
Capitán de procedencia estadounidense a quien sus amigos apodaron “El Cónsul” -sin serlo-, y que según Cándido Eyroa era “uno de los pilotos más experimentados de la marina de los Estados Unidos, cuya reputación como hombre de mar es comentada aún hoy por los playeros de los puertos que frecuentara con sus veleras embarcaciones. Habiendo recibido su educación marinera es medio de los mares polares, lo habían sorprendido las primeras canas con tal suma de experiencia, que le valía la fama, de que gozaba entre los marineros yanquis e ingleses, de Cónsul de los Mares, siendo conocido por este motivo con el nombre de cónsul Smiley”. Cabe agregar que de 1850 a 1853 fue representante comercial estado unidense en las ya usurpadas islas Malvinas.
Además de haber recorrido las aguas patagónicas hasta la península Antártica, enfrentando los legendarios temporales australes, haber surcado las cálidas aguas de las Antillas y las de su propia patria de origen, este maestro de marinos lo fue de quien luego educaría a toda una promoción de marineros argentinos: Luis Piedra Buena; de ahí que su nombre y/o apelativo aparezca repetidas veces en la bibliografía de la región patagónica, favoreciendo siempre el aprendizaje del marino argentino a bordo de las naves de su propiedad, que le facilitaba para sus experiencias: el velero Nancy -el cual luego Piedra Buena le compraría y bautizaría con el nombre de Espora-, la goleta Manuelita, y el pailebote John E. Davison (con el que hallaron los restos mortales de los misioneros protestantes, guiados por Allen Gardiner, en puerto Español). En el viaje a Estados Unidos, Smiley trocó su actividad marina por la de empresario, y en 1856 hizo construir un teatro en Nueva York, cuya maquinaria puso bajo la dirección del joven Piedra Buena.