martes, 6 de enero de 2026
Julio Germán Koslowsky

En 1946, Juan Koslowsky le cedió las fotografías y manucritos inéditos de Julio Germán Koslowsky al doctor, historiador y gendarme Federico Escalada. El propio Escalada lo cuenta en su libro “El complejo Tehuelche”:

“…Por un manuscrito del naturalista viajero del Museo de La Plata, colaborador del perito Moreno, don Julio Germán Koslowsky, que arrancamos del olvido y el reposo luego de permanecer en un baúl junto con otros papeles del mismo explorador, guardados a su muerto por sus hijos y conservados en un galpón arrinconados y en peligro de destrucción, en su residencia de Lago Blanco, Valle Huemules”.

En ese texto biográfico Escalada También se refirió a los originales de Koslowsky:

“En 1946 visitamos como tantas otras veces el hermoso valle que debió llamarse Koslowsky. Allí humildemente protegida por sencilla reja está la tumba donde descansan sus restos. Sus hijos, allí radicados, recuerdan con veneración al idealista que fuera en vida su padre. Ellos entregaron los papeles del explorador, guardados celosamente desde su muerte, al autor de este bosquejo biográfico, con la esperanza de salvar del olvido el nombre del científico, explorador y colonizador del valle lejano”.

Koslowsky y su final en la Patagonia

Entre 1914 y 1921, Koslowsky residió en Buenos Aires, en el barrio de Belgrano. En 1921, emprende el camino de regreso a la región patagónica. Al despedirse en el puerto, su hija Catalina le ruega que se quedara en Buenos Aires, le preguntó su volvería pronto a lo que él respondió:

-No, hija, yo voy a quedar allá detrás de alguna mata.

La tumba de Koslowsky. Junto a él reposan los restos de su hijo Boris y los de un peón que murió asesinado con unas tijeras de esquilar

Llegó a Comodoro en el vapor José Menéndez. Luego, en un camión de un tal Asencio, fue hasta Parada 162 y desde allí fue conducido por el lituano Casimiro Szlápelis hasta la Estancia Monte Solo. Algunos de sus hijos lo acompañaron en ese viaje de retorno. Pero ellos, habituados a la gran ciudad se sintieron contrariados a disgusto con la soledad y la falta de comodidades.

La información sobre sus últimos años la brindó su correspondencia fechada en Monte Solo de los Halcones, de 1923. Los sueños y las exploraciones quedaron atrás. Lo cotidiano lo absorbió por completo.

El 10 de enero se dirige al capitán de navío Don Pedro Casal, un antiguo colego de la Sociedad Ornitológica, que por aquel entonces ejercía como subsecretario de Marina. Le cuenta sus penurias y le solicita su mediación para lograr el pronto licenciamiento de su hijo Juan que se encontraba cumpliendo con el Servicio Militar. En la carta dice: “Es también el primer argentino y el primer varón que ha nacido en esta región desde cuando poblé el desierto”.

En cartas a sus hijos también informa sobre la marcha de sus trabajos ganaderos:

“En la semana que viene vamos a bañar a las ovejas, que no están mal”.

En otra carta del 8 de febrero le cuenta a su hijo:

“En el jardín empiezan a florecer los claveles de China y los pensamientos criados este año. Son muy lindos, grandes y de variados colores. La verdura es abundante y solamente las coles han sufrido como en todas partes por la sabandija”. Además insiste en que le manden semillas de frutas, ciruelas, peras, manzanas, etc.

En otra carta del 12 de abril informa a su hijo que está arreglando el catango para traer leña. Esa noche ha nevado medio pie. “El valle ya se ha limpiado por el fuerte viento, pero las barrancas y campos altos están blancos de nieve. Dios sabe qué invierno vamos a tener que afrontar. Ahora quedé solo con José. Las ovejas están bien, pero tendré que hacer buscar las yeguas sobre la meseta del Chalía. Por ahí nieva casi diariamente. No olvides de hacerme comprar ropa de corderoy en Gath y Chávez y mandámelo por correo. Ya no tengo qué ponerme…”.

Una última carta a sus hijos en Buenos Aires, termina del siguiente modo:

“Ahora viene el invierno y escasearán las comunicaciones, así que Dios los guarde y proteja a todos. Reciban mis abrazos y los saludos de Gago, Elizabeth, Irene y Mercedes. Luis también te manda saludos, a vos y a Boris. Tu padre y amigo”.

Esas bendiciones y esa despedida tienen el carácter de un adiós eterno. El rigor del invierno de 1923 agotó los últimos materiales de reserva que podía mantener esa existencia de tantos maltratados años. Desde el 23 de septiembre de 1923 sus restos descansan en la estancia de Monte Solo.

Años de soledad

La familia Koslowsky pasó varios años sin salir del valle, soportando la pesadilla de la soledad total. Allí nació su hijo Juan, solo Julio viajaba una vez por año a la colonia galesa del valle inferior del río Chubut para aprovisionarse de los “vicios” (azúcar, harina, tabaco, yerba, etc).

Koslowsky levantó su casa junto al arroyo Huemules, afluente del río Humo que lleva sus aguas al Aisén y, por consiguiente, al Pacífico. Era un edificio de madera con techos de juncos, alto y bastante confortable.

La soledad era espantosa, ya que la región estaba despoblada casi en su totalidad. Los vecinos de raza blanca asentados a cientos de kilómetros hacia el norte eran: Artemisio CASAROSA en Barrancas Blancas, en el curso superior del río Senguer; el francés Emilio LOYAUTE PIERRE y la familia SAVDD-HUTNICK (integrantes del contingente polaco del a fallida colonia). En Centro Río Mayo (hoy Ricardo Rojas); los galeses Juan y Guillermo RICHARD, establecidos en 1896 entre la frontera con Chile y el Alto Río Mayo; el argentino Eduardo BAINÓN, establecido en 1902 en el Alto Río Mayo; el austríaco Antonio STEINFELD en Paso Ingenieros, en Alto Río Senguer; Eduardo BOTELLO en Choiquenilahue (Paso de los avestruces) y el francés Fortunato CARANTE, establecido cerca del Lago Fontana. Los otros pobladores eran tehuelches, nómades de las tribus de QUILCHAMAL y KÁNKEL, a los que veían de tanto en tanto.

Fragmento del libro “El viejo oeste de la Patagonia”, de Alejandro Aguado

 

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