domingo, 1 de febrero de 2026

 

El día lunes 29 de noviembre de 1881, se inauguró la escuela a mi cargo. Había alrededor de veinticinco alumnos, lo que era bien suficiente para la capacidad del salón. Los niños variaban mucho en edad y variaban más aún en su educación anterior. Ello creaba dificultades para clasificarlos en grupos más o menos adecuados. Solamente en galés permitía la comisión que se impartiera la enseñanza y ello agregaba dificultades debido a la escasez de libros de textos adecuados. El único libro de lectura disponible, aparte de la Biblia, era uno preparado a tal efecto por el Sr. R.J. Berwyn. Era buen libro aquel, porque se refería a cosas que los niños conocían y se interesaban por ellas. Escaseaban también las pizarras, pero en esto era más afortunado que el amigo Berwyn, en su escuela de Trerawson en los primeros días de la Colonia. Las únicas pizarras de que disponían entonces eran las piedras lisas traídas desde las lomas y en ellas se dibujaban letras y números utilizando tiza en vez de lápices. Lectura, aritmética, geografía, historia con un poco de matemáticas para el grado superior eran las materias que se trataban de enseñar en la escuela. Al principio los alumnos eran un poco revoltosos, pero pronto llegamos a entendernos y me fueron muy queridos. Tenían condiciones excelentes, sólo era necesario fomentar y desarrollarlas. El mejor modo que encontré para ello fue despertar en ellos su curiosidad y entusiasmo. Si el maestro mismo no es entusiasta y sabe crear el mismo entusiasmo en sus discípulos, creo que es imposible que tenga con ellos el éxito debido.

Eran muy originales algunos juegos de los varones. Uno de ellos era jugar a los indios. Para ello se repartían en dos bandos, todos ellos armados de un trozo de madera de unas dieciocho pulgadas de largo que representaba una espada. Un bando iba a esconderse entre los montes y los otros jugaban despreocupadamente en un espacio abierto. Mientras estos jugaban, los del otro bandos se arrastraban sigilosamente y sin hacer ruido hasta llegar tan cerca posible de ellos sin ser vistos y de improviso caían sobre los mismos atacándolos con las espadas de madera. Los otros se defendían con las mismas armas y se trababan en una viva lucha. Lo que se procuraba era tocar a uno del bando opuesto con la punta de la espada de madera y se esperaba que el que sería tocado se tirara al suelo y permaneciera acostado allí hasta el final de la lucha. El bando que tenía más “hombres” en pie al terminar la lucha era el que ganaba. A veces, alguno de los caídos se levantaba, pero pobre de él si los demás se daban cuenta de ello.

TOMADO DE “A ORILLAS DEL RIO CHUBUT EN LA PATAGONIA”, DE WILLIAM M. HUGHES, (CAPITULO IV).

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