viernes, 16 de enero de 2026

“Al promediar el primer mes de 1964, una mujer se transformó en noticia al asumir el cargo más alto que una representante de su sexo alcanzó dentro de la administración Illia” (Primera Plana, 4 de febrero de 1964). Luz Vieira Méndez tenía larga trayectoria en la docencia especializada cuando fue convocada a presidir el Consejo Nacional de Educación, la entidad rectora de la enseñanza primaria.

De origen portugués, había nacido en Paraná, en 1911, en un hogar vinculado a la Escuela Normal de esa ciudad que fue cuna de educadores. Estudió en el Instituto Superior del Profesorado, en Buenos Aires. En su formación superior pesaron las enseñanzas de Juan Mantovani y de Francisco Romero, educador y filósofo, respectivamente. Dirigió un jardín de infantes modelo en la capital entrerriana y en Córdoba, en el gobierno Del Castillo-Illia, participó de la experiencia de la Escuela Normal integral, junto a Antonio Sobral y a Saúl Taborda. La intención era adaptar la institución pionera a los ideales de la reforma.

Fue cesanteada en 1947 por el gobierno de Perón, a raíz de lo cual se radicó fuera del país: contratada en Venezuela para asesorar en la formación de maestros, obtuvo una maestría en Educación en Ohio (Estados Unidos) y se desempeñó en Santiago de Chile como coordinadora de la Oficina Regional de Educación de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Allí estaba trabajando cuando el presidente Illia la invitó a colaborar con su gobierno. Se sabía que detestaba la burocracia y que era muy ejecutiva.

“La educación es una empresa como cualquiera, que, en vez de ofrecer resultados económicos, deviene en intereses humanos”, opinaba Vieira Méndez que utilizaba el “tú” en su conversación informal, según las rigurosas pautas del normalismo de entonces. También señaló, en una primera nota periodística, la coincidencia entre los postulados de la Unesco en la búsqueda del entendimiento entre los hombres mediante la divulgación de los valores humanos, y la filosofía que había recibido de sus maestros argentinos. Consideraba prioritario aumentar los años de escolaridad y volver más eficiente el sistema, y utilizaba los datos del Conade para planificar.

La alfabetización de adultos

En 1965 se lanzó el Plan Nacional Intensivo de Alfabetización de Adultos. Su objetivo era disminuir el número de analfabetos en un millón en el lapso de cuatro años, 250.000 por año, y lograr que un tercio al menos regresara a la escuela primaria. La estadística había señalado números elevados de adultos analfabetos: según el censo nacional de 1960, eran 1.221.420 sobre unos 20 millones de habitantes (8,6% del total). A esto se sumaban los que habían recibido brevemente educación, un 35% más, cifra que generó preocupación. Se trataba de eliminar totalmente el analfabetismo, para darle contenido y hacer efectiva la democracia, según el senador informante del proyecto, Rubén Blanco.

El Ejército estaba autorizado para participar en forma activa del Plan, y no solo entre los soldados conscriptos, como hasta entonces. La provincia de Jujuy, con el 25% de analfabetos, le fue especialmente encomendada; en Santiago del Estero se establecería una “zona piloto”, dada la buena voluntad del gobierno local. Otras acciones apuntaban al sector rural, dentro de un programa que contemplara la tecnificación agropecuaria.

 

Fragmento del libro “1966, de Illia a Onganía”, María Sáez Quesada

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