
En Paz y Quiroga se enfrentan las dos Argentinas: la profesional y la tradicional, los saberes nuevos contra las viejas certezas, el campo contra la ciudad. Ninguna de las dos sabe qué hacer con su rival, salvo combatirlo a muerte.
¿Qué opina Paz de Quiroga?: “Mi formidable adversario, el hombre singular que desplegó en lo sucesivo tanto genio como audacia, tanto valor como actividad y que, precedido del tenor que inspiraban sus sangrientas ejecuciones, era mirado como inspirado e invencible por la insensata muchedumbre”.
Un paisano le asegura a Paz: “señor, piense usted lo que quiera, pero la experiencia de años nos enseña que el señor Quiroga es invencible en la guerra, en el juego, en el amor. Así es que no hay ejemplo de batalla que no haya ganado; partida de juego que haya perdido; ni mujer que haya solicitado, a quien no haya vencido”. Paz continúa: en las creencias populares Quiroga tenía espíritus familiares que penetraban en todas partes y obedecían sus mandatos; tenía un célebre caballo moro (así llaman al caballo de un color gris) que, a semejanza de la cierva de Sertorio, le revelaba las cosas más ocultas y le daba los más saludables consejos; tenía escuadrones de hombres que, cuando los ordenaba, se convertían en fieras”. Facundo mismo puede convertirse en uturunco, una mezcla de hombre y tigre con una fuerza hercúlea. Esa superstición hace desertar a ciento veinte paisanos del bando unitario antes de la batalla de La Tablada: temen ser devorados por cientos de hombres-tigre que llaman, con temor reverencial, capiangos.
Quiroga ha reunido cinco mil hombres. Paz tiene la mitad pero con un núcleo altamente profesional, y recibe refuerzos: el gobernador Javier López se une junto con sus tucumanos. El choque se produce en La Tablada, un llano que queda como una legua al noroeste de Córdoba. Hay declives y bajíos, precipicios y corre el río. Hace frío y las ropas unitarias no prueban bocado hace tres días. Tampoco duermen. Así van a la batalla.
La derecha de Paz es arrollada por los jinetes de Quiroga. Una carga de caballería de Pringles convierte la derrota en ventaja. Paz reconoce que “su terrible jefe (era allí donde estaba Quiroga) hacía esfuerzos sobrehumanos para reorganizar y traer otra vez al combate. Quiroga era el alma y el nervio de su ejército, y era allí, donde él estaba, el punto esencial y decisivo del combate, me dediqué, pues a él. Era fácil conocer el punto que personalmente ocupaba Quiroga, pues allí se contenían los que iban en retirada y daban el frente a los que perseguían. Allí fue donde aquel caudillo atravesó con su terrible lanza a algunos que fueron menos dóciles a sus mandatos. Así continuaba esa lucha muda que se verificaba sin tiroteo, sin gritos y en el más profundo silencio por más de dos horas”. Paz no tiene dudas: las tropas más peligrosas son “los afamados Llaneros de La Rioja, los Auxiliares de los Andes y lo selecto de la tropa de Quiroga”.
Vencido el 22 de junio de 1829, Quiroga se rehace y contra toda previsión, vuelve a atacar a las pocas horas. “Un ejército completamente batido pocas horas antes, cualquiera creería que no sería capaz de tomar la ofensiva y buscar al vencedor en el mismo campo de su arrebatarle el triunfo. Mas fue al contrario y el general Quiroga tuvo bastante audacia y bastante ascendiente sobre sus soldados para traerlos a buscar nuevos peligros y un sacrificio completo. Y a punto está de doblegar al mejor general de las luchas civiles argentinas. Así lo cuenta el mismo Paz: “vencidos, perseguidos, acosados por todas partes, arrinconados en las quiebras del terreno, se defendían con la rabia de la desesperación; hubo hombres que, inutilizadas sus armas, las arrojaban y tomaban piedras para defenderse individualmente; y uno de nuestros generales, experimentado en las guerras de la independencia me dijo, con este motivo: Me he batido con tropas más aguerridas, más disciplinadas, más instruidas, pero más valientes jamás”. En el campo quedan mas de mil cadáveres de los vencidos. Y quinientos prisioneros.
Fragmento del libro “Chacho”, de Oscar Muiño.
