sábado, 7 de febrero de 2026

En cierta oportunidad les tocó domar un joven potro de la tropilla, animal que, sin ser de mucho cuerpo, era de una excepcional resistencia, tanto que decíamos que era un “animal de fierro”.

Todo anduvo bien durante las primeras tres jineteadas hasta que papá, ya confiado, salió solo al campo en el potro, creyéndolo ya manso. Pero una vez llegado a campo desierto y lejos de la casa, de improviso el picaso comenzó a corcovear en LAS MAÑAS DE UN POTRO

Quien se dedique con atención y sin apuro a observar a los animales, al final llega a convencerse de que son mucho menos animales de lo que los consideramos nosotros. Yo fui siempre un jinete mediocre, sin más méritos en ese aspecto que el de acumular uno tras otro todos los porrazos que recibía de cuanto caballo se le ocurría corcovear conmigo encima. En cambio, mi padre, sin ser un gaucho ni un domador completo, muchas veces se encargaba de domar él mismo los caballos que necesitaba para su trabajo, y también lo hacía el mayor de mis hermanos.

En cierta oportunidad les tocó domar un joven potro de la tropilla, animal que, sin ser de mucho cuerpo, era de una excepcional resistencia, tanto que decíamos que era un “animal de fierro”.

Todo anduvo bien durante las primeras tres jineteadas hasta que papá, ya confiado, salió solo al campo en el potro, creyéndolo ya manso. Pero una vez llegado a campo desierto y lejos de la casa, de improviso el picaso comenzó a corcovear en una forma fiera y no común en él, hasta que dio con el domador en tierra. De inmediato se alejó, siempre con feroces corcoveos, tratando también de desprenderse del recado sin lograrlo, y luego a toda carrera emprendió la fuga llegando a casa con el recado, pero sin jinete.

Cuando alarmados nos aprestábamos a salir al campo en averiguación de lo sucedido, vimos venir a papá a lo lejos y a pie, bastante cansado y con el consiguiente disgusto. No dejó de extrañarnos eso de que el potro, siendo arisco, se hubiese venido a la casa en forma directa.

Unos días después lo montó mi hermano. Todo anduvo bien mientras estaban en los contornos de la casa y con el “jinete apadrinador” a la vista, pero cuando éste los dejó y mi hermano se internó en el campo desierto, el potro, que marchaba bien, inició de nuevo sus corcoveos hasta dar en tierra con el jinete, y de inmediato a toda carrera regresó a casa. Un par de días después, repitió su maña en forma similar.

Saltaba a la vista la inteligencia del potro picaso. En la casa no resistía mayormente a las exigencias del domador que lo montaba porque se había percatado de que en cuanto comenzaba a resistirse, el ayudante del domador (el jinete apadrinador), concurría al instante con su caballo manso y pechándolo de un lado y otro alternativamente, le dificultaba los corcoveos y lo obligaba a responder a las riendas. En cambio, en pleno campo desierto, al no estar presente el apadrinador, se había dado cuenta de que el domador estaba falto de ayuda y entonces valido de su notable agilidad y gran resistencia, comenzaba a corcovear en forma continua hasta cansar al domador y quitárselo de encima, arrojándolo a tierra y regresando velozmente a la casa. Se probó salir campo afuera llevando la compañía del apadrinador, y el pícaro potro anduvo normalmente sin recurrir a los corcoveos traidores, pero en cuanto el acompañante fingió volverse a casa, inició la treta del corcoveo.

No podía pensarse en su valor como caballo de trabajo porque no era posible que siempre tuviera que andar en el campo con el apadrinador, y entonces se lo dejó tranquilo hasta que, en una oportunidad, en 1921, con motivo del cuádruple crimen del Río Guenguel, pasó por La Mata un contingente de la policía fronteriza conduciendo una treintena de detenidos desde la región cordillerana. Eran en su casi totalidad modesta gente de campo. Marchaban a caballo y eran tratados con mucha desconsideración por el jefe de policía Cerry; se detuvieron unas horas en La Mata. Entre los detenidos iba un paisano domador al que llamaban “Chanta Cuatro”, y un demente, al parecer hombre de una relativa cultura. Como en tren de entretenimiento, obligaban de tanto en tanto al demente a preguntarle su nombre al paisano, y cuando éste respondía, “Soy Chanta Cuatro”, el loco le debía “chantar cuatro cachetazos”. Apenas llegados a Comodoro, todos recuperaron la libertad por orden del Juez Letrado de Rawson, y en grupos o de a uno, fueron pasando por La Mata de regreso a sus pagos. “Chanta Cuatro” se quedó unos días en La Mata a la espera de alguna tropa de carros o jinetes que pasara rumbo a la cordillera, pues había perdido su caballo. Al enterarse de las mañas del potro picaso quiso montarlo. Lo hizo y al salir al campo en él no quiso que lo acompañara ningún apadrinador, porque tenía su amor propio.

Una vez en campo desierto, el potro se lanzó a corcovear furiosamente usando toda su mala intención, pero “Chanta Cuatro” se mantuvo firme y le aplicó el rebenque hasta que el potro debió darse por vencido. Lo probó al día siguiente y el potro se mostró dominado. Después que “Chanta Cuatro” siguió su viaje a la Cordillera, otro jinete salió al campo en el potro, pero al poco rato el potro estaba de vuelta en la casa, con el recado y sin el jinete, quien llegó una hora más tarde, pero a pie. El caballo, sabiendo que quien lo montaba ya no era “Chanta Cuatro”, repetía su treta.

Esta clase de mañas adquiridas no son raras en los animales que han sido domados cometiendo errores o con castigo excesivo, y notan cuando el jinete no se siente seguro. Pero lo que más llamaba la atención, era que el picaso, siendo animal arisco, casi cerril y que estando suelto rehuía la casa, apenas en el campo lograba desprenderse del jinete volvía a toda carrera directamente a la casa, llegando hasta el mismo patio donde había sido ensillado.

Al fin llegamos a la conclusión siguiente. En la primera oportunidad que el animal usó de la treta del corcoveo imprevisto y prolongado, logrando deshacerse del jinete, trató incluso de desprenderse del recado, también mediante corcoveos, pero al no lograrlo, debido a que el mismo estaba bien afirmado a su cuerpo por la cincha, en su rabia y desesperación, se acercó a la casa donde había sido ensillado. En la casa le fue quitado el recado y se lo largó al campo. Esto le fue suficiente para convencerse de que, si bien en el campo podía liberarse del jinete porque éste no tenía ayuda, no podía en cambio librarse del recado si no era en la casa. Y entonces llevaba cada necesidad suya, al terreno que le convenía: una vez librado del domador donde éste no tenía ayuda, él corría hacia la casa, donde necesitaba que lo ayudaran a desprenderse del recado. También había comprendido que con “Chanta Cuatro” no cabían las mañas ni los más bravos corcoveos, por ello se le había entregado.

 

Fragmento del libro de “Caminos y rastrilladas borrosas”, de Asencio Abeijon

 

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