lunes, 16 de febrero de 2026
Padre Constantino Saiz compartiendo un lunch con miembros de la Acción Católica

 

El Padre Constantino Saiz fue el primer cura párroco con permanencia en el pueblo. Anteriormente venía los fines de semana, pues era maestro del Colegio Santo Domingo de Trelew.

Tenía una habitación en el “Hotel Siguero” donde dormía. Era delgado, de baja estatura, siempre sonriente y su impecable sotana impedía ver sus cortos pasos cuando se trasladaba. Al cruzar la plaza rumbo al hotel parecía que se deslizaba sobre patines de hielo. Andaba con ambas manos entrelazadas a la altura del abdomen y saludando a cuanto vecino se cruzaba.

Sufría de sinusitis y mitigaba sus efectos inhalando rapé, que portaba en una pequeña cajita metálica (el rapé es tabaco en polvo).

Por iniciativa suya comenzaron a celebrarse, todos los segundos domingos de septiembre, las Fiestas Patronales de Madryn, en las que se llevaba en procesión por las calles céntricas del Pueblo la imagen del Sagrado Corazón. Constituía la fiesta popular más importante del año, a la que concurría muchísima gente y se fletaba un tren especial que salía de Rawson y pasaba por Trelew trayendo a las delegaciones y colegios de ambos pueblos.

Como la Parroquia dependía del Obispado de Viedma, vino en 1947 a encabezar la Procesión el Obispo Monseñor Borgatti, que había sucedido al fallecido Monseñor Ezándi.

Los domingos por la tarde, después de la bendición, nos amontonábamos en la sacristía. Nos sentábamos en el piso a ver películas de cine mudo que él mismo proyectaba con una máquina a manivela.

Al lado estaba la vieja cocina, pequeña y de chapa que mantenía pulcra Doña Fidela, la encargada de toda la parroquia, quien además oficiaba de sacristán. En un pequeño armario guardaba la loza, enseres y víveres, entre ellos la infaltable lata de leche condensada. Ese era el refugio en los helados días de invierno donde se impartían clases de catecismo. El patio era abierto y se podía entrar a cualquier hora.

Había una escalera que desde el patio subía al techo y desde allí al campanario, donde otra escalera conectaba con la cima de la torre en la que anidaban las palomas.

Fue el padre Saiz uno de los mentores del club Pucará, que funcionó en terrenos de la iglesia con una cancha de básquet.

Varias veces lo vi regalando zapatillas nuevas y ropas a chicos necesitados, asistiendo a enfermos en sus casas y acompañando a pie a su última morada a cuanto difunto había.

Fue el promotor de la construcción del nuevo templo.

Y como esto es historia y la historia tiene protagonistas, les cuento que un hombre, Don Juan Moore, que no pertenecía a la Iglesia Católica, donó varias bolsas de cemento para la construcción del nuevo Templo, algo así como que un hincha de Boca done cemento para la sede de River.

Un buen día el Monseñor Pérez, primer Obispo del Chubut, bendijo el nuevo templo.

Y el tiempo, inexorable tirano, se llevó al Padre Saiz, primero a Rawson al colegio Salesiano, luego a Bahía Blanca al Colegio La piedad y, ya viejo, una mañana fue llamado por Dios al que tan fielmente sirvió.

Por fin se acordaron de él y hoy una calle de este su pueblo lleva su nombre

 

Texto de “Puerto Madryn. Vuelo hacia el recuerdo” – Hugo Antonio Albaini

 

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