martes, 6 de enero de 2026

Las ocupaciones de las mujeres mamuelches son las mismas que entre las indias de todas las otras tribus. Es decir, son esclavas de sus maridos, cuyo ociosidad es todavía mayor; lo que no es poco decir. Ellas cuidan mucho menos su arreglo y son, en general, más deseadas.

Su inteligencia y su destreza son muy limitadas; confeccionan también mantas de lana muy ordinaria y unas lamatras -coberturas de caballo-; pero la lana de que se sirven es generalmente sucia y mal hilada. Igual que sus maridos, las mujeres son muy descuidadas; pero como aquéllos, por lo mismo que no hacen nada, son tanto más exigentes, las someten muy a menudo a sus malos tratos. Los celos, gusano de la conciencia de todas estas almas brutas, son llevados al exceso entre ellos; también son frecuentes las venganzas.

La superstición de los indios se muestra en todo instante, y hasta en las cosas más pequeñas. Hasta los mismos cambios de tiempo influyen en sus espíritus. Muy alegres cuando el tiempo es bueno, se quedan mudos y casi enojados cuando es malo; los visitantes que se presentan entre ellos se resienten siempre por estas impresiones, porque en lugar de la cortesía y la consideración que tienen derecho a esperar, a menudo reciben brusquedades.

Los mamuelches son muy amables y serviciales entre ellos, pero no tienen respeto por la propiedad, ni siquiera la de sus mejores amigos.

Por la noche se roban continuamente los animales, que matan a lo lejos, procurando ocultar en sitios diferentes los huesos y los cueros; igualmente hacen muchos desvíos para llevarse la carne a sus casas. Varias veces he visto a muchos de ellos recibir con la mayor tranquilidad la visita de sus víctimas, a quienes hasta servían de comer la carne de los animales que les habían robado, mientras daban muestras de afligirse vivamente por su pérdida. Su desfachatez llegaba, a veces, a proponer acompañarlos en sus búsquedas; esta proposición era generalmente aceptada, pues los amigos, guiados por cierto instinto de desconfianza, o aun por algunos indicios, sabían perfectamente que estaban entre los delincuentes, contra quienes trataban solamente de obtener pruebas irrefutables.

La constancia y la perspicacia de los indios son tales que, a menudo, los perjudicados consiguen reunir el cuero y los huesos acusadores y seguir uno a uno los rastros del camino seguido por los ladrones.  Cuando han adquirido todas estas pruebas, se presentan ante ellos, acompañados de testigos, y los acusan altivamente. Pocos culpables se rinden ante la evidencia; acogen casi siempre con arrogancia a los denunciantes, que entonces se ven reducidos a emplear la fuerza para obtener justicia. Los llevan de buen o mal grado ante Calfucurá, que fija el monto de los daños e intereses, cuya cifra es muy alta siempre; y, a fin de que los condenados no pueden sustraerse a la decisión del jefe, son obligados a ejecutarla en la misma sesión.

En todos los parajes boscosos, así como el seno de la pampa, durante los calores producen horrible incomodidad los riris-mosquitos–que privan del sueño. Los indios, antes de dormirse, tienen la precaución de cubrirse el cuerpo con el mayor cuidado y acostarse con la cаbeza al viento, después de haber encendido unos trocitos de estiércol a medio secar, cuyo humo espeso, al pasarles por encima del rostro, aleja a los malignos visitantes. Estos insectos insípidos no son el único azote; en cualquier lado que uno se aventure, de noche o de día, se ve continuamente hostilizado por una especie de tábanos que se encarnizan con uno tanto como con los animales, y acribillan el cuerpo de dolorosas picaduras, de las que mana la sangre en abundancia. A veces, yendo a caballo, me he visto de tal modo cubierto por ellos que de un solo revés de la mano he matado muchos centenares a la vez, y he quedado como empapado de sangre.

Cualquiera sea la naturaleza de los parajes habitados por los indios, se encuentra en ellos una gran cantidad de serpientes cuya longitud varía desde los 50 centímetros hasta un 1,20 o 1,30 metros, y a las cuales los nómadas dan el nombre de chochia. Tienen la parte superior del cuerpo de un verde oscuro, los flancos dorados y el vientre matizado de azul, rojo, blanco y negro. Los indios temen sobremanera su picadura, que dicen no tiene remedio. Estos reptiles no atacan jamás al hombre a menos que se vean amenazados. Tienen por costumbre deslizarse entre las altas hierbas; allí duermen durante el calor más fuerte, lo cual expone a los animales a ser picados, porque sin notarlos los pisan, o aun al pasar meten la cabeza en las mismas matas de hierba que la abrigan. He visto cantidad de caballos y vacas, picados en el hocico, morir en dos o tres horas, como consecuencia de sus mordeduras. La chochia se alimenta de sapos y de otros animales que persiguen hasta sus cuevas, o de pájaros que encanta ocultándose en los matorrales.

Durante el verano no se puede dar unos pasos sin encontrarse con estas serpientes y, aunque no tienen gran vivacidad, los indios las temen mucho. Las matan desde lejos, con sus hondas o con sus lanzas, que no tienen menos de 15 a 20 pies de longitud.

Como desde la primera época de mi cautiverio noté el espanto que estos animales inspiraban a mis amos. Cierta vez quise darles una prueba de mi desprecio por el peligro y, aunque estaba completamente desnudo, maté una serpiente aplastándole la cabeza con el talón. Jamás había pensado ver a esos salvajes tan estupefactos como quedaron al apreciar ese acto de temeridad; se alejaron rápidamente de mí, dando muestras de tal terror y tanta cólera que creí prudente no darles jamás otro espectáculo así.

En otras circunstancias, sin embargo, uno de esos reptiles me ayudó a dar a los indios una alta idea de mi persona. Estaba yo ocupado en cavar un pozo, con una pala hecha con el omóplato de un caballo atado a un palo, y como este trabajo a pleno sol me fatigaba sumamente, descansaba de vez en cuando apoyándome en uno de los bordes. En uno de esos momentos me vi rodeado de golpe por una chochia que se envolvió en torno a mi cuerpo. A pesar de la emoción que me causó ese contacto frío, tuve la suerte de no perder mi ánimo. Tomé prontamente el reptil con las dos manos y lo arrojé a lo lejos; cayó en medio de los indios estupefactos y espantados, que huyeron a todo correr en medio de gritos de horror. Yo no había sido picado, pero durante el resto del día temí ser afectado por una enfermedad recientemente experimentada por un indio que se había tapado con una manta en la que había visto serpentear una chochia. Felizmente, no me quedó más que el miedo, y hasta tuve la felicidad de ver que el incidente resultaba en mi beneficio, porque oí que los indios decían de mí:

-El mey ta tefá kome kume huica ruf lalan kome lagan chi ueche vita uentru meu -Y vean, pues, un buen cristiano porque en verdad no está muerto; está bien este joven con Dios, sin duda-.

Y me dieron muestras de la mayor consideración.

 

Fragmento del libro “Tres años entre patagones”, de Auguste Guinnard.

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