
El gobernador Barros, viendo la falta de respuestas a sus pedidos, en marzo de 1881 vuelve a insistir una vez más ante las autoridades nacionales mostrándose sumamente preocupado por el estado embrionario en que todavía se encontraba la colonia a casi dos años de su creación, situación que él mismo atribuía a la falta de recursos ya que en todo el tiempo transcurrido desde su fundación, según Barros, sólo le habían sido entregados a los colonos indios para realizar las tareas agrícolas, cincuenta bueyes y veinticinco arados.
Paradójicamente, mientras el propio Gobernador de la Patagonia y otros funcionarios nacionales, como hemos visto, atribuían el fracaso de la experiencia a la propia desidia gubernamental, por lo contrario algunos militares, tal el caso del ya entonces general Vintter, con otra mirada ideológica, entendieron que tal fracaso se debía al de los métodos de trabajo y educación allí empleados como forma de integrar a los indígenas a la civilización, por lo que lisa y llanamente plantearon la disolución de la colonia.
Para la misma época en que enviaron sus apreciaciones Álvaro Barros y el comisario Belisle, el general Vintter también se comunicaba con el ministro de Guerra y Marina enviándole un detallado informe sobre el estado en que se encontraba el referido asentamiento y en el que le describía el atraso que sufría, ya que, según el juicio de este oficial, a pesar de haber transcurrido un largo tiempo desde su creación no veía en él ningún síntoma de adelanto y, por el contrario, el estado y el tipo de las viviendas de los pobladores, la irregularidad en el trabajo y el abandono de la educación de los niños eran pruebas palpables y demostrativas de que los indígenas allí instalados seguían manteniendo sus s antiguos hábitos nómades y salvajes, por lo que esta experiencia colonizadora no había cumplido con los fines perseguidos con su creación: la transformación de los indígenas, esto es la desaparición de los usos y costumbres que los mismos traían del desierto y su sustitución por los propios de la civilización.
Finalmente, Vintter aconsejaba que para revertir este fracaso y hacer que los indígenas se incorporaran efectivamente a la vida civilizada era necesario que el gobierno nacional procediera inmediatamente a la disolución de la colonia, distribuyendo a los hombres útiles como mano de obra en los distintos establecimientos ganaderos o concediéndoles permiso para que se emplearan en las chacras y estancias vecinas en calidad de peones jornaleros, pues de esta forma, sostenía Vintter, al tener que atender a su subsistencia los haría forzosamente trabajadores.
Si bien el gobierno nacional no llevó a cabo las recomendaciones hechas por el coronel Vintter tampoco suministró la ayuda necesaria pedida por el gobernador Barros, por cuanto los colonos indígenas de General Conesa siguieron postrados en la indigencia por falta de recursos.
A propósito del precario estado de la colonia y de las familias indígenas allí instaladas, el sacerdote salesiano Domingo Melanesio, de regreso de una de sus frecuentes incursiones misionales por territorio patagónico, refería a sus superiores el deficiente estado en que se encontraba la misma y la difícil situación por la que atravesaban sus moradores.
“Como han sufrido estos pobres infelices, principalmente lo niños huérfanos abandonados y los viejos. Era una escena que rompía el corazón”
En los quince días que pasé en Conesa vi mucha miseria por haber suspendido el Gobierno de la Republica las raciones de alimento a todos los indios, menos a los pocos destinados a los servicios públicos.
Tal ración consistía en tres libras de carne, cuatro onzas de arroz, cuatro de pan o galleta, sal, tabaco y otros géneros. Usted podrá comprender cuanto han debido sufrir estos pobres infelices, principalmente los niños huérfanos o abandonados y los viejos. Era una escena que rompía el corazón. Traté de ayudarlos con todos los medios pero no lo conseguí […].
Me puse primeramente de acuerdo con el Alcalde y mandamos un telegrama al Gobernador del Territorio, describiéndole la indigencia extrema de esta colonia, y el peligro de muchos de morir de hambre. El Gobernador le agregó su firma y lo mandó al presidente, pero hasta ahora no hemos tenido respuesta […].
Lamentablemente, pese a los esfuerzos y preocupaciones tanto del Gobernador de la Patagonia como del misionero salesiano, la colonia General Conesa siguió languideciendo en la pobreza y despoblándose paulatinamente ante la indiferencia oficial.
A fines de la década de 1880 nuevamente el sacerdote Melanesio, en un informe enviado a sus superiores en la orden, se refería al estado del asentamiento y afirmaba que éste -que contaba en la época de su fundación con centeneras de familias- con el paso del tiempo fue despoblándose paulatinamente, hasta quedar reducido en ese momento a un vecindario insignificante. Esto se debía principalmente, según su juicio, a la falta de preocupación oficial y a la impericia y poca honestidad de ciertos funcionarios encargados de su administración, hecho que provocó en definitiva la dispersión de la mayoría de las familias indígenas destinadas en un principio a su poblamiento.
Fracasada esta primera experiencia oficial, igualmente algunos funcionarios nacionales y la propia Iglesia -preocupada por el destino final de los indios sometidos- siguieron insistiendo en la implantación de este sistema de colonias indígenas. Uno de sus principales sostenedores fue el coronel Álvaro Barros, tal cual ya hemos apreciado apasionado estudioso de los problemas de frontera y de la cuestión indígena.
A principios de 1881, en un nuevo informe elevado al gobierno nacional, Barros volvía a insistir sobre la conveniencia de ubicar a los indígenas reducidos en colonias agrícola-ganaderas, aunque esta vez las mismas aparecían con algunas modificaciones respecto de su proyecto anterior, pues ahora entendía que debían estar integrada por indígenas pero acompañados de colonos europeos, de modo que el contacto con estos permitiera a los primeros asimilar más rápidamente los conocimientos sobre las técnicas agrícolas.”
Sin embargo, esta insistencia de Barros chocó con la indiferencia de las autoridades de turno que nunca dieron respuesta a su iniciativa.
Fragmento del libro “Estado y cuestión indígena”, de Enrique Hugo Mases
