
Jerusalén se estaba recuperando de la violencia apocalíptica más reciente. Hacía muy poco tiempo, un judío egipcio había conducido a una multitud hasta el monte de los Olivos, donde anunció, en palabras que recordaban a las de Jesús, que iba a derrumbar las murallas y conquistar Jerusalén. El pseudoprofeta había intentado lanzar un ataque contra la ciudad, pero los jerosolimitanos se habían unido a los romanos para rechazar a sus seguidores. Las legiones de Félix habían matado entonces a la mayoría de ellos e iniciado una cacería en busca del «brujo». Ése fue el momento en el que Pablo llegó a la ciudad que tan bien conocía.
El padre de Pablo era un fariseo cuya fortuna le había permitido adquirir la ciudadanía romana y había enviado a su hijo, nacido en la misma época que Jesús, pero en Cilicia (en la actual Turquía), a estudiar en el Templo de Jerusalén. Cuando Jesús fue crucificado, Saúl, pues así se llamaba Pablo entonces, secundó las «amenazas de muerte contra los discípulos del Señor», sostuvo los mantos de aquellos que lapidaron a Esteban y <<Saulo aprobó la muerte de Esteban». Saúl, un fariseo de habla griega y fabricante de tiendas, estuvo al servicio del sumo sacerdote como agente hasta que, alrededor del año 37 d. C., de camino a Damasco, tuvo su propia experiencia «apocalíptica»: «una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor» y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». El Cristo resucitado le encargó entonces convertirse en el decimotercer apóstol y predicar la buena nueva a los gentiles.
Santiago y los cristianos de Jerusalén, comprensiblemente, sentían recelos de este nuevo converso, pero Pablo se sintió compelido a enseñar su mensaje con toda su obsesiva energía: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!». Al final, «Santiago, el hermano del Señor» aceptó a este nuevo colega. Durante los quince años siguientes, este incontenible agitador viajó por todo Oriente, predicando dogmáticamente su propia versión del evangelio de Jesús que rechazaba de plano la exclusividad de los judíos. El «apóstol de los gentiles» creía que era «por vosotros» que Dios había hecho a Jesús <<aquel que no conoció el pecado» y que «Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él». Pablo centró sus enseñanzas en la resurrección, según él, el puente entre la humanidad y Dios. La Jerusalén de Pablo era el Reino de los Cielos, y no el Templo real; su <<Israel>> era cualquier seguidor de Jesús, no la nación judía. Era, en cierto modo, extrañamente moderno, creía en el amor, en la igualdad y en la inclusión: griegos y judíos, mujeres y hombres, todos eran uno, y todos podían alcanzar la salvación, bastaba con tener fe en Cristo. Sus cartas dominan el Nuevo Testamento, y configuran la cuarta parte de sus libros. Su visión era ilimitada, puesto que deseaba convertir a todo el mundo.
Jesús había atraído algunos seguidores no judíos, pero Pablo tuvo un éxito especial entre los gentiles y entre aquellos que se decían temerosos de Dios, esos no judíos que habían abrazado algunos aspectos del judaísmo sin haber pasado por el rito de la circuncisión. Los conversos sirios de Pablo en Antioquía fueron los primeros que se conocieron con el nombre de <<cristianos». Alrededor del año 50 d. C., Pablo regresó a Jerusalén para convencer a Santiago y a Pedro de que permitieran ingresar a no judíos en la secta. Santiago aceptó llegar a un compromiso, pero en los años siguientes, se enteró de que Pablo estaba volviendo a los judíos contra la ley de Moisés.
Pablo, un soltero solitario y puritano, soportó naufragios, detenciones, azotes y apedreamientos en sus viajes, pese a lo cual, nada le distrajo de su misión, remodelar al rústico judío de Galilea y convertirlo en Jesucristo, el salvador de la humanidad que regresaría de forma inminente en la Segunda Venida, el Reino de los Cielos. En ocasiones, todavía se sentía judío y es posible que regresara a Jerusalén hasta en cinco ocasiones, pero otras veces, presentaba al judaísmo como el nuevo enemigo. En el texto cristiano más antiguo, su Primera carta a los tesalonicenses (gentiles griegos que se habían convertido al cristianismo), arremetía contra los judíos por haber matado a Jesús y a sus propios profetas. Creía que la circuncisión, el compromiso de los judíos con Dios, era un deber judío, pero que no era pertinente en el caso de los gentiles: <<¡Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del cuerpo. Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús», arremetía furioso contra los cristianos que se planteaban la circuncisión.
Llegado a este punto, Santiago y los ancianos manifestaron su desaprobación. Ellos habían conocido al auténtico Jesús y, sin embargo, Pablo se identificaba a sí mismo con Cristo: «Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí», y afirmaba: «Yo llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús». El respetado y santo Santiago le acusó de rechazar el judaísmo. Ni siquiera Pablo podía hacer caso omiso del hermano del propio Jesús. En el año 58 d. C. llegaba a Jerusalén con la intención de firmar la paz con la dinastía de Jesús.
La muerte de Santiago El Justo: la dinastía de Jesús

Pablo acompañó a Santiago al Templo a purificarse y rezar como judío, pero algunos judíos que le habían visto predicando en el curso de sus viajes lo reconocieron. El centurión romano responsable de mantener el orden en el Templo tuvo que rescatarle para evitar que le lincharan. Cuando Pablo volvió a salir a predicar, los romanos, creyendo que se trataba del «hechicero» egipcio fugitivo, lo encadenaron y lo llevaron a pie hasta el Templo donde iba a ser azotado. «¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado?» El centurión se quedó perplejo al descubrir que este visionario de mirada desquiciada era un ciudadano romano con el derecho de apelar a Nerón para ser juzgado. Los romanos permitieron que el sumo sacerdote y el Sanedrín interrogaran a Pablo, bajo la atenta mirada de una multitud encolerizada. Sus respuestas fueron tan insultantes que, una vez más, poco le faltó para que lo lincharan. El centurión, para calmar a la turba, envió a Pablo a Cesarea.
Las hazañas de Pablo podrían haber repercutido negativamente sobre la fama de los judíos cristianos. En el año 62, el sumo sacerdote Anás, hijo de aquel Anás que había juzgado a Jesús, hizo detener a Santiago, lo juzgó ante el Sanedrín y lo arrojó desde lo alto de la muralla del Templo, posiblemente desde el pináculo donde su hermano había sido tentado por el diablo. Santiago fue a continuación lapidado y recibió el coup de grâce con un martillo. Josefo, que vivía en Jerusalén, criticó a Anás y lo calificó de «salvaje», y explicó que, en su mayoría, los judíos estaban horrorizados: el hermano de Jesús siempre había sido respetado por todos. El rey Agripa II destituyó de inmediato a Anás. Los cristianos, no obstante, siguieron siendo una dinastía: la sucesión de Jesús y Santiago la asumió su primo, o hermanastro, Simón.
La cabeza de Santiago fue enterrada junto a otra cabeza jacobita, la del otro Santiago ejecutado por Agripa, en lo que se convertiría más tarde en la catedral del barrio armenio. De ahí que su nombre sea el plural, catedral de los Santiagos. Las cabezas de santos tendían a proliferar en los relicarios de Europa: otra cabeza (además de un cuerpo descabezado) del apóstol Santiago fue descubierta en España en el siglo x, y se convirtió en el centro del culto a Santiago de Compostela, un santuario vibrante todavía en la actualidad.
Pablo, mientras tanto, llegó a Cesarea donde fue recibido por Félix, el procurador, y por su esposa, la antigua reina Drusila, de la casa de Herodes. El procurador le ofreció la libertad a cambio de un soborno, y Pablo la rechazó. Félix en aquel momento tenía preocupaciones más urgentes: había estallado la violencia entre judíos y sirios y el procurador había aniquilado a una gran cantidad de judíos, motivo por el cual se le ordenó regresar a Roma, dejando a Pablo en prisión. Herodes Agripa II y su hermana Berenice, la antigua reina de Calcidia y de Cilicia (y supuestamente la incestuosa amante de su hermano), visitaron Cesarea para recibir al nuevo procurador, quien le ofreció al rey el caso del cristiano, lo mismo que había hecho Pilato antes que él cuando le envió Jesús a Antipas.
Pablo predicó la buena nueva cristiana a la pareja real, reclinada en <<gran pompa», adaptando hábilmente su mensaje a la moderación del rey: «porque tú conoces todas las costumbres y controversias de los judíos ¿Crees en los profetas, rey Agripa? Yo sé que crees en ellos».
«¡Un poco más, y me convences que me haga cristiano!», respondió el rey. “Podía este hombre ser puesto en libertad, si no hubiera apelado a César”. Sin embargo, Pablo sí había apelado a Nerón, y debía ir a Nerón.
Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore
