sábado, 29 de noviembre de 2025

A mí me gustaba el trabajo, me encontraba cómodo, tranquilo, y trabajé hasta que se cerró el ferrocarril.

Cuando me casé me dieron una casa en el barrio ferroviario, una linda casita. Le daban la casa a todos los que no tenían vivienda; cuan- do uno se jubilaba, se tenía que ir. La casa tenía un piso arriba, tenía dos dormitorios grandes, un living comedor; atrás tenía un patio con huerta… teníamos acelga, lechuga, frutales, uva… Las compras las hacíamos en La Anónima; todos los meses hacíamos un pedido a La Anónima, Meyer, Casa Ayuso… Se hacían pedidos grandes. A fin de mes se pagaba y se podía volver a hacer el pedido… todos los meses eran iguales. Todos podían tener crédito… e inclusive un repartidor llevaba el pedido a la casa; había carnicerías fijas o ambulantes. En el año 50 en Trelew, las calles ya estaban asfaltadas… era más grande…

El barrio casa de piedra duró hasta 1952; después fuimos al nuevo barrio a una casa lindísima con pisos de parquet era encargado de barrio; la gerencia nombraba un encargado cuidar las casas… cuidar la bomba de agua. Yo me encargaba de la de barrio por cualquier problema que hubiera interno nuestro… bomba de agua; nunca tuve problemas con quejas de ninguno… yo bombeaba agua para todo el barrio.

El primer tren que tuve que correr como guarda en Trelew fue a Rawson. Llevábamos empleados todas las mañanas; a las seis de la mañana ya estábamos y venían los empleados; a las siete salía el tren porque a las ocho entraban a trabajar. Se tardaba veinte minutos a Rawson. En invierno había seis trenes por día que iban a Rawson y el último iba a Dolavon. Esos trenes eran sólo de pasajeros; a veces se enganchaba algún vagón de carga. De Puerto Madryn a Las Plumas salía un tren por semana, salía a las diez de Trelew los miércoles.

El guarda tiene que saber el reglamento, además, en caso de emergencia hay que saber algo de enfermería; teníamos el teléfono portátil para comunicar el movimiento. Aparte, el guarda tiene que saber cobrar una multa por el artículo 141, el control de la gente es estricto; había muchos que por mala acción no sacaban boleto; además, no se puede subir en movimiento; una vez, un hombre se subió al tren en movimiento y yo lo observé y le dije y le dije que no lo tenía que hacer más porque podía caerse y el responsable era yo. El hombre me dijo que tenía razón y que era un inspector de trenes.

Todos esos reglamentos hay que saberlos. Cuando se corta un tren porque pasa algo, nosotros tenemos que poner a mil metros un foco rojo a ambas partes del tren porque a esa distancia otro tren puede frenar; y además, se conecta el teléfono portátil para avisar. Una vez tuve un accidente cuando se me cortó un tren cerca de Boca La Zanja y casi volcamos; me tuve que bajar para frenar los vagones.

También se corría el coche motor que llevaba mercaderías a Puerto Madryn y pocos pasajeros; cargábamos leche, carne, verduras, cosas perecederas y se llegaba hasta Madryn, parando en Trelew. Este coche corría una vez por día.

El horario de trabajo variaba y dependía del itinerario; había años que había que ir todos los días y había veces que no, pero se hacía algún otro servicio en Trelew para compensar las horas de trabajo. Cuando íbamos de Trelew a Alto Las Plumas salíamos a las diez de la mañana y llegábamos a las siete y media de la tarde; son más o menos dos- cientos setenta kilómetros en subida y con muchas curvas. Cuando el tren iba de Madryn a Alto Las Plumas iba en subida a treinta o cuarenta kilómetros por hora: llevábamos una locomotora, salvo cuan- do íbamos muy cargados; para subir llevábamos quince vagones y para bajar podíamos llevar con una locomotora hasta veintisiete vagones.

Había varios tipos de vagones: las plataformas de 10 o 12 metros servían para cargar; también estaban las plataformas de alto borde, que se diferenciaban de las otras por tener un borde, tienen la forma de un cajón chato; la mercadería que se carga allí se tapa con lonas; después están las casillas cerradas que tienen puertas y techo de chapas; éstas también eran de carga; estaban, además, los vagones con rejas, que eran como jaulas, para transportar animales; después estaban el furgón y los coches de pasajeros, que había de primera y segunda clase; la diferencia entre la primera y la segunda era que en la primera los asientos eran de cuero y en la segunda, los asientos eran de madera.

 

En verano había trenes playeros que iban a la playa cargados de gente de todo el valle. Hacíamos tres viajes en el día, pero la gente prefería viajar a las dos de la tarde. La gente salía el sábado con todo: con las ollas, con el colchón, con la carpa, y el domingo a la tarde se volvían todos.

 

En el tren viajaba mucha gente, turistas que venían a pasear y uno le informaba de los hoteles…

 

Cuando se hizo el dique, el personal tenía a fin de mes una sema- na de vacaciones para descansar o hacer compras; la mayoría eran chile- nos… ¡los chilenos son bravísimos! Bueno, teníamos un tren especial para ellos nada más… ¡y a mí me tocaba casi siempre ese tren!… ¡ah, estos chilenos, cómo tomaban! Está prohibido tomar bebidas alcohólicas en el tren; el tren también transportó todos los materiales para construir el dique; ese era un trabajo peligroso… ¡cómo se arriesgaba la gente! Bueno a lo último tuvimos que pedir policías.

 

Texto de “Los ferroviarios que perdimos el tren”

 

Compartir.

Los comentarios están cerrados