domingo, 11 de octubre de 2026
Estancia en Tierra del Fuego, 1918. Foto: Cándido Veiga

Un estudio publicado en 1936 en el Boletín del Departamento de Ganadería del Ministerio de Agricultura de Chile confirma que en 1878 se formaron los primeros establecimientos ganaderos en Magallanes. Asimismo, señala que en 1880 estaban los de “Enrique L. Reynard, en la isla Isabel; Cruz Daniel Ramírez, en las islas Magdalena y Marta; Mario Marius, en San Gregorio; José Menéndez, en San Gregorio; Enrique L. Reynard, en Oazy Harbour; José Nogueira, en Pecket Harbour; Carlos Fenton, en Cabeza del Mar; Tomás Fenton, en Cabeza del Mar; Tomás Saunders, en San Gregorio; Waldron y Wood y J. Meric, en Punta Delgada; M. A. Izannótegui y Elías H. Braun [punto de partida de las empresas de la familia Braun] en Cabo Negro” (citado en “Historia de la ganadería en la Patagonia”, La Prensa Austral, Punta Arenas, 4 de junio de 2016).

Ese informe confirma que las trescientas ovejas iniciales ya eran treinta mil ejemplares en 1883. En la tierra virgen del guanaco y el avestruz, las ovejas se multiplicaron como los panes y los peces del texto bíblico.

La fauna autóctona no será la única desplazada. El ganado ovino reemplazará a los reclusos de los penales. La entrega de tierras reafirma la autoridad territorial y ese será el nuevo paradigma de ocupación y progreso para los territorios australes.

Recordemos que partir de 1880, año de la división de tierras en Chile, la oveja invadió primero la comarca de Magallanes y la zona oeste de Tierra del Fuego; después, la frontera ovina se extenderá por las pasturas argentinas. Numerosas fueron las gestiones del capitán Carlos María Moyano, primer gobernador del Territorio Nacional de Santa Cruz (1884-1887), proponiendo a pastores ingleses y escoceses de Malvinas que ocuparan tierras argentinas en el sur del continente. Debido al sobrepastoreo en la isla y a la necesidad de contar con nuevas áreas de explotación para la industria textil, “la respuesta fue inmediata”, revela la investigadora Elsa Barbería. “En mayo de 1885 Moyano firma el primer contrato con una sociedad de británicos […] por una superficie de 200.000 hectáreas” a establecerse en los alrededores del puerto de Río Gallegos.

Años después, en 1894, en un viaje por la Patagonia Carlos Siewert describió cómo se había repartido la tierra en la comarca argentina:

“Mencionaré los establecimientos de los señores Hamilton, Eberbard, Saunders, Kark, Clark, Bitsch, Suárez, etc. Hablo de la parte sur solamente; se encuentran también grandes estancias al norte de la bahía Gallegos, donde se suceden los establecimientos de los señores Montes, Goodman, Redman, Felton, Halliday, Riveira, Rodd, etcétera”.

Como podemos observar, en la lista de estancieros no figuran colonos ni sociedades ganaderas argentinas. Son casi todos extranjeros y mayoritariamente británicos. El censo de 1895 confirma esta realidad: sobre un total de 87 estancieros, los ingleses y escoceses representan el 37%, los chilenos el 17%, los españoles el 16% y los argentinos solo el 11%. Sigue diciendo Siewert:

“Desde aquí se oyen casi exclusivamente voces inglesas y se cree que uno ha llegado a Old England, Escocia o por lo menos a las Malvinas; con excepción de los empleados de la ‘Capitanía’ (sede de la Subprefectura Marítima Argentina), todo es inglés: perros, ovejas, idioma, comida, bebidas, bueyes, vacas, ladies y gentlemen”.

El ingeniero Siewert había viajado al sur para realizar mensuras y reconocer tierras, una oportunidad para relatar la rusticidad de los pueblos patagónicos. Anotó que Río Gallegos tenía apenas unas veinte casas, un inoperable muelle, bajas temperaturas y que no había hoteles:

“La mayor parte de las casas son del gobierno, se encuentran además cinco o seis boliches que se llaman casas de comercio y un rancho con billar cojo, titulado: el Café. Hay también una especie de tronera, que se considera como la bodega, donde se ve sentada la partera del pueblo; hay toda clase de bebidas, las cuales se toman afuera, pues en el interior está continuamente encendida con mata verde una estufa sin caños, de la cual se desprende un humo picante, al que nadie puede resistir.

Otras curiosidades no se conocen en Gallegos, salvo que muchas mujeres llevan pantalones y montan a caballo al estilo de los hombres”.

 

Fragmento del libro “Mulato”, de Osvaldo Mondelo

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