Un análisis de las grandes transformaciones que están ocurriendo en el mundo, de lo cual Venezuela es apenas un símbolo más, pero altamente expresivo. Lo que está muriendo hoy no es el mundo de la posguerra, sino el que se inició en los años 90 cuando se creyó que la democracia liberal y el capitalismo, en irrenunciable unidad, habían triunfado definitivamente en todo el mundo. Pero lo que está triunfando es una cosa muy distinta.

Así como Cuba es el museo decadente de una revolución definitivamente muerta y enterrada, Venezuela había devenido en su Meca, en una especie de popurrí donde adentro estaban (y siguen estando) parapetados en supuesta guerra contra el imperialismo yanqui: cubanos, iraníes, musulmanes, rusos, chinos, progresistas y wokes de toda laya (aunque estos últimos más bien apoyando desde afuera, porque adentro también los reprimen). A Trump lo que le interesa es que de a poco se vayan yendo todos éstos, aunque el régimen siga y que la dictadura venezolana -mientras se va convirtiendo en dictablanda- pase a ser supervisada solamente por el nuevo protectorado de Trump (Un protectorado dice la IA “es una relación entre dos Estados donde uno (el protector) ejerce control sobre asuntos exteriores y defensa de otro más débil (el protegido), quien mantiene gobierno interno. Históricamente, fue una forma de administración colonial, pero también se usa hoy en día, a veces de forma eufemística o como protectorado de facto”).
A Trump le importa tres pepinos la ideología, cualquier ideología, ni la tiene, ni la siente por dentro ni la pregona por fuera (uno de los pocos de los suyos que sigue librando batallas ideológicas y culturales es Milei porque todavía no se enteró de esta novedad histórica y por eso sigue apoyándose teóricamente en ideólogos cavernícolas de otra era, como Murray Rothbard, Walter Block y Benegas Lynch). Tampoco le interesa el globalismo, es un nacionalista que va dejando de lado todos los compromisos de EEUU en el mundo (ya sea como dominador imperial o como aliado o socio) aunque no su intromisión en todas partes. Es un nacionalista expansivo, quiere proteger los intereses vitales de su país y para eso, y para competir con China, necesita que América Latina sea enteramente suya, gire bajo su única órbita.
Así como EEUU necesitó a Europa Occidental en la segunda mitad del siglo XX para que le sirviera de muralla al avance del comunismo soviético y para eso les creó el Estado Benefactor con el plan Marshall, ahora EEUU necesita que China no se le infiltre por su patio trasero y por eso la importancia geopolítica hacía América Latina que hace décadas ningún gobierno yanqui nos dio, ni para dominarnos ni para ayudarnos. Trump quiere hacer con nosotros las dos cosas. Simbólicamente ya ofreció muestras de ambas: se comprometió con una especie de neo Plan Marshall hacia la Argentina si votaban a Milei y le secuestró nada menos que su presidente a Venezuela para obligar al régimen a postrarse a sus pies. Salvó al bueno y castigó al malo, todo con el fin de hacer grande a su país otra vez.
De la posguerra al fin de la historia
Ahora bien, hay una idea que se repite por doquier estos días con la que este artículo quisiera debatir: la de que estamos viviendo el fracaso de los acuerdos que crearon el mundo de la posguerra a partir de 1945. Es cierto, están volando por los aires (por su impotencia absoluta) todas las instituciones internacionales gestadas en ese entonces. Pero esas instituciones son solo una parte relativamente pequeña de la nueva era mundial que gestó el final de la segunda guerra mundial: la de la alianza militar, política y económica entre EEUU y Europa y la de la guerra fría entre dos sistemas ideológicos en feroz pugna, uno liderado por EEUU y el otro por Rusia.
Lo que pocos dicen es que esa era de la posguerra fue exitosa desde que empezó hasta que terminó. Empezó, sí, en 1945, pero terminó no ahora sino entre 1989 y 1991 cuando el mundo occidental capitalista se impuso sobre el imperio soviético y el comunismo como sistema universalista alternativo, por la implosión de la URSS. Algo tan importante como lo que ocurrió a fines de la segunda guerra mundial. Y entonces apareció otra era en 1990: la que se popularizó como la de “el fin de la historia”. idea que divulgó el escritor Francis Fukuyama, queriendo expresar con ese término que la guerra definitiva la había ganado Occidente y que por lo tanto por ser superior no solo en poder físico sino en concepción filosófica de allí en más lo único que quedaba era inculcar en la humanidad entera las únicas dos ideas políticas que habían quedado en pie: la democracia liberal y el capitalismo económico. Enfrente de esa única concepción universal aún quedaban, admitía Fukuyama, dos enemigos, pero “particularistas”, o sea sin posibilidad alguna de competir con EEUU y con el capitalismo por el dominio del mundo como en su momento lo hizo el nazismo y luego el comunismo. Ellos son los fundamentalismos religiosos y los nacionalismos autoritarios. Los únicos dos enemigos con los cuales la naciente globalización iría acabando poco a poco.
En pocas palabras, para quien esto escribe, la alianza entre el Estado Benefactor europeo y el capitalismo liberal norteamericano desde 1945 hasta 1989 fue un rotundo éxito. Terminó, es cierto, pero no ahora sino a principios de los años 90 y no por haber fracasado sino por haber triunfado absolutamente al hacer implosionar al comunismo entero (algo que casi nadie imaginaba que podría pasar) y entonces ya no era más necesaria la alianza con Europa porque había desaparecido el peligro comunista. Pero es mentira que fracasó, por el contrario, llegó a una culminación exitosa.
Así, lo que ahora estamos viendo, no es el fracaso de la era de la posguerra, sino la de la ilusión del fin de la historia que la caída de la URSS produjo en Occidente. Y no sólo en Occidente porque hasta Gorbachov que era ruso y había sido comunista fue uno de sus principales apóstoles, quien tenía la fe ciega del converso de que Rusia apenas desmantelado el régimen soviético, devendría en una democracia republicana liberal más.
Sin embargo, hubo alguien que se avispó una década antes de que esto podría llegar a pasar y por eso desde 1978, empezó a reconvertir en capitalista el sistema comunista desde adentro: fue China comandada por Deng Xiaoping luego de la muerte de Mao. Lo hizo tan extraordinariamente bien que fue la única potencia que no se “mareó” por la caída de la URSS en los 90 ni está sufriendo ahora por la nueva era que intenta hegemonizar Trump y junto a él, al decir del escritor italiano Giuliano da Empoli, los nuevos depredadores que están acabando con el sistema global instaurado luego de la caída de la URSS y con las instituciones internacionales existentes desde la posguerra. La llegada de los depredadores ha conmovido al mundo porque estos están barriendo con todo lo que queda del viejo sistema pasándole una aplanadora por arriba, pero sin ofrecer a cambio nada más que la mera destrucción, sin proyecto alguno, sin utopía, sin nada más que el nacionalismo expansivo como nueva ideología de los viejos imperios. O sea, que cada uno se salve como pueda, y los poderosos primero.
Por lo tanto, lo que hoy estamos viendo no es la caída del sistema creado después de la posguerra (aunque sí de las instituciones supranacionales que lo sostenían, pero ellas nunca tuvieron poder real, el poder real fue la alianza entre EEUU y las naciones europeas occidentales), lo que estamos viendo es la caída del régimen que lo sucedió: el del fin de la historia, el del Consenso del Washington, el de la globalización, el de querer llevar a todo el mundo la democracia liberal y el capitalismo como único sistema universal sobreviviente, que supuestamente solo tenía enfrente enemigos particularistas: las nacionalismos y autoritarismos que aún sobrevivían, y el islamismo fundamentalista que era el más peligroso, lo cual a la larga fue cierto.
Ese régimen del fin de la historia demostró su inviabilidad con Irak y Afganistán al creer que allí se podría imponer la democracia occidental a la fuerza. O al creer que Rusia quería la democracia occidental y que Gorbachov y Yeltsin la impondrían pacíficamente. Todas las ilusiones de deseo del fin de la historia volaron por los aires no tanto con las torres gemelas porque se esperaba alguna reacción fundamentalista, pero sí con la debacle de 2008 que dejaría al capitalismo en un limbo (viéndose obligado, para que no se cayera el sistema en apoyarse en los mismos bancos y en los mismos Ceos que hicieron explotar por dentro el sistema por su fenomenal incompetencia para armar algo mejor que un capitalismo global meramente financiero y especulativo). Luego de ese fracaso, de que llegaran los Trump era solo cuestión de tiempo.
Donald Trump es la reacción brutal y bestial a ese capitalismo confundido e impotente. Y ahora, con el secuestro de Maduro podríamos hablar de la caída simbólica, de la mayor expresión gráfica del régimen del fin de la historia. Que es una verdadera paradoja: porque la progresía mundial, cuando llegó Chávez al poder (y con él toda la horda de incompetentes de izquierda incluyendo a los Kirchner) creyeron que el fin de la historia propuesto por Fukuyama fracasaría por izquierda, con el triunfo de ellos. Pero ocurre que el fin del fin de la historia no lo están haciendo los progres, sino los ultraderechistas de todo el mundo.
Los fundamentalistas y los nacionalistas
Fukuyama tenía razón en el peligro del fundamentalismo musulmán, que es particularista, aunque quisiera conquistar el mundo. En realidad, se trata de una civilización cinco siglos atrasada, a la cual el régimen del fin de la historia no pudo neutralizar. Pero la nueva era de los depredadores la está arrinconando, tanto en Palestina como en Irán como en todo Medio Oriente. Es previsible que de a poco deje de ser el peligro explosivo que hoy sigue siendo porque nunca como hasta ahora se la combatió tan ferozmente. En particular, si se sigue descabezando a sus organizaciones, exterminando a todos sus dirigentes mediante drones explosivos y otras tecnologías de ese tipo.
Sin embargo, los nacionalismos particularistas de los que hablaba Fukuyama ya no son particularistas. Ahora los dos grandes imperios que se dividieron el mundo hasta 1989 ya no buscan seguir siendo imperios clásicos sino nacionalismos expansivos, que más que conquistar el mundo como quiere todo imperio, solo quieren defender su espacio vital apoderándose de todos los territorios ajenos que supuestamente alguna vez les pertenecieron, en la medida en que se lo permita el poderío de su garrote o de sus bombas o de su dinero (comprar Groenlandia, por ejemplo). Putin quiere reconstruir el imperio ruso histórico llevando sus fronteras hasta cada lugar que alguna vez supo ser parte de su dominio, incluso varios países hoy de Europa. Y EEUU quiere ser, cuando menos, el dueño de toda América para protegerse de la “invasión” China, en primer lugar.
Europa y China, el pasado glorioso y el futuro imparable
Lo que queda, frente a esos grandes depredadores nacionalistas expansivos en que se han convertido los dos viejos imperios del siglo XX (aunque uno siga siendo hegemónico, los EEUU; mientras que Rusia es mucho menos de lo que supo ser, de allí los delirios de Putin por hacer grande a Rusia otra vez) son dos importantísimas conformaciones de tipo continental, una muy atada al pasado, y otra muy atada al futuro.
Una es China, que es lo más parecido a los viejos imperios, pero no belicoso. Quiere conquistar el mundo, pero no a la manera colonial clásica (aunque en algunos países asiáticos y africanos actúe así) sino a través de las herramientas con las que se reconstruyó a sí misma al abandonar el comunismo antes de que el comunismo se cayera por todo el mundo: el comercio y la tecnología. Es China la única potencia que no tiene como prioridad preservar su espacio nacional vital, sino que quiere avanzar hacia el espacio mundial entero. Como los grandes imperios de la historia, pero sin invadir militarmente, sino comercialmente, como hizo Inglaterra con Argentina (y con muchos otros países) en la segunda mitad del siglo XIX.
China es la demostración palpable del gran error teórico de Fukuyama: porque se puede tener capitalismo económico absolutamente exitoso sin democracia liberal alguna. No la vio, pese a que la tenía a la vista cuando escribió su libro. Creyó que, con la caída del comunismo ruso, hasta China se haría democrática, que no le quedaba otra. Nada demuestra que eso sea así. Desde lo de Fukuyama hasta ahora pasaron 35 años y sin embargo no solo China no se hizo más democrática (aunque es más capitalista que nadie ni que nunca) sino que el mundo democrático cada vez cree menos en las instituciones republicanas y liberales que son la esencia de su sistema político.
Y la otra es Europa, la mayor construcción civilizatoria en términos continentales, en el sentido más laudatorio de ese término, de toda la historia de la humanidad, quien, sin embargo, está en una profundísima crisis frente al imperialismo chino y los nacionalismos rusos y norteamericanos, todos expansivos, donde la democracia y los derechos humanos son temas secundarios para los EEUU de Trump, indiferentes para los chinos y execrables y despreciables para Putin. O sea, hoy capitalistas somos todos, pero democráticos cada vez menos. La utopía de Fukuyama en la que hasta los Bush creían (e incluso el mismo Reagan antes que Fukuyama la formulara) de cumplir EEUU la misión de democratizar el mundo, aunque sea para robarle sus riquezas o apropiarse de él, ha terminado con la era Trump-Putin- Xi Jinping.
Europa entonces, hoy, vilipendiada por todos, sería en términos de Milei, el continente de los “ñoños republicanos” del mundo. Abandonada por EEUU, amenazada por Rusia, invadida por musulmanes de a pie y con una China que busca dominarla comercialmente frente al abandono a que la somete Trump. O sea, el mejor de los mundos que se construyó luego de la posguerra está viviendo el peor de sus momentos. No obstante, pese a quien le pese, aún hoy Europa sigue siendo la creación civilizatoria más extraordinaria que el espíritu absoluto (en términos de Hegel) logró crear a lo largo de los tiempos y hasta ahora nadie lo ha superado. Mandarán nuevos bárbaros la humanidad, pero un sistema mejor, no han podido crear aún y difícilmente lo creen. Con sus enormes bemoles, Europa es hoy lo único que va quedando del sueño fallido de Fukuyama de que el mundo se hubiera convertido enteramente en una democracia liberal capitalista. Pero el poder real mundial hoy pasa por otra parte.
Es que en este mundo de “depredadores”, los ideales europeos (y del liberalismo democrático en todos los lugares donde se aplicó) cuentan cada vez menos. En Europa Occidental todavía creen en la globalización, en la república liberal como forma política de gobierno, en el debate ideológico y cultural, en la cesión de soberanía nacional a estructuras internacionales. Cosas que hoy podrían denominarse antiguallas. Por ende, hoy Europa es el Museo de la vieja humanidad, la que empezó en 1945 y terminó en 1989 cuando nos imaginamos que la civilización se impondría definitivamente sobre toda barbarie, pero está pasando casi todo lo contrario.
Los depredadores y el regreso de la historia
Ahora estamos en la etapa de la lucha por el poder desnudo, el regreso a los nacionalismos expansivos, el desprecio absoluto por la fuerza legal de las instituciones frente a la fuerza de las imposiciones del poder fáctico. Es el fin no de la historia, sino del mundo tal como lo conocimos hasta ahora, pero no es el nacimiento de un nuevo mundo porque sus líderes no tienen ninguna utopía para ofrecer como la ofrecieron a lo largo de la historia todos los que prometieron nuevos mundos. Estos vienen a desmantelar lo que no soportó el paso de la historia y la realidad, lo que fracasó. Son efecto, no causa. Son, a su modo, instrumentos de la evolución histórica (que no siempre progresa, sino que a veces retrocede). Pero no nos prometen nada, salvo la pura voluntad nietzscheana del poder. Vienen a apurar la caída de todas las instituciones (nacionales, internacionales y globales) que se caen solas por pura impotencia y a barrer los escombros de un mundo que va desapareciendo, pero no tienen la menor idea de cómo construir un nuevo edificio para mejorar la vida de la humanidad. Casi todos proponen una vuelta atrás, un regreso a un supuesto pasado de grandeza perdido.
No obstante, es cierto que entre los depredadores hay diferencias enormes, aunque formen parte de una misma especie (el romance entre Trump y Putin durante la primera presidencia del norteamericano no fue más que la afinidad en la que se reconocieron dos políticos de la misma especie).
Donald Trump, mucho más inteligente que Putin para imponer su nacionalismo expansivo, lo hace avanzando sobre Venezuela logrando la simpatía de todos los venezolanos porque secuestró un dictador genocida y criminal (y para más alegría suya, dictador apoyado por la progresía mundial cuya estupidez para tirarse tiros en los pies y ahora hasta en el corazón, es insuperable). Se le critica, además, desde la formalidad de las instituciones que avasalla, algo que cada vez le importa a menos gente. O sea que hoy por hoy no hay por donde darle al rey yanqui. Sin que ello permita asegurar el éxito de ese extraño experimento de querer liberar Venezuela de la tiranía convirtiéndose en el jefe de la misma estructura tiránica. Pero recién estamos en los comienzos del experimento y Trump cambia de idea todos los días porque su fin no es salvar a Venezuela sino asegurar el dominio de América Latina en sus manos. La doctrina Monroe decía América para los americanos (no para Europa, sino para todos los americanos). La doctrina Donroe dice América solo para los norteamericanos (al menos mientras los siga presidiendo Trump).
Putin, en cambio, para reconstruir el imperio ruso, lo hizo atacando a un país que se negó a entregar su libertad y defendió su tierra y su dignidad a través del patriotismo, al modo de aquellas gloriosas guerras nacionales contra los invasores imperiales. Los ucranianos son un remake de los 300 espartanos que ofrendaron su vida en pleno combate contra el infinitamente más poderoso despotismo oriental, salvando la libertad de aquella Grecia cuna de la civilización.
Los supermercados chinos
Terminemos con una reflexión más de tipo “doméstico”: mientras los viejos imperios reconstruyen sus espacios vitales desde el nacionalismo expansivo, China ocupa el papel imperial vacío, inaugurando supermercados chinos por todo el mundo, cada vez más surtidos, donde hasta hace poco vendían productos baratos y malos. Hoy los siguen vendiendo baratos, pero son cada día mejores. Ellos no le temen al mundo, como los depredadores que sólo buscan protegerse de las amenazas externas a sus intereses meramente nacionalistas, sino que quieren conquistar al mundo y, al menos por ahora, por medios en general pacíficos. Hasta el momento son los grandes ganadores de esta nueva etapa.
Por eso Trump necesita desesperadamente impedir que China se le quede hasta con América Latina. Eso es lo verdaderamente importante para el líder norteamericano. El petróleo es la zanahoria con que quiere convencer a sus votantes y a sus empresarios que todo lo hace para hacer grande a EEUU de nuevo. Pero su miedo es que la que termine siendo grande sea China.
Por Carlos Salvador La Rosa, sociólogo y periodista, para Los Andes
