerán unos platos de sopa y unos bifes con tomate y huevos fritos mientras el conductor desata los caballos, les da agua y una ración de maíz. Siete de los pasajeros han pedido comida, mientras un matrimonio con dos criaturas que no tiene dinero, se quedan afuera. Al rato el bolichero que ya los tenía anotados como clientes, los llama y les dice que coman. “Algún día me pagarán si pueden y sino, paciencia”. Pero al momento de pagar los que tienen dinero deben andar muy listos, porque de lo contrario el bolichero, sin que se den cuenta, les carga las comidas de los tres que no tienen plata.
Por lo general, el pasajero patagónico es comedido para ayudar en la “güeya” al que anda sin dinero y ellos mismos le pagan los gastos de comida y el alojamiento, no sin antes decirle al bolichero: “Mirá turquito mañero, cobrate también las comidas de esas personas, porque si no, lo mismo nos la vas a hacer pagar a nosotros y vos vas a pasar por “gaucho”. Y el turco le juega risa diciendo en su acento: “Bero baisano: como la buede bensar así de este hermano”.
Pone a los comensales en mesa de tres o cuatro personas. De éstos, a lo mejor sólo uno pide vino, pero al cobrar el bolichero le carga en cuenta a cada uno la misma botella de vino.
Ya la vagoneta en marcha, en el interior del toldo de lona, comienzan los comentarios y a poco andar se van descubriendo las habilidades del bolichero. Uno de los pasajeros, por ejemplo, le pregunta al otro cuánto les costó la vuelta de copas. El otro dice que no sabe fijo, porque la pagó junto con las dos comidas. El otro se sorprende y dice: “¿Cómo dos comidas?. Si tu comida la pagué yo junto con la mía”. El otro responde: “¡Pero si yo pagué la mía y la tuya!”. Y así por el estilo se descubren, aunque ya tarde, varios casos de dos hombres que han pagado cuatro comidas. Los pasajeros protestan un poco, pero al final terminan riendo de las picardías del bolichero que sabe de sobra a quien le puede hacer eso. Todos se prometen que a la vuelta le harán pagar todo a ese “simpático y servicial sinvergüenza”. Pero es raro que todos vuelvan juntos; eso facilita al bolichero su defensa. A lo más, lo multan con varias vueltas de copas que luego él se encarga de cobrarle a otros.
Cuando el boliche es salvación
Desde que la velocidad de los ómnibus en los buenos caminos, al acortar las distancias enormes comenzó a marcar la decadencia total de los boliches, es frecuente oír entre los pasajeros las protestas por las paradas en tal o cual boliche de mala muerte, alegando que se puede ganar tiempo en la llegada a destino pasando de largo por tales lugares. Pero existen cláusulas en la reglamentación de transportes que obligan a tales paradas para alzar o dejar pasajeros y correspondencia. Pero cuando la Patagonia, aún no dominada ni siquiera por los aviones, se encabrita y sus nevadas tornan malos los caminos, la necesidad del boliche revive brevemente. Entonces, mientras el ómnibus se encaja, costalea de cuneta a cuneta en el barro o patina en la nieve, la noche está avanzada y el pueblo lejos, se oye a cada momento al pasaje que pregunta: “¿Falta mucho todavía para llegar al boliche?. ¿No sería mejor que hiciéramos noche en el boliche antes que arriesgar quedarnos en el camino o volcar?”.
En esos días, el viejo y decadente bolichero revive sus buenos tiempos.
Texto de “Caminos y rastrilladas borrosas”, de Asencio Abeijón

