jueves, 12 de febrero de 2026

Los restos del Sea King calcinado sorprendieron a un pescador que caminaba la zona de Agua Fresca, sobre la orilla de una laguna. Llamó por teléfono a los carabineros. A la mañana siguiente, un fotógrafo del diario La Prensa Austral retrató al helicóptero desde arriba junto a una retroexcavadora. Querían enterrarlo. La Fuerza Aérea chilena había acordonado el área. Cuatro agentes civiles le pidieron que entregara la cámara o el rollo, pero el fotógrafo se encerró en su auto, retuvo el material y luego lo reveló en el diario. La foto del Sea King sería el primer registro de la presencia militar británica en Chile durante la guerra.

El general Matthei, que había pedido discreción, se preocupó. Sidney Edwards le aseguró que no había sido alertado de ningún vuelo. Después recibiría instrucciones desde Northwood. Debía explicar que el Sea King estaba en una misión de reconocimiento de rutina en el Atlántico Sur, que la aeronave se había quedado sin combustible en medio de una meteorología adversa y habían realizado un aterrizaje forzoso. Y que, como supusieron que estaban en territorio argentino, intentaron destruirla. Matthei preguntó al agente británico dónde estaba la tripulación. Probablemente Edwards no lo supiera.

Aunque Chile presentó una protesta formal a Gran Bretaña, intentó reducir la gravedad del incidente, que desmentía su supuesta neutralidad. El helicóptero caído dejaba expuesta su colaboración. Chile no podía explicar dónde estaban los tripulantes ni por qué el radar de Punta Arenas no había interceptado su vuelo. Matthei ofreció garantías a los pilotos para que se entregaran, pero pasaron los días y no se informaba su aparición.

Después de incendiar el Sea King, los tres hombres se habían ocultado en las inmediaciones del río de los Ciervos, nueve kilómetros al sur de Punta Arenas. El ruido del helicóptero que los buscaba les zumbaba encima. Se habían comprometido a desaparecer durante siete días, hasta que la patrulla del SAS realizara su acción en la base de Río Grande. Durante el día se quedaban quietos, por la noche avanzaban hacia el norte. Una semana después pasaron frente a un cuartel regional de carabineros y se identificaron. No se necesitaba mucho para saber quiénes eran. Las autoridades militares los condujeron en avión a Santiago de Chile. En la embajada británica Edwards les pidió que se presentaran a la prensa y dieran las explicaciones que reclamaba Chile. Estaban los tres hombres de la tripulación sentados en una mesa con una bandera británica frente a un grupo de periodistas y fotógrafos. Hutchings, con saco y corbata, leyó un comunicado con la versión de Northwood. No se permitieron preguntas. Después, la embajada, con la ayuda de Chile, les dio pasaportes con identidades falsas y al día siguiente volaron a Gran Bretaña. Dos empleadas de la sede diplomática simularon ser sus esposas y viajaron con ellos.

Todavía quedaban interrogantes. ¿Dónde estaba el Escuadrón B? En Río Grande se temía que una patrulla ya explorara en el continente. La búsqueda de posibles infiltrados había provocado una tragedia aérea y mantenía en tensión permanente a las bases patagónicas.

En la madrugada del 30 de abril, un helicóptero Bell de la aviación del Ejército Argentino había caído a tierra al sur de Caleta Olivia, a 80 kilómetros de Comodoro Rivadavia, después de salir a la búsqueda de un supuesto comando británico que había desembarcado con lanchas en las playas de Santa Cruz. Murieron los diez tripulantes, que fueron velados a cajón cerrado. Luego serían reconocidos post mortem como “muertos en combate”. La autoridad militar no difundió la causa de la caída de la aeronave.

Casi un mes después, en la noche del 26 de mayo, tras la detección de tres ecos desconocidos próximos a Comodoro Rivadavia, despegaron dos aviones Pucará con la orden de destruir a los probables helicópteros británicos con sus dos cañones de 20 milímetros. Se ordenó el oscurecimiento de las ciudades de Trelew y Comodoro Rivadavia. El radar de tierra guio a los pilotos hacia los blancos y luego ellos hicieron contacto con su radar de a bordo, a 300 metros de altura, pero en un terreno con elevaciones, no pudieron hacer contacto visual y no dispararon. Las dos misiones regresaron a la base tras cuarenta y cincuenta minutos de búsqueda.

El capitán Andy Legg prosiguió la marcha hacia el este. El 21 de mayo, al tercer día de expedición, calculaban que estarían a cinco millas de la frontera con Argentina, pero todavía debían atravesar bosques y arroyos. Les costaba reconocer las referencias topográficas en su mapa. Legg sentía que caminaba al frente de una patrulla perdida austral del en el extremo continente, en medio del viento, hacia la nada. Pensaba que Hereford, probablemente, ya habría olvidado la misión. Estaban solos, sin una posición clara, sin ningún tipo de apoyo. Legg suponía que la Operación Mikado habría continuado sin la inteligencia previa y los Hércules habrían aterrizado en la base. No lo sabía. Un miembro del comando propuso robar un vehículo y llegar más rápido a Río Grande. Se ahorrarían el esfuerzo de la caminata y estarían más descansados para la exploración en territorio argentino. Legg no lo vio como una solución segura.

Volvió a llamar a Hereford por teléfono satelital y empezaron a entenderse. Les ofrecieron el contacto con miembros del SAS; llegarían desde Santiago de Chile para rescatarlos. Los esperarían una hora después de la puesta del sol en uno de los cuatro puentes próximos a una estancia de la isla Grande de Tierra del Fuego, no tan lejos del lugar donde habían desembarcado. Ese sería el punto del encuentro de emergencia. El teléfono se fue quedando sin batería, la comunicación se interrumpió, aunque el punto quedó más o menos claro.

Esa tarde fueron al puente y se escondieron entre matorrales. Uno de los miembros de la patrulla bromeó: “Mejor estar acá que cagándonos a tiros”. No vieron a nadie. Repitieron la rutina durante tres tardes: ocho hombres bajo lluvia, heladas y nieve, supervisando el punto del encuentro, a la espera del contacto. Nadie se detuvo en esa posición en ningún horario. Ya no funcionaba el equipo de comunicación satelital y quedaba poca comida.

La misión estaba acabada. Ahora tenían que salir de ahí, moverse para algún lado. Legg decidió ir a algún pueblo, buscar ayuda. Pero no podrían ir todos. Irían él y otro sargento que había servido en las tierras altas de Escocia. El 26 de mayo se colocaron abrigos de cordero, que les daban apariencia civil, cargaron una pistola 9 milímetros cada uno y salieron a hacerles dedo a los autos que pasaban por la ruta. Caminaron varias horas sin suerte. Un camión los levantó y se ubicaron en su acoplado, arriba de la carga de troncos. Los trasladaron más de cien kilómetros y bajaron en Porvenir, al borde del estrecho de Magallanes. Desde un teléfono público llamaron al cónsul británico de Punta Arenas. Legg le explicó que era el capitán de una patrulla de ocho hombres, y que necesitaba comida y también asistencia para contactar a miembros del ejército británico en Chile, con los que debían encontrarse. El diplomático se sorprendió de que estuvieran allí, él no sabía nada, y les exigió que se rindieran de manera urgente ante las autoridades chilenas, y colgó el teléfono. El capitán Legg y el sargento se hospedaron en una cabaña por 20 dólares.

En la recorrida por el pueblo para comprar ropa y comida, cuando ya oscurecía, la suerte los acompañó. Una camioneta doble tracción en la puerta de un salón comedor les generó curiosidad y adentro vieron a tres personas cenando. Estaban vestidas de civil, pero eran británicas. Eran tres miembros del grupo SAS. Nunca habían ido al punto de emergencia acordado. En el encuentro, Legg se enteró de que soldados del Escuadrón D y G habían muerto en la caída de un helicóptero al mar. Preguntó por un amigo que acababa de llegar de Estados Unidos y, sin saludar a su esposa y a su hijo, se integró al SAS en el Atlántico Sur. También había muerto. Se sintió un poco culpable de que ellos estuvieran vivos. Solo habían pasado un poco de hambre y frío.

Esa misma noche del 26 de mayo llevaron en camioneta a Legg al matorral cercano al puente y sacaron del escondite al resto del comando. Durmieron en una casa segura de Porvenir, pero debían viajar a Santiago apenas pudiesen: ya circulaba el rumor de que había soldados británicos en el pueblo.

 

 

Texto de “La Guerra Invisible”, de  Marcelo Larraquy

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