martes, 27 de enero de 2026

Para 1881 se había previsto efectuar una expedición naval hasta el Nahuel Huapi por los ríos Negro y Limay. Encargado de preparar y dirigir esta operación fue el teniente coronel Erasmo Obligado, para ello alistó el transporte Río Neuquén al mando del teniente de Marina Eduardo O’Connor.

El 25 de febrero de 1881 zarpó de Patagones; llegando a Choele-Choel el 5 de marzo. La bajante del Río Negro dificultó no poco la navegación; el 26 llegan a la confluencia de los ríos Limay y Neuquén. “Por primera vez la enseña que nos guía alegres a la victoria o a la muerte, había ondeado en la popa de un buque argentino, surcando las azuladas y correntosas aguas del rio Limay.

La estación otoñal con la disminución del caudal de agua impidió continuar la navegación por lo que regresaron a Patagones donde comenzaron de inmediato los preparativos para una nueva tentativa que saldría en el mes de octubre, época de la crecida del río, con el vapor Río Negro. La navegación del río Negro se efectuó sin dificultades; no así la del Limay que a medida que avanzaban ofrecía mayores inconvenientes.

El 13 de noviembre alcanzaron la confluencia del Collon Cura con el Limay, y ya no pudieron continuar con el Río Negro; prosiguieron entonces con los botes, y llegaron hasta donde Villarino abandonó la misma empresa un siglo antes. Allí fueron atacados por un grupo de indios y el jefe de la expedición ordenó el regreso. Al año siguiente se frustró un nuevo intento.

En 1883 el teniente Eduardo O’Connor asumió la directa responsabilidad de organizar la cuarta expedición fluvial que zarpó de Patagones el 10 de octubre de ese año. Como los viajes anteriores habían demostrado la imposibilidad de navegar con el vapor más allá de la confluencia del Collon Cura con el Limay, llevaron esta vez, además una lancha expresamente preparada para la navegación del tramo superior del Limay.

El 11 de noviembre se encontraron frente al famoso peñón del Río Negro, lugar hasta donde habían llegado en los viajes anteriores. O’Connor dispuso que el vapor regresara a Patagones, y el 15 de noviembre continuaron la navegación con la lancha.

Casi un mes de enconada lucha con la tumultuosa corriente emplearon para recorrer el tramo superior del Limay. Finalmente, el 13 de diciembre “entraba triunfante en el lago Nahuel Huapi, con el aparejo largo y el Pabellón Nacional al tope la lancha que en ese momento se llamó: Modesta victoria” (Diario Albarracín).

La emoción que embargó a esos hombres que, tras tan tenaces esfuerzos, vieron finalmente coronados con el éxito sus empeños queda reflejada en el informe de O’Connor: “Dejábamos a nuestra espalda el histórico cerro del Carmen, donde el general Villegas colocó el pabellón argentino en marzo del ’81 [fue en abril], como marcando el último jalón de su expedición y a nuestra izquierda como centinela avanzada del lago, destacábase la inmensa masa del Tequel Malal, antigua residencia de los jesuitas y donde por algún tiempo la tradición ha colocado la fabulosa ciudad de los Césares. Así franqueando estos monumentos simbólicos, manifestación elocuente del empuje civilizador, representado el uno por la fuerza de la espada y el otro por la fuerza de la cruz, entramos en el lago”.

Después de un breve descanso exploraron el lago. El 7 de febrero de 1884 emprendieron el regreso, llegando a Patagones el 20 del mismo mes.

“Con legítimo orgullo nacional debemos considerar, que los primeros exploradores de la totalidad del curso del río Negro y del Limay, y del lago Nahuel Huapi, son argentinos; gloria, que ninguno de los muchos exploradores que les han precedido, podrá disputárselo a O’Connor, Erdman, Zorilla y Romero” (Diario de Albarracín).

En 1929 el Gobierno alemán comunicó al presidente Irigoyen que sus servicios de inteligencia poseían pruebas de que Chile se aprestaba a invadir territorio argentino en una operación sorpresiva sobre la Patagonia. El inspector General del Ejército, Severo Toranzo, de acuerdo con el jefe de la aviación naval, dispuso efectuar un reconocimiento aéreo de la zona donde los chilenos, según la información, habían concentrado sus fuerzas para obtener así una directa y exacta visión. La misión fue confiada al alférez de navío Alberto Sautú Riestra.

En enero de 1930 partieron de Puerto Belgrano dos hidroaviones Farey, provistos de adecuado equipo fotográfico, con los que realizaría el reconocimiento. El propósito era dirigirse directamente al Nahuel Huapi y desde allí, en vuelos sorpresivos, efectuar los reconocimientos previstos, pero una falla en uno de los aviones obligó a acuatizar en Choele-Choel.

Reparada la avería, prosiguieron el vuelo hasta el Nahuel Huapi, descendiendo en Puerto Pañuelo. Desde ese lugar tranquilo y reparado, Sautú Riestra trazó su plan de acuerdo con el cual efectuó diversos vuelos de reconocimiento, internándose en territorio chileno para fotografiar las concentraciones de las tropas, con una pericia y habilidad de extraordinaria precisión. Quince días empleó para completar esa tarea con la que quedó comprobada la concentración de poderosas fuerzas chilenas en varios pasos cordilleranos.

Comprobado el plan y denunciado por nuestro país, adoptó las medidas defensivas correspondientes, y Chile, al no poder contar ya con el factor sorpresa, desistió de su intento invasor.

Con la patriótica misión cumplida, Alberto Sautú Riestra fue el primer hombre que acuatizó en el Nahuel Huapi llevando hasta allí por el aire la enseña patria pintada en el timón de cola de sus aviones.

 

Fragmento del libro “Patagonia azul y blanca”, de Clemente Dumrauf

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