Durante el conflicto bélico, la primera ministra Thatcher y su secretario de Asuntos Exteriores Francis Pym subrayaban el carácter dictatorial de su enemigo. “La Argentina sistemáticamente desprecia los derechos humanos. Somos los británicos quienes sostenemos la democracia”, afirmaban.
En cambio, la dictadura del general Augusto Pinochet no representaba para ellos un problema, sino una oportunidad. Chile sería una pieza clave para la inteligencia británica.
Apenas se produjo el desembarco argentino en las islas, aterrizó en Santiago el oficial Sidney Edwards. Había sido agregado militar en Madrid y hablaba español. El jefe de la Fuerza Aérea chilena, general Fernando Matthei Aubel, le garantizó que podría obrar con libertad si mantenía la discreción y la promesa de que Gran Bretaña no utilizaría el territorio chileno para operaciones militares: solo podría reunir información de inteligencia. El acuerdo no era gratuito. Gran Bretaña entregaría aviones y armamentos para compensar la colaboración. Enviaría seis bombarderos Canberra, pintados con los colores de la Fuerza Aérea chilena pero pilotados por británicos, para reconocimiento fotográfico a gran altura, y un avión Moondrop, similar a un Boeing 707, pero transformado para el espionaje electrónico. Además, cedería un radar de larga distancia, misiles y el crucero Glamorgan después la guerra. En términos políticos y diplomáticos, Gran Bretaña se comprometió a neutralizar investigaciones por violación de derechos humanos del régimen chileno que surgieran en las Naciones Unidas.
Con el acuerdo, Chile lograba su reequipamiento militar. Entendía que, si la Argentina retenía las Malvinas, luego podría ocupar las islas Lennox, Picton y Nueva, ubicadas en la desembocadura del canal de Beagle. Los dos países mantenían la soberanía en disputa.
Gran Bretaña también dispuso de la base aérea de San Félix, en el océano Pacífico, a 485 millas náuticas de la costa, para el uso de su avión Nimrod, aunque su zona de operaciones era el sur continental. Con los equipos fotográficos y de recepción electrónica montados en aviones de vuelo a gran altura, se obtenía un reconocimiento territorial sobre las rutas argentinas en la Patagonia, los depósitos de combustible y las vías de escape hacia Chile, que serían referencias útiles para la instalación de un comando SAS. El vuelo también le permitiría detectar las señales de radar del otro lado de la frontera. Además, hicieron uso de un radar instalado en Punta Arenas, con un alcance de 200 millas, que captaba frecuencias de radio de Argentina,
En ese puesto de mando blindado, bajo tierra, se instaló Edwards para captar informaciones, que enviaba a Northwood al instante. Tenía un equipo de comunicación satelital directo con la Marina Real. El radar de Punta Arenas le permitía dar aviso temprano de los despegues de aviones argentinos desde las bases aeronavales. La alerta posibilitaba a los buques británicos prevenirse del ataque y anticipar su localización a las patrullas aéreas de combate.
Esta información también era transmitida por tres submarinos que ya surcaban aguas cercanas al continente.
Mucho tiempo después, Thatcher reconocería en forma pública a Pinochet su colaboración en la guerra.
La detección de las salidas aéreas no aseguraba la completa extinción de la amenaza de los Super Étendard. Gran Bretaña consideraba que la única garantía para ese objetivo sería la destrucción de la base. La inteligencia norteamericana se enteró de este plan y Reagan llamó a Thatcher para advertirle sobre la peligrosidad de un ataque continental y las consecuencias políticas que sobrevendrían, pero la primera ministra respondió que no modificaría su decisión.
La misión Plum Duff la desarrollaría el Escuadrón B del Regimiento 22. Era un escuadrón creado en 1951, cuando el SAS había enfrentado una insurrección comunista en Malasia; luchaban por la liberación del territorio colonial británico. El nuevo escuadrón había comenzado a entrenarse en áreas selváticas, como lo hacían sus enemigos, por períodos cada vez más largos, y demostraron que podían adaptarse a esta nueva geografía. Desde entonces, sus patrullas empezaron a integrarse con tres o cuatro hombres.
Tres días después del ataque al Sheffield, el Escuadrón B comenzó a movilizarse en su base de Hereford. Ese día, el 7 de mayo, Gran Bretaña había extendido la zona de exclusión total hasta 12 millas de la costa argentina. No era difícil interpretarlo como la señal de un ataque al continente. Al día siguiente se presentó el primer plan, toda- vía en discusión. Había que delinearlo, pero la matriz era la siguiente: se formarían dos patrullas de exploración e inteligencia, una para la base de Río Grande y otra para la de Río Gallegos. Llegarían en helicópteros. Esta sería la primera fase. La segunda fase, la Operación Mikado, consistía en el vuelo apenas por encima del nivel del mar de dos Hércules que aterrizarían en la pista de Río Grande y de los que irrumpirían comandos en vehículos con ametralladoras pesadas. Matarían a los pilotos – que suponían alojados en la base, destruirían aviones y misiles, y luego abordarían las aeronaves para refugiarse en Chile.
Ninguno de los que habían planeado la operación formaría parte de ella, ninguno estaría en la bodega del avión al momento de llegar al continente. Este era un punto ríspido, que molestaba en el Escuadrón B. Y además: ¿cómo aterrizarían dos Hércules sin ser detectados por radares de la base? No se sabía.
La duda era una sensación que concernía a la naturaleza de las operaciones bélicas. Pero el terror a un segundo ataque argentino con Exocet trascendía las dudas. Ahora la flota británica comenzaba a tener una percepción más real de la guerra. Hasta el ataque al Sheffield, se actuaba con profesionalismo, pero no se vivía la tensión que supone el peligro inminente, la vulnerabilidad constante frente al ene- migo, la exposición a un riesgo mayor, la pérdida de vidas no como hipótesis sino como hecho factible, real.
Fragmento del libro “La Guerra Invisible”, de Marcelo Larraquy

