
En torno a la estación de ferrocarril se instalaron la casa matriz de la Cia. Mercantil del Chubut, en 1888, y varios comercios de ramos generales que, además, actuaban como acopiadores de cereales e importadores; molinos harineros que producían harina y subproductos con el trigo valletano; herrerías y carpinterías que, entre otros trabajos construían y hacían el mantenimiento de los “wagons” o vagones, carros de cuatro grandes ruedas, que tirados por mulas realizaban el transporte al interior, barracas de “lanas y frutos del país”, que a medida que se extendía la cría de ovinos en la meseta esteparia realizaban el acopio y exportación de lanas, cueros, cerdas, plumas y pieles finas; los paraderos de las tropas de carros que traían desde el interior los frutos del país y leña, y que regresaban luego con mercancías en un “viaje redondo” que podía insumir más de dos meses; fondas y pensiones para los viajeros; bares, timbas, y prostíbulos que tuvieron, hasta la década de 1930, una función social y un rol económico no desdeñable en una sociedad de inmigración con una alta tasa de masculinidad. La Compañía construyó el puente Hendre sobre el río Chubut, con peaje, frente a Trelew, para facilitar el acceso de los colonos de la ribera opuesta.
La conexión ferroviaria del valle cultivable con el puerto de embarque se tradujo también en una importante valorización de las chacras: “El valor de una parcela (de 100 hectáreas) subía desde 100 pesos en 1870 a 700 en 1880 y hasta 5.000 en 1890”.
Esa valorización de la tierra inducía a su vez la inversión en maquinarias y equipos tecnológicamente avanzados (arados, rastras, guadañadoras, engavilladoras, trilladoras, enfardadoras, etc.) que, en general, se importaban desde EE. UU.
En la última década del siglo XIX, la colonia agrícola del Valle del Chubut era la más avanzada tecnológicamente y con el mayor nivel de equipamiento mecánico de Sudamérica, y una muestra de trigo local obtuvo medalla de oro en la exposición internacional de Chicago 1892.
Fue precisamente en el cambio de siglo que se dio la primera inundación arrasadora que debieron soportar los colonos: En 1899 una avenida descomunal, que cubrió el valle de barda a barda, destruyó construcciones y sistemas de riego, arrastró cosechas, cubrió las áreas urbanas de Gaiman y Rawson, y solamente quedó a salvo el área urbana de Trelew, sabiamente localizada por la compañía ferrocarrilera no en el valle sino en un escalón intermedio en la base de la barda, y que en la emergencia se transformó en capital transitoria y sede del gobierno territoriano.
El fenómeno se repitió en 1901 y 1902, cuando los colonos estaban terminando de reparar los daños sufridos, y dejando como enseñanza que semejante calamidad no era una posibilidad remota sino un componente natural recurrente.
Una de las consecuencias fue que parte de los colonos se desanimaron y se alejaron, radicándose en Canadá, Brasil u otros lugares de Argentina. Pero el otro resultado fue que la gran mayoría se quedó, e hizo el aprendizaje de lo que cabe denominar “cultura de inundaciones”, consistente en organizarse solidariamente para reforzar las riberas del río, construir obras de defensa, colaborar con los damnificados e investigar y reclamar las obras para paliar y evitar ese desastre, que hasta la construcción y habilitación del dique Florentino Ameghino, se les presentó no menos de dos veces por década.
Fragmento del libro “Trelew y su hinterland 1889-1999”, de Horacio Ibarra y Carlos Hernández
