lunes, 5 de enero de 2026

El líder bolivariano, ahora capturado por Estados Unidos, fue aupado por la Cuba castrista tras la muerte de Hugo Chávez y desde entonces ha reprimido con dureza a los disidentes y se ha atornillado al poder a través de elecciones fraudulentas.

Probablemente ni los cubanos, que fueron quienes impusieron a Nicolás Maduro como sucesor de Hugo Chávez, pensaron que iba durar tanto tiempo al frente de Venezuela. Fue una solución provisional para cerrar el paso a Diosdado Cabello, eterno número dos del chavismo. Pero el hecho de ser subestimado por muchos le acabó beneficiando y podría haber prolongado su permanencia en el poder, más allá de los doce años en que ha estado en el Palacio de Miraflores, si la Administración Trump no hubiera intervenido.

Tras su aspecto de zoquete y bonachón, Maduro ha dirigido la mayor represión dictatorial conocida en la historia del país, obediente sin fisuras a las directrices de La Habana y provocando el mayor hundimiento económico y social de una nación fuera de caso de guerra.

Maduro oficialmente nació en 1962 en Caracas, aunque ha habido dudas de si en realidad no vio la luz en Colombia y por tanto ni siquiera estaba legitimado de partida para ocupar la presidencia venezolana. De padre socialdemócrata que se exilió en Bogotá durante la dictadura de Pérez Jiménez, el joven Maduro pronto militó en la izquierda, primero como estudiante, por lo que fue expulsado de la enseñanza secundaria (ahí acabarían sus estudios), y luego en el partido Liga Socialista, fundado por el padre de los hermanos Rodríguez (Delcy Rodríguez ha ejercido los últimos años de vicepresidenta del país y su hermano Jorge, de presidente de la Asamblea Nacional).

En la década de 1980 trabajó en el Metro de Caracas, como conductor autobús y metro, y se implicó en la organización sindical de la compañía. El partido le envió a Cuba en 1986-1987 para participar en un curso de formación de cuadros y de ahí data su estrecho vínculo con el castrismo.

Su relación con Hugo Chávez se produjo a raíz del golpe de Estado militar que este lideró en 1992: participó en la trama civil de un segundo intento producido unos meses después y en 1993 visitó a Chávez en la cárcel. Con él se vinculó políticamente cuando, una vez indultado, Chávez se presentó a las elecciones presidenciales de 1998. En el entorno de Chávez, como abogada, Maduro encontró a Cilia Flores, con quien luego conviviría y se casaría (estuvo casado previamente seis años, en una unión de la que nació su único hijo, Nicolás Maduro Guerra).

El ascenso de Maduro no fue inmediato. Su progreso en las filas chavistas se produjo a partir de la reorganización que Chávez hizo de su equipo tras su breve expulsión del poder en 2002 y el fallido referéndum revocatorio de 2004. Cuando la oposición decidió no presentarse a las elecciones parlamentarias de 2005, el abrumador control chavista de la Asamblea Nacional situó al frente de esta a Nicolás Maduro. En 2006 Maduro fue nombrado ministro de Asunto Exteriores y en 2012 pasó a vicepresidente.

Como titular de Exteriores, el canciller Maduro se implicó de lleno en las operaciones internacionales diseñadas por Chávez, varias de ellas vinculadas a tráficos ilícitos: ayuda a las guerrillas de las FARC y el ELN en su lucha contra el gobierno democrático de Colombia; establecimiento de las redes de narcotráfico sobre la que se iría consolidando el ‘gubernamental’ cártel de los Soles; suministro ilegal de fondos, procedentes del lavado de dinero y de la petrolera estatal Pdvsa, a partidos afines en Latinoamérica (los Kirchner de Argentina, el FMLN de El Salvador, Ollanta Humala de Perú…).

Cuando ya enfermo terminal de cáncer, Chávez fue proclamado vencedor de las presidenciales de octubre de 2012, procedió entonces a designar a Maduro como vicepresidente. Indicios de fraude sugieren que ya estas elecciones fueron robadas a la oposición, como las que seguirían después, en 2013, 2018 y 2024, las tres con Maduro como candidato, con un fraude cada vez más evidente, de forma que en las últimas el chavismo ya ni siquiera mostró las actas de votación. Así, pues, hay base para afirmar que Maduro nunca ha ganado las elecciones y por tanto siempre ha sido un presidente usurpador.

Primero le robó la presidencia interina a Diosdado Cabello. Cuando el 5 de marzo de 2013 fue anunciada la muerte de Chávez, era a Cabello, como presidente entonces de la Asamblea Nacional, a quien le correspondía ejercer de presidente «encargado» hasta la celebración de elecciones. Pero aquí la presión cubana remató el trabajo que había estado llevando a cabo durante todo el tiempo de la enfermedad de Chávez.

Tratado en Cuba, Chávez quedó en manos de Fidel Castro, quien barajó la posibilidad de una sucesión ‘a la cubana’, con la sustitución del presidente venezolano por su hermano Adán. Pero este, aunque gobernador de su estado natal de Barinas, no reunía dotes suficientes. Tampoco es que las de Maduro brillaran especialmente, pero La Habana estaba urgido a impedir una presidencia de Cabello y poner a alguien que siguiera las instrucciones de la isla.

Más unido a Cabello por ser ambos compañeros de armas, Chávez sin embargo aceptó dejar en manos de Cuba lo que vendría después. En diciembre de 2012, cuando compareció en Caracas en tono de despedida antes de marchar a la isla para una operación, de la que ya no regresaría vivo, Chávez apareció flanqueado por Cabello y por Maduro. Las esperanzas de Cabello durarían poco: adueñados del acceso a un moribundo Chávez, los cubanos gestionaron los tiempos del desenlace para ir haciendo tragar a Maduro como sucesor.

Desde entonces, la relación entre los dos ha sido de continua fricción, unas veces cooperando y otras llegando casi a las manos, si bien al final ambos entendían que dependían mutuamente para sobrevivir. Con control de una parte importante del partido, el PSUV, e influencia en el Ejército, Cabello en ocasiones ha asfixiado a Maduro para conseguir contrapartidas de poder, especialmente en momentos electorales.

La represión de las protestas dejó 200 muertos

Pero Maduro siempre ha tenido el apoyo cubano, por más que la fuerte represión contra las multitudinarias protestas ciudadanas de 2014 y 2017, con unos doscientos muertos a manos de la Guardia Nacional Bolivariana, de cuerpos policiales y de los ‘colectivos’ (bandas armadas de los barrios), llevó a Cuba a sopesar si Maduro ya estaba amortizado y convenía otro candidato algo más ‘limpio’ para las presidenciales de 2018.

Maduro repitió en esas presidenciales, pero su victoria no fue reconocida por una sesentena de países, lo que dio margen para que la oposición legítimamente elevara a presidente «encargado» al presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, dándose un gobierno alternativo que no se consolidó al fracasar un pronunciamiento militar intentado en abril de 2019.

Enrocado, Maduro quedó cada vez más agarrado al ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino López, al propio Cabello, ahora ministro del Interior y dueño de la represión, y a los hermanos Rodríguez. Todos ellos han conspirado alguna vez contra Maduro, en diálogo cada uno de ellos con Washington en diversos momentos.

Mientras, la Fiscalía del Tribunal Penal Internacional de La Haya ha ido acumulando pruebas de crímenes de lesa humanidad (como cientos de muertas extrajudiciales a manos de las fuerzas del orden) y los fiscales federales de Estados Unidos han estado reuniendo evidencias de la implicación directa del régimen venezolano –de Maduro, Cabello y otros dirigentes en persona– en el narcotráfico.

Fte: “ABC”

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