domingo, 29 de marzo de 2026
Autovía, medio de transporte muy utilizado entre Sarmiento y Comodoro

En la primera semana de junio las lluvias, intercaladas con nevadas, continuaban en aumento. La creciente cortó la entrada por tierra a la isla, y gran cantidad de cerdos y algunas yeguas quedaron aislados y librados a su suerte. En el último viaje, debido a un desperfecto, el camión quedó detenido en las proximidades de la isla y, mientras el conductor fue en busca de un repuesto a Comodoro, la creciente inundó casi totalmente a Sarmiento aislándolo de las chacras.

Solamente por el autovía se podía llegar hasta el puesto donde había quedado el camión, cuya carga de cerdos había sido largada al campo. Pero había que descender del coche-motor en descampado, a unos quinientos metros del puesto, trayecto que debía recorrerse en la oscuridad de la noche por un terreno lleno de agua y huncales. El capataz Ortíz estaba avisado para que, a la hora, colocara un farol encendido en una ventana del puesto, a fin de que el chofer, al descender del coche-motor en la oscuridad de la pasada del autovía, pudiera guiarse por esa luz para llegar hasta la casa, sin peligro de desorientarse en ese terreno anegado.

Ya oscuro se detuvo el autovía en el lugar convenido, y el guardia le indicó al hombre que descendía entre tinieblas la dirección que debía seguir para llegar al puesto. El hombre bajó, llevando al hombro un bulto con las pilchas para dormir, que nunca abandonaba cuando salía a la campaña en invierno, y el autovía siguió viaje a Sarmiento, haciendo sonar la sirena para que los hombres del puesto se alertaran y encendieran el farol indicador, pero la luz no apareció.

Comenzó a caminar en la oscuridad, siempre con las pilchas al hombro y pisando agua y barro. Anduvo casi una hora totalmente perdido. Volvió a la vía en tres oportunidades y siempre sin señales de la casa ni de la luz que debía orientarlo. Finalmente, ya cansado, y ante el peligro de precipitarse en alguna laguna, tropezar con alguna camada de cerdos dormidos o ser perfumado por algunos zorrinos que merodeaban por los senderitos más o menos secos y que se resistían a dar paso por no mojarse, el hombre optó por tender sus pilchas y dormir hasta que amaneciera.

En vista de que todo el terreno estaba mojado, optó por afrontar la dureza de los durmientes, y tendió su cama en plena vía del ferrocarril, sabiendo que el coche-motor no regresaría de Sarmiento hasta el día siguiente a las 9 de la mañana. Tenía sueño, pero una vez acostado le era imposible dormirse.

Dos horas después de estar abrigado entre las pilchas, el sueño no llegaba. Tenía seguridad de que no había coche-motor en la noche, pero pareciera que un oculto presentimiento le insinuara que no se hallaba en buen lugar… A las tres horas, ya furioso por no poder descansar, levantó las pilchas y en un lugar no muy seco, al costado mismo de la vía, vatiéndose de algunos pedazos de huncos y de los cojinillos lanudos, formó una cama y a los 10 minutos ya estaba profundamente dormido.

Habría dormido una hora cuando un ensordecedor estruendo de motores y de hierros lo despertó y en el mismo instante una luz refulgente y una sombra fugaz pasaron sobre él. Junto con el despertar le vino el recuerdo de que estaba durmiendo en la vía, y dió un grito de miedo, saliendo de la cama de un salto, pero cuando ya la luz y ruido del autovía habían pasado y se alejaban hacia la estación Colhue-Huapi. Quedó temblando, y un sudor frío lo cubrió hasta que se metió de nuevo en las pilchas. Aún así tuvo algunas convulsiones de miedo.

¿Qué había pasado? ¿Por qué el autovía regresaba a tan altas horas de la noche? ¿De dónde provenía ese secreto aviso que le impedía dormir?…

Las noches son largas en junio, y recien cuatro horas después del susto, ya cerca del amanecer, tomó un sueño sobresaltado. Despertó a la media hora, por el ladrar de los perros. Ya era de día y, a menos de trescientos metros estaba el puesto, de cuya chimenea salía humo. Llegó. El capataz y los peones, que rodeaban el fuego, tomando mate mientras se hacía el asado. Le hicieron chistes por la extraviada y dormida a campo. No contó el susto. No hay en el mundo mejor menú que un asado con buenos tragos de vino para esos casos. Al día siguiente se entero en Sarmiento de que, cuando el coche-motor llegó para pernoctar, se le dió aviso de que la creciente volvía a aumentar y que el autovía corría riesgo de quedar aislado de Comodoro Rivadavia. Entonces resolvieron regresar de inmediato hasta la estación Colhue-Huapi, donde la inundación no llegaría y, en los días subsiguientes, trasportar los pasajeros en las zorras con mula, para que tomaran el autovía en ese punto.

A esto se debió el inesperado paso del autovía, tan fuera de horario.

La impresión sufrida fue tal que, por muchos años, el hombre no podía dormir sobre una vía ferrea, aún cuando ésta estuviera cortada, abandonada, y no hubiera una máquina en cien leguas a la redonda.

Ya estaba cortado por las aguas el camino de salida para el camión aislándolo totalmente, pero por suerte se hallaba cerca una cuadrilla de obreros ferroviarios, y con ella el capataz de Vías y Obras, el veterano búlgaro Teodoro Trifonof, pionero de la construcción del ferrocarril a Sarmiento, quien dio permiso para que el camión pudiera transitar sobre las vías, en un tramo de diez kilómetros, hasta llegar a la Estación Colhue-Huapi…

La creciente fue muy grande, y hasta que la presión del lago logró romper los enormes diques de arena acumulada que obstruían su desagüe por el Río Chico, sus aguas habían subido tanto, que Sarmiento soportó la inundación de sus calles con muchos daños. Más de trescientos cerdos que habían quedado en la isla de Ibarguren se ahogaron y sus cuerpos fueron a salir por la desembocadura del Río Chico, que ese año corrió caudaloso.

 

 

Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón

Material proporcionado por la Biblioteca Municipal Domingo Sarmiento de Puerto Madryn

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