
En la ciudad más austral se reunió con la plana mayor de la Marina. Desplegaron un mapa y los almirantes le mostraron a Roca el camino que recorrerían. Navegarían el Canal de Beagle hacia el Este, saldrían al océano Atlántico y bordearían la costa de Tierra del Fuego en dirección Norte hasta la boca del Estrecho de Magallanes. Se internarían en él hacia el Oeste pasando la primera y la segunda angostura hasta llegar a Punta Arenas. Roca no quedó conforme, buscaba sorprender a los chilenos. En realidad más que sorprender, quería atemorizarlos; quería demostrarles que su flota y sus capitanes conocían bien la zona donde se podría desarrollar una hipotética guerra entre las dos naciones.
-Este mapa no muestra la zona oeste de la Isla de Tierra del Fuego. Mi amigo, el Perito Moreno, me dijo que había un mapa antiguo que se sigue usando actualmente y que muestra claramente los canales laberínticos de esa zona -dijo el presidente.
-¿Usted se refiere a los mapas del capitán Fitz Roy? -preguntó uno de los almirantes.
-Aquí tenemos una copia -dijo el Comodoro Martín Rivadavia, ministro de Marina-. Buscaron y desplegaron el mapa. A pesar de que fue hecho hace más de sesenta años es notable lo exacto que es. Es el único relevamiento serio que se ha hecho de esa infinita red de canales.
-También me dijo que el capitán del Beagle anterior a Fitz Roy se suicidó porque pensaba que nunca iba a terminar de mapearlo -acotó Roca-. Moreno también me dijo que el viejo capitán llegó al mismo lugar que vamos nosotros pero por otro camino. Uno más complicado pero mucho más sorpresivo.
Sí, le ha dicho bien. Fue por el canal Magdalena -el Comodoro Rivadavia señaló un angosto canal que conectaba al Canal de Beagle con el Estrecho de Magallanes. No es fácil navegarlo, pero sin duda sorprenderemos.
-Nos guiará el viejo capitán -dijo Roca con una sonrisa.
Dos días después el poderoso acorazado O’Higgins, la joya de la Marina de Chile, esperaba a la delegación argentina a la entrada del puerto de Punta Arenas. El presidente Errázuriz y toda la plana de ministros miraban hacia el este por el Estrecho de Magallanes; en cualquier momento aparecería por allí un barco argentino.
-¿Quién viene por allá, desde atrás? -preguntó uno de los ministros al notar embarcaciones que llegaban de la dirección opuesta.
-¿Faltaba que viniera algún otro de nuestros barcos? -le preguntó Errázuriz a su ministro de Guerra.
El barco en cuestión parecía venir navegando desde el Pacífico a una gran velocidad y, si bien lo veían de frente, daba la impresión de tener un tamaño imponente.

-No, Señor presidente. No esperábamos a ningún otro barco -respondió extrañado el ministro.
De repente se vieron dos fogonazos, uno de cada lado de la nave, y un par de segundos después llegó el estruendo de sus poderosos cañones.
-¡Nos atacan! -dijo alguien preocupado.
-No -respondió un militar-, son de salva. Parece que nos saludan.
-¿Quiénes son?
Un tremendo silencio tomó cuenta de la delegación chilena hasta que algunos empezaron a entender lo que estaba pasando.
-¡Son los argentinos!
-¡Imposible! No pueden venir de ese lado.
-¿Cómo puede ser? -preguntó el presidente.
-Sólo me puedo imaginar que han venido navegando por los canales -intentó explicar el ministro de guerra.
-Pero usted siempre me dijo que era imposible navegar por allí.
-No sé qué decirle, Señor. Son difíciles de navegar, eso es seguro. Pero de alguna manera esta gente lo ha hecho.
-¡Eso sí que es preocupante! -dijo Errázuriz.
El grupo volvió a callarse cuando el barco en cuestión alcanzó su posición. Dio una amplia vuelta exhibiéndose. Todos enmudecieron. Era un acorazado impactante. Nunca habían visto cañones de ese calibre. Tenía lo último en armamento, a lo que se sumaba una envidiable velocidad y tamaño. Toda la tripulación argentina estaba formada en la cubierta superior. “Son como quinientos”, masculló el presidente. Al lado del Belgrano, el O’Higgins parecía obsoleto. En esos tres minutos todos los militares chilenos cambiaron de opinión respecto del poderío argentino. Definitivamente la situación no era la misma que cinco años antes
Fragmento del libro “El límite de las mentiras, la polémica vida del perito Francisco Moreno”, de Gerardo Bartolomé