
Las vías férreas y la costa se constituyeron en las directrices principales del crecimiento de la ciudad. Este patrón se mantuvo hasta fines de la década del 50 y los primeros años de la década siguiente. En esos años se levantan las franquicias aduaneras, desaparecen las últimas empresas marítimas de cabotaje, desaparece la Compañía Mercantil del Chubut y finalmente cierra el Ferrocarril Patagónico.
A principio de los 60 se instalan en el pueblo algunas empresas textiles, amparadas por regímenes de exención impositivas. Luego de la mitad de la década cierran prácticamente la totalidad de las radicaciones industriales.
La población decrece por emigración, viviendo la comunidad años de incertidumbre.
La muchachada de entonces se divertía organizando “asaltos”, que consistían en concurrir a algún domicilio, que fuera amplio, portando bebidas y diversos bocados de exquisiteces que elaboraban las chicas de la “banda”. Allí se bailaba hasta el amanecer, donde participaba toda la familia del “asaltado”.
Esto se hacía porque según un edicto policial, los bailes públicos debían terminar a las 3 de la mañana, es decir en lo mejor del baile. Algunas veces se hacían en la casa de Bimboni, donde hoy funciona la Casa de la Cultura, otras en mi casa paterna.
En ambos domicilios, sitos en la misma calle, Roque Sáenz Peña, había sendos combinados de pie con cambiador automático, que funcionaban con discos de acetato de 78 rpm. con una capacidad de 10 discos donde se intercalaban, tangos, pasodobles y jazz. Parecido a los asaltos de ahora, donde los jueces ponen la música y bailan los asaltados.
Frente a la estación de servicio de la calle Yrigoyen y Zar funcionaba de noche el “Varieté” de Telésforo, donde se presentaban algunos artistas de varieté que andaban en gira por el sur. Parecía un típico bar del oeste americano, solo para hombres.
Allí concurríamos a reunirnos con los amigos y escuchar unos tangos.
Una noche, en medio del escenario, alumbrado sólo por una lámpara, una rubia teñida de pelo enrulado, desgranaba un tango con voz ronca, el resto del salón estaba en penumbras. De pronto un parroquiano muy conocido y que bebía jerez saca un revólver y dice: “esa lámpara me molesta”, y le dispara.
Texto de “Puerto Madryn. Vuelo hacia el recuerdo” – Hugo Antonio Albaini

