
La existencia de Buddug no se separó de la zona de Treorcky. Asistió a su pequeña escuela rural, donde tuvo como maestros a John Evan Jones y Arthur Roberts. En ese medio se casó, poco antes de cumplir veinte años, con George, oriundo de las Islas Malvinas.
Fue madre de diez hijos y crio, como otro de ellos, a una niña huérfana: Gregoria Moraña. Conoció repetidamente la estrechez. George se ausentaba al campo por largas temporadas: a chulenguear, a comprar y vender ovejas y caballos. Buddug quedaba entonces, con su figura erguida, al frente de la casa y la familia. Ordeñaba las vacas y vendía la manteca en Trelew. Mientras tanto, disciplinaba a sus hijos y les enseñaba el trabajo de la chacra.
La capilla de Treorcky la contó entre sus fieles, así como la Liga del Hogar. Se hizo de tiempo para asistir a los conciertos y reuniones culturales de su medio, donde se la identificaba por su voz de contralto.
El 21 de agosto de 1965, una vez más, George volvía a dejarla sola con sus hijos. Pero ahora partiendo definitivamente de este mundo. Y Buddug continuaría su estilo de siempre.
Por muchos años, amasó el pan de su mesa. Más tarde, preparaba tortas y tartas de fruta para los hijos que venían a visitarla los domingos. El orden la acompañaba: cada comida en su propio horario. No echaba llave a la puerta de su hogar: para que entrara quien deseara saludarla y, si ella no estaba, pudiera dejarle un mensaje en la cocina. Mantenía así una forma de vida forjada en épocas que, sin duda, añoraba.
Aunque parecía poco demostrativa, amó entrañablemente a los suyos. Su nieta Olga Patterson de Mirantes recibió de ella aliento para participar en la recitación en los eistedvods, y pudo hacerlo con delicadeza y calidad expresiva.
Cuando Buddug murió, la misma Olga comentaba: “Si la abuela hubiera podido seguir su propio entierro, seguramente habría dicho: Qué bien cantaron!”.
Texto de “Cien atuendos y un sombrero” – Albina Jones de Zampini

