Las tensas relaciones entre Brasil y la Argentina estaban en un punto complejo a comienzos de 1912. Por ese motivo, el presidente Roque Sáenz Peña echó mano a la carta que le permitiría salvar las diferencias. Había una persona capaz de encauzar la relación una vez más. El argentino que más conocían los brasileños. El argentino que más querían nuestros vecinos. El argentino más astuto. Julio Argentino, “el Zorro”, Roca.
El gran canciller de las relaciones bilaterales se hallaba en edad de disfrutar de sus continuos viajes a Europa y de sus nietos cuando fue convocado por el presidente. De hecho, estaba a punto de volver a cruzar el Atlántico en busca del buen clima de Biarritz y demás ciudades veraniegas del viejo continente. Pero el deber lo llamó y él atendió el llamado.
Horas antes de partir a Brasil, Roca se reunió con Sáenz Peña. Ultimaron detalles de la misión que duraría varios meses. Una solemne comisión de despedida y gran cantidad de ciudadanos se agolparon en el puerto para saludarlo. Los pañuelos blancos se agitaban de la misma manera que iban a hacerlo a su arribo a Río de Janeiro. El pueblo carioca daba la bienvenida al amigo de Brasil, aquel que los había visitado en la espectacular gira de 1899; el mismo que había sido anfitrión en Buenos Aires del entonces presidente Campos Salles en octubre de 1900.
Como era de suponer, no tardó “el Zorro” en ponerse en el bolsillo a todos. Los llenó de halagos con aquellas evocaciones de apenas una docena de años atrás, cuando no había naciones más fraternas que la Argentina y Brasil.
La reconciliación era un hecho y se acercaba el broche final, que tendría lugar en una fecha cara para el patriotismo de nuestros queridos vecinos (aunque adversarios de primer nivel en el fútbol). Se trataba de la conmemoración del Grito de Ipiranga, nada menos que el 90º aniversario del 7 de septiembre de 1822, cuando a la margen del río Ipiranga se estableció la independencia de Brasil, mediante el grito de… “Ordem e Progesso”? No: “Independencia o Muerte”.
La de Brasil fue una celebración de enormes proporciones que en realidad se había iniciado la noche previa con una fiesta en el Palacio de Catete. Era la casa de gobierno de Brasil en Petrópolis, al norte de Río de Janeiro, antes de que mudaran la capital a Brasilia. En la víspera del nonagésimo aniversario del Grito de Ipiranga se hizo una recepción allí en honor de… ¡Julio Argentino Roca!. Matizada con declaraciones del canciller brasileño Lauro Müller, quien también gritaba. En este caso, que había que destruir de una vez el fantasma que se interponía entre la Argentina y Brasil. ¿Cómo fue la fiesta? El presidente Hermes da Fonseca llegó al Palacio a las 10 p.m. y envió a su edecán en busca de Roca, quien aguardaba en el hotel. El recibimiento al diplomático argentino fue apoteótico. La concurrencia era de tales proporciones que no había salón donde se pudiera bailar. El general Roca se retiró a la 1:40, mientras algunos argentinos – Florencio Parravicini y señora, Germán de Elizalde, el coronel Artemio Gramajo- siguieron celebrando. A las 2:50 terminó el festejo y al día siguiente vendría la catarata de actos por el Grito de Ipiranga.
Allí estaba Roca encabezando la comitiva argentina y participando de los festejos, ni más ni menos que en el Parque Ipiranga donde marcharon diez mil estudiantes que entonaron, con la mano en el pecho, el himno de la nación hermana. Se realizó un aplaudido espectáculo de la incipiente aviación y desfile de fuerzas vivas, con algunos disturbios porque el público era tanto que no lograban mantenerlo a raya. Para la Argentina hubo una excelente noticia. Partieron dos vapores —el Malvinas y el Dálmata- transportando a nuestro país 51.206 cachos de bananas. En esa época, a los racimos de bananas se los denominaba “cachos”.
Mientras tanto, otro grupo de argentinos representaba al país en la ciudad de San Pablo. Se trataba del combinado de la Asociación de Fútbol Argentino. El festivo 7 de septiembre, aguaron un poco la alegría brasileña por la conmemoración: el partido del día de la independencia de Brasil terminó 6 a 3 a favor de los argentinos. Pero el fútbol siempre da revanchas. En este caso, se trataba de enfrentamientos a realizarse en Río de Janeiro, frente a las autoridades nacionales.
El 10 de septiembre, el poderoso equipo argentino arribó a la estación de tren de Río de Janeiro, en donde fue recibido por los integrantes del club Fluminense. Se abrazaron, se felicitaron y los brasileños acompañaron a los huéspedes hasta el hotel. Al día siguiente, los argentinos les ganaron 4 a 0. Dos días más tarde les tocó jugar contra un combinado de futbolistas ingleses que actuaban en Brasil. El resultado no hizo honor a los inventores del juego: argentinos 9, ingleses 1. Sin dudas, los hermanos Juan, Jorge y Ernesto Brown, el arquero Wilson, Hayes, Susan y el resto del combinado argentino (que incluía apellidos latinos como Chiappe, Fernández, Ohaco y Viale) estaban varios escalones por encima del nivel de los contrincantes.
De todas maneras, el día D del fútbol argentino sería el 15, la tarde en que enfrentarían al combinado de Brasil, delante del presidente Da Fonseca, el canciller Müller, los ministros, la comitiva encabezada por Roca y demás invitados especiales. Era lógico suponer que el esfuerzo por la gira del equipo de los Brown podía hacerles disminuir el rendimiento. De hecho, el 9 a 1 frente a los ingleses no sólo había sido el día anterior -lo que limitaba la recuperación física, sino también en campo pesado por la lluvia: cuentan las crónicas que en la goleada a los británicos mucho tuvo que ver que estos, más que correr la cancha, la patinaban.
El 15 de septiembre de 1912 a las 15:35, ante siete mil espectadores (una multitud para el fútbol de aquel tiempo), los equipos ingresaron a la cancha. Se cantó el himno de Brasil, coreado por los cariocas que agitaban con sus dos manos pequeñas banderas brasileñas y argentinas. Acto seguido, el combinado argentino se plantó frente al palco oficial y dio tres hurras por Brasil.
Arrancó el partido. Ataque de los Brown bien contenido por los locales. La tribuna aplaudía a las dos selecciones. Fair play ejemplar. Brasil pasó a ganar el combate del mediocampo y comenzó a ejercer presión sobre la valla de Wilson. Pero les faltó definición. A los diecisiete minutos, el argentino Hayes les demostró que los goles que se pierden en un arco se convierten en el otro. Uno a cero para la Argentina, ovación de los siete mil espectadores, abrazos y ¡aplausos del equipo brasileño! Sí, señor: “Del equipo”. Tres minutos más tarde, Susan puso el marcador 2 a 0. Aplausos, aunque no tantos. Eso sí: las banderitas de los dos países seguían coloreando las tribunas. ¿Qué ocurrió entonces? La crónica del periodista del diario La Nación es elocuente: “Estos dos tantos, lejos de desanimar a los locales, los acicatearon más hasta equilibrar el juego, obteniendo varios córner infructuosos”. Volvió a cumplirse la regla de los goles errados: a los treinta y siete minutos, Hayes hizo el tercero. Y ya no fue coronado con muchos aplausos. Y ya comenzaban a desaparecer las banderitas argentinas. Y ya las caras de los jugadores brasileños, que estaban siendo humillados en las narices del presidente, no parecían amigables.
Terminó el primer tiempo, los equipos se refugiaron en los vestuarios y Roca aprovechó para ir a saludar a sus gladiadores. Los felicitó, les halagó el juego, comentó un par de situaciones y, poco antes de salir del vestuario, tomó del brazo al capitán argentino, Jorge Brown, y les dijo a todos en forma paternal: “Muchachos, Brasil está de fiesta, hoy tienen que perder. ¡Háganlo por la patria!”, y se marchó. Los argentinos demoraron en salir al campo de juego. Estaban deliberando.
Dos nuevos goles de Hayes sellaron el resultado. Fue 5 a 0. No perdieron el partido, lo que significa que no le hicieron caso al “Zorro” Julio A. Roca, pero sacaron el pie del acelerador. Si no, hubiera sido una goleada humillante.
A la mañana siguiente, Roca y el canciller brasileño Müller firmaron los protocolos de amistad.
Un año más tarde, en septiembre de 1913, el general Roca donó una copa, la Copa Roca, que se pondría en disputa todos los años, entre un equipo brasileño y otro argentino. Fue el antecedente de la Copa Libertadores de América. Se jugó doce veces entre 1914 y 1976. Quedó en poder de los últimos campeones, los brasileños.
Texto de “Historias inesperadas de la historia Argentina” – Daniel Balmaceda

