miércoles, 7 de enero de 2026

Los indios que la componen son mucho menos nómadas que los de las otras tribus. Forman, en su mayor parte, una especie de corte de Calfucurá, gran cacique o especie de rey, cuyo poder se extiende sobre todos los demás pueblos, sean pampas, mamuelches, puelches o patagones.

Las regiones que habitan son de las más accidentadas y pintorescas. Se dividen en bosques espesos, llanuras y médanos arenosos naturalmente excavados en forma de embudos, que encierran en su seno lagos de un agua dulce y límpida en torno de los cuales los indios construyen sus tiendas. En vano se buscaría en los bosques o en la llanura otra agua que la de los estanques salados. El suelo, casi siempre calizo y salino, ofrece raramente una vegetación semejante a la de la pampa, pero en cambio los bosques están tan poblados de algarrobos que las frutas de estos árboles bastan casi para la necesidad de los numerosos rebaños que en ellos se alimentan.

Además de algunos animales errantes por la llanura, nada podría denunciar la presencia de los indios al viajero perdido, porque quienes no habitan en el interior de los médanos levantan sus tiendas al abrigo de los bosques circundantes.

El carácter de los calfucuraches es más sociable que el de los otros nómadas. He encontrado entre ellos alguna tendencia a la compasión; me trataron más humanamente. Después del acontecimiento feliz que me fijó entre ellos, su simpatía pareció dirigirse a mí plenamente. Gracias a la particular consideración que Calfucurá tenía por mí, que me nombraba como foteum -hijo-, así como al vuelco completo que se había hecho en todos los espíritus, pues ya no había que temer a ningún enemigo, pedí y obtuve permiso para montar de nuevo a caballo.

Su bondad llegó a permitirme hacer excursiones muy lejanas en compañía de algunos indios que me servían de escolta y de introductores en las diferentes tribus que visitaba; en todas partes se me acogió con afecto y muestras de la mayor consideración. Algunos de mis huéspedes agregaban aún algunos obsequios a todos sus agasajados. Esos presentes consistían en tabaco o en provisiones para el camino.

Como ya no tenía motivos para fingir ignorancia, y aunque encontraba a algunos indios que hablaban un poco de español, jamás me presentaba entre ellos sin dirigirles la palabra en su idioma, lo que los halagaba infinitamente y me ganaba toda su confianza.

Durante el invierno los calfucuraches son mucho más nómadas que en el verano, porque se ven obligados a buscar tierras fértiles; sin embargo, no salen de los parajes boscosos, que para ellos son tan gran recurso. Las regiones que habitan son más cálidas, y por eso tienen un color más pronunciado; su talla es inferior a la de los pampas. Aunque tan vigorosos y fuertes como éstos, son mucho más perezosos y de una inteligencia casi limitada.

Fuera de la caza del avestruz y la gama, sólo piensan en comer, beber y dormir. Son, generalmente, muy desaseados. Su glotonería es tal que cuando no pueden comer más, en la aprensión que tiene de dar descanso a las mandíbulas, mastican continuamente una especie de resina blanca que llaman ocho. La recogen de un pequeño arbusto conocido entre ellos con el nombre de mochi. El gusto de esta resina es de lo más insignificante, y los hace escupir mucho. A fuerza de masticarla, se hace blanda y casi parecida a la goma que mastican los niños. Es lo primero que ofrecen a quienes los visitan y ofrecen sin pudor lo que tienen en la boca. Entre ellos parece un honor compartirla de esa manera.

La pereza y el descuido de estos indios son tales que, aun cuando no tengan animales, rehúsan, a menudo, los caballos que les ofrecen sus amigos para tomar parte en alguna expedición, y prefieren instalarse consecutivamente entre unos y otros para vivir a sus costas durante el invierno. Durante el verano se contentan con el producto de sus cazas, o simplemente con algunas raíces que encuentran en abundancia en la arena fina al pie de los árboles.

No encontré aquí la magnífica vegetación que abunda en el Brasil o Chile. En sus bosques abundan los algarrobos y los chañares, árboles muy bajos, tortuosos y armados de formidables espinas tan temibles para los cascos de los caballos como para los pies humanos. Entre ellos se mezclan multitudes de pequeños arbustos igualmente espinosos, que forman unos matorrales infranqueables; numerosos pumas y jaguares establecen allí sus reparos y tienen sus crías, para cuya alimentación devastan los rebaños.

Igual que los animales, los hombres son muy afectos a la fruta del soé -algarrobo-, que tiene toda la apariencia de una vaina de chauchas y encierra un grano muy duro. Es un alimento que fortifica a las bestias de carga y da a su carne un gusto delicado, fácil de distinguir y muy apreciado por los indios.

Entre las raíces que usan esos últimos, el poñu es quizá la más curiosa de las que he podido notar. Su forma y su tamaño son los de una zanahoria grande y tiene una envoltura espesa y dura, de un pardo pronunciado, y acanalada en el sentido de longitud. La cabeza está coronada por una flor maciza de un tinte más oscuro y compuesta de dos partes separadas entre sí por un estambre redondo y duro que queda en el mismo estado durante todas las fases de la madurez. El interior de la raíz es blanco, duro y picante cuando está inmaduro pero es agradable, dulce y jugoso en su madurez. En la parte carnosa se mezcla una cantidad incalculable de granos negros, infinitamente más pequeños que las semillas de los higos. Al madurar, este fruto tiene un fuerte olor a melón, que halaga el olfato e invita a hacerle honor; pero asombra comprobar un gusto muy diferente del que promete el olor, que se parece, en cambio, al de la manzana verde. Abandonada a sí misma, esta fruta extraña se pone de color de herrumbre y pasa rápidamente al estado de descomposición; se cubre de gusanos blancos, semejantes a los de la carne, que la absorben, pero respetan, sin embargo, el grano, que se vuelve a sembrar en su propia envoltura, cuya descomposición más tardía le sirve de abono.

Muchas veces había gustado esta especie de raíz que los indios llaman poñu -papa-, sin encontrar nada que justificara este nombre, hasta que un día mis amos, que habían hecho una gran provisión y las habían hecho freír en grasa de potro, me convidaron a comer con ellos. La encontré excelente, pero me sorprendió no poco reconocer que esa extraña raíz, preparada de tal manera, no tenía otro gusto, en realidad, que el de la papa. Lamento muy vivamente no haber podido, en mi fuga precipitada e imprevista, traer conmigo una muestra de esta raíz leguminosa desconocida seguramente en Europa, y cuyo cultivo sería de los más fáciles. Muchos indios la comen cruda. A menudo la compartí con ellos, pero al notar que provocaba inflamación y constipación, no volví a comerla sino con moderación, y comprendí por qué los indios, después de haberla comido en abundancia, tragan tanta grasa de роtro líquida.

 

 

Fragmento del libro “Tres años entre patagones”, de Auguste Guinnard.

 

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