
El 2 de diciembre de 1883 la Santa Sede había designado al padre José Fagnano Prefecto Apostólico de la Patagonia Austral. La toma de posesión de su nuevo campo de acción se demoró porque varios asuntos lo retuvieron en Patagones. Solucionados, se despidió de los maragatos. Dejaba muchos sudores derramados en sus arenosas calles; muchas semillas sembradas en su fértil gleba; muchas lágrimas vertidas en silencio… Y dejaba también frutos: cuatrocientos niños y niñas recibían educación cristiana en los colegios que funcionaban en ambas márgenes del río; más de cinco mil aborígenes ya eran cristianos.
Tenía ahora por delante una gran empresa, debió pensar en los medios de realizarla. Don Bosco le envió diez mil francos y como en Buenos Airea acababa de cuestar para saldar sus deudas de Patagones, pensó recurrir a la generosidad de los chilenos, pues su Prefectura Apostólica comprendía también el sur de Chile.
Pero necesitaba conocer aquella legendaria región para trazar un plan concreto de evangelización y de trabajo. La Providencia le brindó la oportunidad. El ministro de Guerra había dispuesto que se explorara Tierra del Fuego, tarea que fue confiada al capitán Ramón Lista. Cuando el padre Fagnano supo de esa expedición, inmediatamente pidió y obtuvo autorización para formar parte de la misma. El 31 de octubre de 1886 se embarcaba en el Villarino.
Tres semanas después se encontraban en la bahía San Sebastián donde desembarcaron. La mañana del 25 de noviembre el jefe de la expedición salió con un grupo de soldados a efectuar un reconocimiento. Descubrieron una toldería recién abandonada; poco después dieron alcance a los indios y les cortaron la retirada. Eran unos 40, en su mayoría mujeres y niños. Viéndose rodeados se refugiaron en un espeso matorral desde donde comenzaron a arrojar sus flechas de madera. Como no se rendían, Lista ordenó efectuar disparos al aire para intimidarlos; pero los indios respondían con flechas, una de ellas vino a herir al capitán en la sien izquierda; ordenó entonces el ataque y en poco tiempo quedaron dueños de la situación. Sobre el terreno yacían veintiocho cuerpos indígenas.
El padre Lino del Valle Carbajal trae sobre este luctuoso suceso la siguiente referencia que recogió del capitán Federico Spurt, comandante del Villarino: “El padre Fagnano, que era el capellán de la expedición, al oír los disparos, corrió al lugar. Allá encontró al jefe, 25 soldados y algunas infelices indias heridas, que proferían gritos y lamentos. Entonces el sacerdote Fagnano se convirtió en un héroe. Acercóse con decisión al jefe de la Expedición y con palabra franca le reprochó su proceder. Nosotros temíamos por su vida, porque el jefe, ora se encendía en cólera, ora palidecía ante el hombre de Dios, que en medio de la soledad del desierto levantábase como un profeta para condenar la crueldad. 25 fusiles estaban prontos para, a la menor señal, descargarse contra aquel pecho denodado. Desde entonces -concluye el ilustre marino-he comprendido que Mons. Fagnano es un héroe digno de admiración”. Inicio nada halagüeño en su nuevo campo de Misión.
En sus cartas Mons. Fagnano nunca menciona este episodio y a Don Bosco se lo ocultó. Cuando por relaciones posteriores se enteró que habían capturado indios para que sirvieran de guías y ayudasen a llevar los bagajes, y que en la refriega habían muerto algunos, se lamentó amargamente terminando por decir: “¡Quiero que mis misioneros vayan solos, sin escolta armada! De otro modo su predicación será sin fruto alguno. ¡Era mejor no ir que ir de esa manera!”.
Mons. Fagnano sobre este hecho sólo consigna lo siguiente: “El Dr. Segers se esmeraba mucho en cuidar a los enfermos y muchas veces se lamentaba del mal proceder de quienes habían cometido ese atropello contra gente indefensa y casi desnuda, que huía de ellos y que nada habían hecho contra ellos. El hecho de que no hubiesen capturado un solo hombre y las heridas de sable en las espaldas de las mujeres eran poderosas razones en favor del médico”.
El doctor Segers en varias oportunidades se queja de los malos tratos usados con los indios, llegando a “asegurar mujeres y niños en el cepo de campaña, atándolos unos a otros por los pies con una larga cuerda”. Ya había perdido vigencia aquella disposición de Felipe II promulgada en 1593: “Ordenamos y mandamos que sean castigados con mayor rigor los españoles que injuriaren u ofendieren o maltrataren a indios, que si los mismos delitos se cometiesen contra españoles y los declaramos por delitos públicos”. Nuestros liberales hombres del siglo XIX con hacer altisonantes declamaciones sobre libertad, igualdad, respeto a las leyes y los derechos humanos se creían los hombres más civilizados, aunque no llegasen más allá de las palabras.
Los que defendieron las vidas y derechos de los pobladores patagónicos autóctonos en aquella edad heroica no fueron los teóricos de buffet, sino aquellos misioneros, émulos de los primeros Apóstoles, que se habían hecho todo para todos y no retrocedían aun ante las circunstancias más adversas.
Fragmento del libro “Patagonia, tierra de hombres”, de Clemente Dumrauf
