sábado, 7 de febrero de 2026
Chacho Peñaloza y Facundo Quiroga

El 4 de noviembre de 1831 Facundo ataca a Lamadrid en La Ciudadela tucumana. El combate dura dos horas y media. Quiroga informa que ha “pulverizado a los amotinados decembristas, dejando en su poder diez piezas de artillería, toda su infantería, la que no muerta prisionera, y su caballería acuchillada del modo más completo”.

“En esa jornada notable -memora Hernández- el triunfo fue debido en gran parte al valor del capitán Peñaloza. En una de las repetidas cargas de la caballería de Quiroga sobre los cuadros de la infantería de Lamadrid, cuando ya habían muerto varios coroneles, entre los que sólo recordamos los nombres de Bargas y Fontanell, los jefes primero y segundo del regimiento escolta, y gran número de otros jefes y oficiales, el capitán Peñaloza, lejos de desalentarse por tantas pérdidas, inicia una nueva carga y, envainando su espada, prepara su lazo y arremetiendo hasta el centro de los cuadros de infantería, sacó de allí a la cincha de su caballo un cañón de a 4 y su caja de municiones, que Lamadrid tenía en su costado izquierdo. El cañón fue utilizado inmediatamente por el general Quiroga. Este hecho, apreciado dignamente por el general Quiroga, le valió al capitán Peñaloza ser nombrado teniente coronel sobre el mismo campo de batalla”. El capitán Faustino Soria es fusilado en el campo de batalla por su jefe Quiroga por haber mandado tocar alto durante una carga.

Según Eduardo Gutiérrez, “Chacho y Aldao acompañaban a Facundo con sus mejores tropas, llevando Chacho la terrible carga que dio el éxito de la batalla. Chacho fue herido en el estómago de una puñalada que le corrió hasta el vientre echándole las tripas afuera. Como si se tratara de una herida de ninguna consecuencia mala, en medio del combate mismo, Chacho echó pie a tierra, se ató el vientre con el poncho echando adentro las tripas, y no se retiró de lo recio del combate hasta que la batalla hubo terminado con toda la felicidad para las armas de Quiroga. Recién se supo que Chacho estaba herido de una manera grave. El mismo Quiroga quedó asombrado cuando vio la magnitud de la herida; parecía imposible que con ella el Chacho hubiera podido seguir combatiendo. Se le acomodó con mucho cuidado, a pesar de que él decía no ser nada aquello, atendiéndosele de una manera especial, haciendo su naturaleza vigorosa que aquello no tuviera más consecuencias que las que podía haber tenido un arañazo”. [Navarro Ocampo reubica el episodio en la batalla de Rincón (1827) y De la Fuente en El Tala (1826)].

Tras La Ciudadela, el coronel Larraya y más de veinte oficiales (acaso 34) son fusilados. Sólo se salva Barcala, luego de un memorable diálogo con Quiroga. Después de la batalla, Facundo Quiroga le pregunta al prisionero: ¿Que hubiera usted hecho, coronel, si me hubiera tomado preso?

La respuesta deja a todos helados: Lo hubiera fusilado, general. Quiroga admiraba el coraje, lo perdona y lo nombra jefe de su estado mayor. Junto al incalificable fusilamiento, el carácter igualitario de la Argentina hermana a unitarios y federales. En esos tiempos llenos de prejuicios raciales, la existencia de un coronel negro demuestra ese carácter nivelador. Un cuarto de siglo después, cuando la guerra civil rompa los Estados Unidos, los sureños ni siquiera permitirán enrolar a los hombres de color, mientras los norteños, después de mucho tiempo y debate, formarán unas pocas unidades de las cuales apenas alguna entrará en combate con oficiales blancos.

En el campo de batalla de La Ciudadela, Peñaloza recibe del grado de teniente coronel y el mando de un regimiento. Ya tiene 35 años. Chacho ya es hombre de influencia. Interviene en asuntos privados y públicos, imparte justicia y hasta se entromete contra las decisiones de los jueces. Asegura Gutiérrez que “sucedió una vez que por asuntos de mujeres un joven dio unos trompis al alcalde, por lo que éste resolvió secarlo en el cepo de cabeza. Peñaloza se empeñó en evitarlo, sabía era una injusticia y una maniobra innoble del alcalde para soplarle la mujer al joven. Pero sus buenos oficios no fueron escuchados. Peñaloza lo libera del cepo y el alcalde, con dos soldados, va a apresar al Chacho. Reciben una golpiza de palazos de algarrobo. Derrotado, el alcalde denuncia a Peñaloza ante el juez de paz. Varios milicos y unos cuantos vecinos llegan a Guaja. Pero Peñaloza está con una veintena de mocetones. Otra vez la decisión, Peñaloza que no se entrega, empiezan a volar sablazos de los milicos contra garrotazos de los gauchos. Final: los milicos tienen que volverse, doloridos y derrotados. El juez de paz va en persona, con sus ocho milicos y una docena de vecinos. Otra vez Peñaloza esta esperándolo. Nueva paliza. Los milicos terminan todos golpeados y el juez de paz, humillado y atado. Nunca nadie se había atrevido contra la autoridad. Así empieza a hacerse respetado y seguido el Chacho…”.

Quiroga, comandante de milicias, le ofrece su ayuda por si vuelve a buscarlo la justicia. El Chacho acepta. Empieza una historia común. Para empezar, Facundo le envía ocho sables y Tres lanzas. El juez, furioso, mete en el cepo a seis vecinos. Peñaloza los libera y mete al propio juez de paz en el cepo. Cuando este pide ayuda a Facundo, Facundo le da la razón a Peñaloza. “Era tal el prestigio que había criado Chacho, que de todas partes le llovían quejas contra tal o cual autoridad que había cometido una injusticia. Chacho mandaba un recado al alcalde que la había cometido, quien en el acto modificaba su sentencia en beneficio del que se había quejado, porque ningún alcalde se atrevía a contrariar a una persona que, como Chacho, ponía en el cepo a los mismos jueces de paz”. El juez y el alcalde fueron removidos. “Para la Costa Alta se nombró como juez de paz la persona que Quiroga hizo indicar y para alcalde de Guaja a un amigo del Chacho” (Gutiérrez).

Gutiérrez asegura que en una localidad catamarqueña, tres mujeres denuncian haber sido robadas por soldados. Chacho investiga, confisca a los culpables los pocos pesos y las alhajitas, las devuelve a sus dueñas y castiga a los ladrones con azotes de su arriador de algarrobo.

También narra Gutiérrez que en una fiesta en Guaja, Quiroga le da al Chacho “doscientos pesos plata que allí era una suma nunca vista, los partió Chacho generosamente entre los milicianos de Guaja, viniendo a tocarles unos dos pesos por cabeza, suma que muchos de ellos no habían visto junta en toda su vida. Con este rasgo de generosidad el prestigio de Chacho no tuvo límites, se hubieran dejado hacer picadillo por el Chacho. Todo cuanto le llevaban, fuera en artículos o dinero, lo repartía entre su tropa, sin reservar para él absolutamente nada.

Chacho empezó así a extender su prestigio por Catamarca y el cariño que en todas partes le demostraban”.

Tal y como corresponde a su tipo de liderazgo, Peñaloza interviene en cuestiones civiles, comerciales, disputas de vecinazgo y hasta problemas de familia. “Se puede decir que la justicia civil había caducado, pues ninguno acudía a los jueces de paz ni alcaldes, sino a Chacho” (Gutiérrez).

No siempre han andado bien las cosas entre Peñaloza y Quiroga. En fecha imprecisa, Facundo lo hace llamar a la casona de Chepes. Al parecer, Peñaloza está disconforme con un gobernador riojano puesto por Facundo. La historia oral afirma que Quiroga lo reta a Peñaloza: Tengo noticias que anda cometiendo faltas. Y es bueno que se enmiende, porque será a favor de nuestra causa”. Peñaloza da su palabra: “de hoy en adelante no tendrá por qué reprocharme”.

A Quiroga no le alcanza: “ahora me va a probar que es bueno”. Primero, una mesa, dos sillas. La pulseada. “Pártese en dos la mesa. Y no hay vencido ni vencedor”. Luego, Quiroga reparte un puñal para cada uno. Y ninguno pudo vencerse. “Vean muchachos, responde este llanista. Es valiente y hábil. Desde hoy se alistará en nuestros ejércitos y luchará con nosotros” (Fernández Zárate). Otro informe incluye una lucha a brazo partido entre la pulseada y el duelo, recuerda que por fin Quiroga le declara su amistad y le da cargo y escolta a Peñaloza (informe del paisano Ramón Hernández, hombre de ochenta años en 1921, citado por De la Fuente). Un descendiente del Chacho dirá que Peñaloza no bajaba sus ojos ante la mirada de Quiroga, lo que era casi inimaginable.

 

Fragmento del libro “Chacho”, de Oscar Muiño.

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